Vivió el fascismo italiano, desertó del ejército para emigrar a la Argentina y con 94 años cuenta su historia

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9 de mayo de 2018  • 14:31

"Me desperté con un ruido fuerte y ensordecedor. Esta vez, la bomba explotó más cerca de lo normal. Estaba acostumbrado a que estalle en el puente del Río Brenta, pero esa noche el sonido era cercano y estridente. Venía de la plaza que estaba frente a la Iglesia". Así comienza Andrea Pallaro la narración de sus memorias, en un intento de acercar el pasado a su nieta.

La cabellera rojiza de pocos pelos que hace juego con sus cejas disimula sus 94 años de vida, y sus ojos diminutos de color verde que brillan detrás de los párpados caídos esconden un sinfín de historias. Andrea es mi abuelo y uno de los últimos testimonios vivos de la ola de inmigrantes italianos que participaron del ejército fascista de Benito Mussolini. El pasado 8 de mayo se celebró el 73° aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial y Pallaro festejó con el relato de su experiencia en carne propia.

Desde pequeño lo obligaron a vestirse a la usanza fascista, con un pantalón gris verdoso, una camisa negra, y una gorra con cordones que caían a un costado. A partir de los catorce, ya tuvo que realizar ejercicios premilitares forzosos y diarios. Marchaba por las calles junto a otros jóvenes de su edad al ritmo de "uno dos, uno dos", competía en carreras de resistencia, subía escaleras y saltaba obstáculos al canto de "Fischia il sasso" (La piedra silba), "Faccetta nera" (Faceta negra) y "Giovinezza" (Juventud), todas canciones fascistas de la época.

Familia Pallaro (1935): De izquierda a derecha, arriba de pie: Moro, Andrea, Palma, Olivia, Nane y Gina. Abajo sentados: María, Nea, Antonio y Luis

La goma de sus zapatillas golpea contra el piso de madera y su tonada italiana se acentúa a medida que avanza el relato. Sus manos se mueven con gestos enérgicos de indignación y sus pómulos afilados se elevan por el desconcierto que le provoca su propia historia.

"El máximo jerarca del pueblo se llamaba Silvio Longo. Él tenía a cargo a Narcisco, a su primo Feruccio y a los mellizos Biscottini, tan incultos como prepotentes. Ellos gozaban de humillar a la gente y te ordenaban a saludar con el brazo derecho estirado hacia adelante. Paseaban en bicicleta con una capa negra, símbolo de autoridad, y con una voz gruesa te amenazaban", recuerda Pallaro con el ceño fruncido.

Andrea Pallaro nació bajo la dictadura de "Il Duce" en un pueblo conservador, Lobia de Persegara, en la provincia de Padova. Allí estaba la Casa del Fascio en la que se reunían los "balillas" y jerarcas. Tenían una sala de castigo en la que interrogaban a los opositores del sistema y les hacían beber aceite de ricino a la fuerza. "No para reventar, pero sí para vaciar sus tripas. Mi amigo Riccardo salió de ahí demacrado, con varios kilos menos. Lo buscaron una noche y le dieron una paliza. Había que tener cuidado para no terminar igual".

Lo más triste es que en ese entonces, todos creíamos que la dictadura era un mal necesario para luchar contra la anarquía y el comunismo

El tono de voz de Andrea está marcado por el enojo del recuerdo. Sus cachetes se enrojecen de cólera y toma un largo respiro para recuperar el aire. "Lo más triste es que en ese entonces todos creíamos que la dictadura era un mal necesario para luchar contra la anarquía y el comunismo. Mismo en el colegio nos tenían adoctrinados con cuadros del Rey Vittorio Emanuele III, de Benito Mussolini y del Papa Pacelli".

El 24 de mayo de 1943, Pallaro cumplió 19 años y tuvo que presentarse al 4º Regimiento de Artillería Antiaérea de Mantua. Salió en tren desde Padova con una mochila y un recipiente de aluminio. Junto a él viajaban soldados de todas las edades y algunos eran los heridos que volvían de Grecia y África. Una vez que llegó al cuartel, le entregaron un medicamento para la malaria y el sargento le designó una cama que estaba plagada de chinches.

Se frena en el detalle de la rutina. Todos los días desayunaba un café negro aguado con un pan negro "sagrado" que hacía durar todo el día. Cumplía con las clases teóricas de manejo de cañones antiaéreos y corría 20 km con una mochila cargada. Pallaro hace una pausa. Se acomoda en el sillón y guarda silencio. Una sensación de nostalgia invade el cuarto.

-¿En qué pensás?

Pallaro intenta sonreir con los labios resecos y los ojos húmedos. "En mi familia. Yo fui el último en ingresar al ejército. Mi hermano mayor Moro y mi primo Bruno tuvieron que formar parte de la armada italiana en Rusia y Bruno nunca volvió. Habrá muerto de frío o de hambre o quizás lo asesinaron. En cambio, Moro volvió con una úlcera que con los años se transformó en cáncer y a mi otro hermano Nane se lo llevaron a Isla de Córcega".

Andrea Pallaro (19) con el uniforme del ejército fascista

Andrea se negó a cumplir con el destino familiar y tomó la decisión de desertar. No compartía la absurda idea de morir por la patria. Las penurias, los bombardeos americanos, el frío y el hambre lo convencieron de que el sacrificio era inútil. Una noche de septiembre, tomó coraje y se escapó con su compañero romano, Rodolfo Rafaelli.

"La primera semana de desaparición, encontramos refugio en la casa de una familia en la provincia de Brescia. Me entregaron ropa de civil y me alimentaron. Pero tenía que seguir camino porque el Gobierno emitió un mensaje en el que se informaba que los soldados desertores podían ser fusilados sin juicio previo. A mi amigo Andrea Campagnaro lo vieron escaparse por una ventana y le dispararon en la espalda".

Hace énfasis en la muerte de su compañero y toca por debajo de mi hombro para señalar el punto exacto en el que ingresó la bala. La presión de su dedo en mi espalda y la sensación de vacío generan angustia en mi pecho. Pasan unos minutos y se recompone la entrevista. Pero ahora las preguntas las hace él: "¿Entendés que murieron entre 50 y 60 millones de personas? ¿Qué más queres saber?"

El viaje a Buenos Aires

Pasaron once meses de frío y hambre hasta que por fin pudo regresar a su hogar con la convicción de que vivir al borde del abismo sólo conduce a la infelicidad. Sabía que no iba a encontrar la paz en una Italia hostil y derrotada. La amenaza de la Unión Soviética persistía y la posibilidad de otra guerra estaba latente. Es así que tomó la decisión de "emigrare" a la Argentina, "un país próspero y libre de discriminación".

Consiguió la visa en el consulado argentino en Venecia y un pasaje de 1.600.000 liras en la agencia Santi de Citadella. Tomó el tren de Milán a Génova y se sometió a una cautelosa revisión médica. Cuatro días más tarde, embarcó con otros 1700 pasajeros en el buque Santa Fe.

Andrea se despega del sillón y se abalanza hacia la puerta de entrada. La ansiedad de su mente choca contra la velocidad de sus piernas. Pierde el equilibrio pero no se cae. Camina al grito de "guarda" y sus movimientos exaltados me obligan a ayudarlo. Se arrima a las escaleras y señala un cuadro con marco dorado que está colgado en la pared. Se trata de una fotografía del barco Santa Fe en blanco y negro. La agarra con sus dos manos y continúa el relato.

Andrea Pallaro utilizó este pasaporte para viajar a la Argentina

"El viaje duró 22 días. La primera parada fue en Islas Canarias, donde me compré doce bananas, una fruta desconocida en el campo italiano (ríe). Hubo días más difíciles que otros. En algunos trayectos las olas pasaban por encima de la cubierta y la gente vomitaba. Pero en otros, el sol brillaba y la gente bailaba hasta la madrugada".

Pallaro llegó al puerto de Buenos Aires delgado con sus 25 años y 1,83 mts de altura vestido de saco corto y derecho. Su amigo Franco Squizzato, que trabajaba en la embajada italiana, lo recibió con un fuerte abrazo en el desembarque y le alquiló una pieza en el barrio de Versailles.

Camina hacía la sala de estar. Su testarudez impide que lo ayude. Se recuesta con cuidado y se sumerge en silencio en las últimas memorias que lo conectan a su presente. Me mira con sus ojos satisfechos y comienza a resumir en voz alta un capítulo de logros que aún hoy le agrandan el pecho.

En 1951 su hermano menor Luigi arribó a la Argentina y juntos comenzaron su propia empresa de instalaciones electromecánicas bajo el nombre Pallaro Hnos. Durante su adolescencia Andrea realizó un curso por correspondencia sobre el rubro y en el nuevo país se especializó con diversas capacitaciones para estar a la altura del desafío.

Durante varios años trabajaron para Siam Di Tella, la primera empresa que confió en ellos. Hasta que llegó Fiat a la Argentina y empezaron a hacer instalaciones de grupos electrógenos con grandes motores Diesel en todos los talleres ferroviarios del país. Más tarde se sumaron otras empresas como Alpargatas y Acindar y ganaron varias licitaciones tanto públicas como privadas.

Con sus ingresos lograron comprar un edificio en en Capital Federal, aún hoy, sede principal del grupo. Allí fabricaban tableros hasta para 150, 200 kilowatios y más grandes también, una novedad para la época. Ese fue el inicio de lo que más adelante sería A.E.A.

Andrea Pallaro (94) en el patio de su casa

Presente

A sus 94 años, lidera cuatro empresas distintas junto a su hermano y conserva la costumbre de asistir a la oficina y estar al tanto de los negocios. Se mantiene activo con sus cinco hijos, 14 nietos y 3 bisnietos, y todos los domingos disfruta de un almuerzo familiar en sus casa de Belgrano.

Su lucidez y entusiasmo lo motivan a alcanzar un presente centenario y su terquedad lo obliga a mantenerse inquieto.

El 13 de marzo cumplió años, alzó su copa de vino y recordó el capítulo final de su autobiografía en el que parece revelar la fórmula de la longevidad. "Creo en el amor a la familia como base central de la humanidad. En la educación de las personas como necesidad primaria del ser humano. En el trabajo y el esfuerzo diario como único modo de lograr lo inalcanzable en el plano material. En el agradecimiento permanente a aquellos que brindan desinteresadamente su aporte. Me considero afortunado por la vida que vivo y que mis padres me dieron. En fin, creo en el mensaje que da título a mi libro: Soy feliz".

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