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El amor manda en la zona fronteriza de la ética

Mariana Arias
Mariana Arias PARA LA NACION
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10 de mayo de 2018  • 00:16

¿Qué serías capaz de hacer por tu familia? ¿Cometerías un crimen? ¿Ocultarías pruebas que incriminaran a un integrante de tu entorno? ¿Encubrirías a un her-mano, a tu hijo, a tu pareja, para que no fuese descubierto en un ilícito? La zona fronteriza de la moral es difusa cuando se trata de proteger a alguien amado. Aunque muchos son capaces de sostener sus principios ante cualquier circuns-tancia.

Nikolai Andreassen es un detective que acaba de denunciar a un compañero de trabajo quien terminó tras las rejas. Siempre ha sido incorruptible. Está alejado de su puesto y de Oslo por un tiempo y, de pronto, un aparente suicidio ocurre en su pueblo (en la frontera entre Noruega y Suecia) y tiene que volver al trabajo. En medio de la investigación comprende que no es un suicidio, sino un asesinato. Avanza en la pesquisa y descubre que su hermano está involucrado; se desespera, trata de entender, trabaja para confirmar cada evidencia. A partir de la certeza de que su hermano (también policía) está involucrado en el caso se desencadena una escalada de entredichos, sospechas, mentiras que lo obligan a replantearse sus prioridades. Está obligado a volverse a preguntar, una y otra vez, que es lo que está bien y lo que está mal, qué tiene que hacer ante la posibilidad de que su familia se destruya, de que sus sobrinos pierdan a su padre.

Fernando Savater le escribe a su hijo en el libro Ética para Amador: "A diferencia de otros seres, vivos o inanimados, los hombres podemos inventar y elegir en parte nuestra forma de vida. Podemos optar por lo que nos parece bueno, es decir, conveniente para nosotros, frente a lo que nos parece malo e inconveniente. Y como podemos inventar y elegir, podemos equivocarnos, que es algo que, a los castores, las abejas y las termitas no suele pasarles. De modo que parece prudente fijarnos bien en lo que hacemos y procurar adquirir un cierto saber vivir que nos permita acertar. A ese saber vivir, o arte de vivir si prefieres, es a lo que llaman e´tica".

Nicolai es el protagonista de la serie noruega Borderliner (Zona fronteriza), que se puede ver en Netflix en ocho capítulos y que pone en constante movimiento el ritmo de las decisiones éticas. Como espectador, nos atrapa la permanente desesperación de un hombre que hasta acá eligió una forma de vida, su propio saber vivir y que ahora tiene que replantearse sus prioridades. ¿Qué es más importante: salvar a su hermano o hacer lo correcto, lo que su ética, sus valores le dictan? ¿Hacer lo que se debe hacer, enfrentar los hechos y que cada uno pague por sus decisiones o vivir con la culpa, sin que el otro salde la propia? Un laberinto comienza a erigirse a medida que avanza la trama, las mentiras enredan al detective en medio de una frialdad bien escenificada en la gélida Escandinavia. La verdad se esconde, la injusticia reina, Nicolai decide.

Octavio Paz escribe en La Otra voz: "La libertad no es una filosofi´a y ni siquiera es una idea: es un movimiento de la conciencia que nos lleva, en ciertos momen-tos, a pronunciar dos monosi´labos: Si´ o No. En su brevedad instanta´nea, como a la luz del rela´mpago, se dibuja el signo contradictorio de la naturaleza humana". En el instante en el que se dice Si o No estamos siendo libres, agregamos a nues-tra historia un rasgo nuevo, una pincelada que contribuirá a formar ese arte de vivir que tiene consecuencias en nosotros y en los otros. Es así. Pero el amor puede cambiar el orden, puede dar vuelta toda nuestra escala de valores y abre una estela que no se elige; se siente, es un impulso que lleva a quien sabe dónde. El amor manda y no hay ética que valga.

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