7 claves para sacar tu cerebro del "Modo avión"

Crédito: Agustín Galickas
Pisá y dejá tu huella, pero también aquietá tu mente para saborear cada instante de tu vida.
Ana Paula Queija
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13 de mayo de 2018  • 00:47

Hay un estado algo difícil de lograr, pero tan placentero que puede regalarte miniparaísos diarios. Se llama “estar presente”, y supone independizarse de las ilusiones, aceptar las grietas de la realidad y dejarse llevar por una emoción, o las que pinten en cada momento. Aunque suene básico, no es fácil estar cantando en el auto sin pensar en nada más, ni sentirle el sabor a ese cafecito riquísimo que tanto esperaste tomar cuando cae la tarde. Pero se pueden lograr esos instantes de entrega que –como chispazos– nos conectan con la vida. Hacerte presente en un tiempo y lugar implica estar ausente en todo el resto, porque no existe multitasking tan poderoso como para tener presencia real –disfrutable, empática y conectada– en más de una situación. Nos pasa incluso con esta nota que, sin querer, elegirá palabras y ejemplos que dejarán a tantas otras de lado, porque un relato tampoco zafa de las decisiones para tomar forma y presencia.

Sumergirte en la lectura de estas páginas también puede ser un ejercicio de presencia –¿cuántas veces leemos en automático y tenemos que volver varios párrafos porque estábamos en cualquiera?–. Una forma de leer esta nota es la automática, la de la costumbre, esa que responde a la exigencia interna de terminar rápido para sentir la satisfacción de la meta lograda. La otra es encontrar el tiempo para saborearla, leerla a tu ritmo, sin permitirle al cerebro que atienda tantos requerimientos, consultas, deseos, recordatorios. La presencia no existe sin la ausencia: para leer vas a dejar de hacer otras cosas.

La presencia tiene infinitas aristas, pero podríamos dividirla en dos grandes caminos:

  • Acción. Consiste en “hacerte visible”, en presentarte en las circunstancias a las que la vida te lleva, mostrando tu mejor versión y confiando en el poder de estar ahí con cuerpo y alma.
  • Disfrute. Tiene que ver con la atención completa y la conexión plena con cada momento: se conoce como mindfulness, y es nada menos que poder vivir un momento con todos los sentidos, las emociones y la mente.

Arranquemos entonces por el disfrute, porque tu historia se compone de minipresencias, instantes de lucidez sensorial en los que podés suprimir el pasado, relajar con el futuro y solo sentir el hoy. La propuesta es valorar tu mundo real: con ese novio/marido, con esos hijos, con ese gobierno, con ese trabajo, con esa soledad o con ese cansancio; en definitiva, dejar de reservar la presencia para cuando llegues al nirvana. Y también darte cuenta de la diferencia que lográs manteniéndote realmente en cada escenario al que la vida te convoca.

¿Cuántas veces estuviste en una reunión de amigas y tu celular te secuestró y te privó de apreciar por completo el momento? ¿Cuántas otras te encontraste con tu familia un domingo, preocupada por la semana que se venía o malhumorada por la noche anterior? ¿Te pasó alguna vez de lograr una entrevista laboral por la que morías y no poder mostrar tus talentos? Con tantos frentes abiertos, a veces parece que no estuviéramos en ninguna parte. Por ejemplo, conociste a un chico en una fiesta y quedaste como embobada los días siguientes. En tus pensamientos lo pintaste como una estampita de semidios sexy. Dos semanas después, vas a un bar con una amiga y aparece. Shock, revolución, calor, sudor helado. Tenés dos opciones: acercarte a saludarlo y bancarte todos los síntomas de la vergüenza apilados o quedarte en el molde. Las dos son difíciles, pero la primera –segurísimo– tiene más ganancia. Presentarte ahí donde te importa mucho y aguantártelo, aunque te cueste, aunque te vayas a arrepentir, aunque tengas que apretar las manos y la mandíbula hasta que duelan, siempre tiene sus beneficios. Y sabelo: es probable que el resultado diste bastante de todos esos encuentros con los que habías fantaseado.

Entonces te mandás, te acercás a saludarlo, la luz es más clara que la otra vez y tus sentidos están más atentos; esta vez, notás sus imperfecciones, descubrís sus gestos y lo sentís un poco nervioso a él también, entonces derribás ilusiones y el ser divino pisa la tierra y se convierte en un mortal más, que te gusta, claro, pero de una forma menos idílica. Estuvo bueno superar la brecha entre ilusión y realidad, pero para eso tuviste que hacerte presente y vivir.

Lo mismo pasa en otros ámbitos de tu vida. Reemplazá al chico del ejemplo con ese puesto al que aspirás en tu trabajo, esa obra que querés lograr en tu taller de arte, la charla que querés tener desde hace mil con alguien o el paso que deseás dar con tu pareja. Hacerte presente es lo que los volverá reales y te demostrará si de verdad tu corazón late por eso. Entonces, estate ahí cuando sientas que querés más. No dejes que tu forma de ser te encierre en una única manera de transitar la vida, y no te enojes de menos cuando lo que estás recibiendo sea malo. ¿Cómo aplicarlo?

En el trabajo

  • Animate a mostrar tu talento: no para el éxito ni para captar la atención de los otros, sino para ir afinando tu forma de estar ahí de acuerdo a tu esencia, adecuada a tu rol. Explorá adentro de vos y encontrá lo que tenés, eso que para los otros puede ser valioso.
  • Desconfiá de tus ganas: no les creas cuando te digan “no cambia nada” o “no importa tanto”, ellas no siempre son el mejor motor para tomar decisiones. Hacerte presente es aprender a domar la energía, el entusiasmo y la atención que le ponés a cada tarea.
  • Cuidá tu comunicación no verbal: el cuerpo también comunica. Si tu postura es encorvada, el mensaje será “me estoy protegiendo porque estoy incómoda, este no es mi lugar”. Si tu postura, en cambio, es expansiva, el mensaje será de confianza en vos misma.

En tus vínculos

  • Mostrate disponible: mantenete atenta a lo que necesitan tus personas más importantes, a veces es una charla por teléfono, tomar unos mates un día cualquiera o simplemente un abrazo en un momento difícil. Reemplazá la falsa idea de multipresencia digital en diversos vínculos por presencia real en los que más te importan.
  • Reconocé que el multitasking es enemigo de la presencia real: pasar un ratito con una amiga e interactuar con el celular al mismo tiempo no es posible. Está comprobado que la atención no se reparte, sino que “va y vuelve”.
  • Escuchar es escuchar: no interrumpas, no pongas tu propio ejemplo, recibí sin juicio y sin valor el relato del otro.
  • Poneles el cuerpo a situaciones displacenteras: seguramente no te resulte agradable pasar por el hospital para ver a una amiga que tiene a su mamá internada, pero ella la está pasando mal y está bueno que te vea ahí, a su lado.

En la maternidad

  • Creá tiempo de “mamá juguete”: inaugurá un nuevo espacio en el que estés disponible, dispuesta a jugar, a hacer solo lo que ellos deseen, y sobre todo, abierta a disfrutarlo. Ojo, esto no incluye que te acompañen al banco ni al supermercado, es un momento juntos sin tareas pendientes.
  • Buscá encuentros plenos: tu presencia es fundamental para tus hijos, les hace sentir que ponés interés en sus pequeños avances o conflictos y que te tomás tiempo para ellos. ¿Cuánto tiempo? Unos veinte minutos por hijo si son más grandes, varios ratitos cortos con los chiquitos. Los chicos prosperan en la mirada enamorada de sus padres.
  • Alejate del celular un rato: al principio te va a costar desconectarte de todo lo demás, pero es una práctica diaria y cuando te acostumbres, vas a sentir gratitud. Cada vez vas a poder estar un ratito más largo en el “aquí y ahora”, en tu presencia “entregada”, disponible y segura.

En tu comunidad

  • Conocé a tus vecinos: si tenés un grupo de WhatsApp del edificio o de la cuadra, interactuás con algunos de ellos o al menos se hacen un gesto con la mano al cruzarse, seguramente te sientas más presente –y más cómoda– en tu comunidad, con sensación de pertenencia.
  • Involucrate con lo que pasa a tu alrededor: escuchá y sumate a las propuestas para mejorar el barrio. Enterate de por qué cortan la calle para hacer una obra, conocé al policía más cercano y también los negocios barriales. Eso te baja el alerta hacia el otro y aumenta la confianza. Participá en proyectos con fines sociales, integrá una ONG con fines de bien público o firmá peticiones de forma online.

¿Cómo evitar la huida?

¿Viste cuando tenés que concentrarte y lo único que hacés es abrir y cerrar Instagram, recorriendo las mismas imágenes –insignificantes para tu vida– una y otra vez? ¿Y cuando te proponés comer sano y, en un arrebato de ansiedad, te bajás un paquete de galletitas? Son huidas de tu vida presente, que surgen a partir de un pensamiento que es “ya fue todo” y que te llevan al plano de las ilusiones, donde todo puede ser posible. Como cuando te perdés repasando tus éxitos y fracasos del día, de un viaje o de una reunión, en lugar de disfrutar de tu momento de descanso. Evaluar y armar relatos mentales de algo que ya pasó te aleja de sentir; suele pasar y es natural, pero tenés que tratar de no quedarte ahí por mucho tiempo. En cambio, preguntate a qué estado querés llegar, en que mood querés estar, y hacé lo posible para lograrlo. ¿Cómo volver de la huida, una vez que la detectaste?

  • Dejá un poco los estímulos externos: pueden ser las redes sociales, la serie o la lectura en la que te metiste, para volver a escuchar, para poder ver y no perderte los pequeños milagros del día.
  • Escribí lo que te pasa: puede ser una buena terapia para dejar el pasado en ese papel.
  • Armá pausas: después de cada actividad, liberá un espacio en tu mente solo para sentir ese nuevo estado (sin juicios, análisis de lo que pasó ni palabras al respecto)
  • Exponete a emociones estéticas: cuando apreciás tanto algo (una obra de arte, un amor, algo bello) se te borra tu ego. Lo que te conmueve te hace quedarte ahí.

Sacá el cerebro del modo avión

Muchos expertos en comportamiento humano describen el cerebro como un mono: va saltando de rama en rama, no se queda quieto, se enrosca en su propio juego y no puede parar. El caudal de pensamientos se refleja en la presencia que tenemos en cada experiencia, y hay que “podar” el matorral de imágenes que nos dispara la mente y seleccionar lo que es realmente importante para nosotras; entrenar el cerebro y someterlo para que se enfoque en lo que queremos porque, a más atención al presente, más disfrute. Acá van algunas claves para que tomes las que más te sirvan:

  • 1. Prepará el cuerpo. Cuando estés volviendo a casa después de un día agitado, prepará tu cuerpo y tu alma mientras viajás. Dejá atrás la actividad anterior y poné la atención en tu regreso. Sentí cómo tu espalda se apoya sobre el respaldo del auto del colectivo o del subte, mirá los árboles o agradecé lo que hiciste en el día. Así, cuando llegues, ya vas a estar en otro mood, sin el acelere ni la vorágine de pensamientos propios del día.
  • 2. Limpiá tu mente de ideas parasitarias. Hay pensamientos que –como parásitos– se instalan en nuestra mente y generan desgaste sin ningún fin. Como cuando te ponés a analizar lo que dijo esa madre medio trastornada en el grupo de WhatsApp del colegio de tu hijo. No te enganches en ideas que no te suman.
  • 3. Frená el viaje narcisista. Es ese que te hace cuestionarte “¿qué hice?”, “¿cómo estuve?”, “¿qué dije?” o “¿qué no dije?” en una reunión laboral, por ejemplo. Resulta atractivo a la mente, pero no le aporta nada, es basura. Ese es tan solo tu yo tratando de darse latigazos o palmaditas.
  • 4. No intentes copiar. La mente humana quiere todo lo que ve y le tienta y se la pasa haciendo listas de pendientes que quiere lograr, pero tus recursos son limitados y eso solo te llevará a sensaciones de ansiedad y depresión. Eso que te falta, ponelo en el estante mental de “mañana”, “la semana que viene” o “cuando sea más grande”.
  • 5. Sorprendete más. El mindfulness –estado de plena conciencia– te hace tener más sorpresas, porque la mente proyecta menos y genera menos expectativas sobre lo que pueda llegar a pasar. Si al final de cada día podés encontrar alguna microsorpresa –una imagen, una sensación, algo que tenés cerca pero que no habías visto–, estarás en el camino.
  • 6. Conectate con la gratitud. Significa recibir con felicidad lo que la vida te da. Es una forma de estar despierta. Si te mantenés siempre en la búsqueda, intentando tomar el control, te perdés de recibir y disfrutar. Preguntate: “¿qué agradezco hoy de la vida que tengo?”.
  • 7. Be home. Pasá más tiempo en tu casa, donde estás en paz, sin amenazas. Se necesita estar sin peligros a la vista para frenar la acción.

Cuando algo es importante para vos, aunque estés trepidando, cansada y sin ganas, no huyas, cuidalo. Valorá los estados indefinidos, si sentís que son parte de algo que te importa, y permanecé en el riesgo de desear algo y de mantenerte ahí sin tener certezas. No busques saber todo el tiempo qué es lo que estás viviendo.

Expertas consultadas: Inés Dates. Nuestra psicóloga. Patricia Faur. Psicóloga de pareja y docente de la Universidad Favaloro. Maritchu Seitún. Psicóloga especializada en orientación a padres.

Y ahora que llegaste a los últimos renglones de esta nota: ¿qué sensación te deja? Cerrá un instante los ojos y sentila. ¿Ves? Ya estás ejercitando la presencia. Además te mostramos Abrite a la aventura: guía para enfrentar nuevos desafíos

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