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Grandes Esperanzas

Perdió a su hija en el parto, le detectaron dos enfermedades, pero nunca se dejó vencer

Carina Durn
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11 de mayo de 2018  • 00:56

Desde pequeña, Magdalena soñaba con tener una familia numerosa. Con siete hermanos, su infancia había sido feliz y ella aspiraba formar un entorno similar junto a su marido, Max. Felizmente, al poco tiempo de casada llegó su hija Sophie al mundo, llena de alegría y vitalidad. "Amo a los bebés", les decía a sus seres queridos, "Quiero miles como estos, me enamoran".

Al poco tiempo, Violeta ya estaba en camino. "Como el primero, fue un embarazo normal. Estaba cansada, pero eso era de esperar con una hija chiquita y el trabajo", cuenta Magdalena, que es Licenciada en Nutrición.

Sin embargo, al tercer trimestre comenzó a hincharse demasiado: el cuerpo, los pies, la cara, los párpados y hasta la frente. Tenía un edema generalizado. "A partir de ahí, me hice más chequeos que de costumbre y todo daba perfecto. Aparte, yo había comenzado con una meditación que apunta a la cocreación de la vida, a dirigir los pensamientos hacia el entorno deseado. Durante todo el embarazo de Viole, medité para que pueda ser una beba elevada, que nos traiga amor y paz, que venga a la vida a enseñarnos y que yo pueda ser la mejor mamá posible para ella", recuerda Magdalena.

Todo va a estar bien

En la semana 37 y medio, un poco antes de lo esperado, comenzó con contracciones fuertes. "Del dolor me la pasé caminando toda esa noche, pero estaba feliz. Hacía dos días el ecodoppler había dado perfecto y había escuchado sus latidos", rememora Magdalena, con voz calma.

Al día siguiente decidieron ir a la clínica. "Mi última hija había nacido por cesárea, pero para esta vez quería un parto normal y necesitaba estar bien dilatada", explica, "Al llegar al hospital me dijeron que la intervención iba a ser inevitable, porque tenía demasiadas contracciones, solo 1 de dilatación y que mi útero no iba a resistir un parto normal".

Antes del procedimiento se dispusieron a escuchar los latidos del corazón. "No se escucha. Anda mal el aparato porque está viejo, voy a buscar otro", les dijeron. Male miró a su marido, casi divertida, "Qué cosa andar con uno viejo, mirá si le toca una chica nerviosa, qué susto pobre". Con un embarazo sano, nada en su cabeza la hacía pensar que algo fuera de lo normal podría suceder. Pero con estetoscopio nuevo tampoco hubo latidos; incluso ahí, ella permaneció tranquila.

Fue cuando decidieron realizarle una ecografía, que llegó lo peor. "Tenía al médico, a Max y a la obstetra que miraban la pantalla y yo no veía. ` ¿Puedo ver también?´, pregunté. `No, mejor no´. Lo cual fue horrible, porque lo único que pude observar fueron las caras de ellos, que se iban transfigurando. El silencio era sepulcral y ahí lancé un ` ¿Alguien me puede decir algo?´, y el ecógrafo me contesta: `lo lamento, no tiene latidos, no hay nada que hacer´. Y cuando se acerca mi marido para abrazarme y me incorporo, me doy cuenta de que había roto bolsa. Lo abracé y le dije: no te preocupes, todo va a estar bien", recuerda sin poder contener la emoción.

Magdalena, Sophie y Max. 2016
Magdalena, Sophie y Max. 2016

No sirven las culpas

Magdalena estaba sumergida en una irrealidad, todo le parecía un sueño, uno que conocía. A esa sensación le siguió un estado de tristeza, de no entender nada y, sin embargo, en ningún momento experimentó vacío ni una angustia insoportable.

"Lo primero que sugirió mi obstetra es que había sido por una vuelta de cordón. Y yo me preguntaba ¿por qué en el 2016 no se puede prevenir algo así? Fueron momentos de replanteos y autoreproches. ¿Por qué trabajé hasta el último día? ¿Por qué si me sentía cansada no me quedé más tranquila? Y tantos interrogantes más dentro del mar de incertidumbres. Pero enseguida cambié mi actitud y me dije: este no es el camino, yo sé que hice lo mejor posible. No sirve de nada tener culpas", continúa Magdalena, con tranquilidad.

Max y Magdalena presenciaron la extracción y se despidieron de ella, de su cuerpo físico; por la noche, y dormida por el efecto de una pastilla, Male soñó con Violeta y sintió una tristeza profunda: la extrañaba. "Entonces me di cuenta de por qué en mis meditaciones pedía tanto por ser una madre perfecta, no una perfecta en general, sino para ella: ella necesitaba que la deje ir, que la suelte. Empecé a entender eso".

Un camino para sanar el cuerpo

Al poco tiempo, Magdalena volvió a trabajar. Se había estado deshinchando como correspondía, pero tenía muchos dolores de espalda. Le decían que era normal por el estrés posparto, hasta que un día, al mirar sus manos, las percibió de un color blanco amarillento y con los nudillos morados. "Pensé que mi cuerpo se estaba muriendo", recuerda. "Justo un día antes había llegado la autopsia de Violeta, que indicaba que en su cuerpo no había nada extraño, ni un motivo aparente para no vivir. Por eso, al mirarme el mío, pensé que era yo y que se me estaba muriendo".

En cuestión de días, Magdalena ya no podía peinarse, ponerse un par de medias, lavarse el pelo sola, ni sentarme en el piso a jugar con la hija. "Es angustia", le insistían en su entorno, pero ella del alma se sentía en paz.

Sin embargo, algo estaba pasando y, a partir de ahí, empezaron los estudios interminables, que incluyeron sacarse sangre hasta tres veces por día; los resultados daban mal y la degeneración llegó a tal punto que la obligó a la internación. "Comencé con un tratamiento duro colmado de médicos de todo tipo y medicación oncológica. No tenía fuerzas ni para caminar dos pasos, pero entendí que ese era mi camino en la vida y, cada día, me llené de pensamientos cargados de armonía para ir sanando paralelamente mi cuerpo. Incluso en el día que me anunciaron que lo mío no tenía cura, yo sentía que todo iba a estar bien", afirma.

Magdalena Ramos Mejía - "A mi médico de cabecera, lo adoro; de su mano, pude enfrentar efectivamente el primer momento, pero entendí que la comida también es fundamental para acompañar en la sanación".
Magdalena Ramos Mejía - "A mi médico de cabecera, lo adoro; de su mano, pude enfrentar efectivamente el primer momento, pero entendí que la comida también es fundamental para acompañar en la sanación".

En paralelo a su tratamiento tradicional, Magdalena probó con todo tipo de alternativas: la medicina china, la hindú, la budista y toda aquella que se le presentara. En ese trayecto, le recomendaron a una médica del exterior que realizaba tratamientos nutricionales para enfermedades autoinmunes. "Ahí empecé a leer que, por ejemplo, con estas enfermedades debíamos evitar el gluten, ver si podíamos comer lácteos y evitar azúcares refinados", cuenta, "Me di cuenta de lo difícil que es comer sin lácteos, que sabía que me caían mal. Yo soy nutricionista y me costó; no me podía imaginar lo difícil que le podía resultar a alguien sin conocimientos del tema".

Magdalena empezó a escuchar más lo que le pedía su organismo, ya que su objetivo era que su cuerpo sane: si el alimento no servía para ayudarla en el proceso de estar mejor, no lo comía y buscaba una alternativa.

Y un día llegó el diagnóstico definitivo: Esclerodermia y Polimiositis, dos enfermedades autoinmunes que su cuerpo había desarrollado durante el embarazo y que atacan la piel, los órganos y los músculos. Enfermedades raras y destructivas que arrasan con todo por afuera y por dentro. "A mí, a raíz de ellas, mi cara me cambió, recién ahora me puedo mirar al espejo y amigarme con lo que veo. Antes no me podía ver la cara. Se me caía el pelo en cantidad, los dientes, las encías se me fueron para abajo, todo lo que se puedan imaginar, lo toca. Este tipo de enfermedades tiene mucho para sobrellevar", revela Male.

Sin embargo, lo que más le costó afrontar fue el tema de la fertilidad suspendida en por lo menos 5 años y hasta puesta en duda. "Para mí fue un golpe duro. Yo quería que Sophie tuviera muchos hermanos. Sé que hay gente que lo pasa peor en ese sentido, pero para mí fue algo más a enfrentar, algo que me coartaba mis sueños", dice conmovida.

Una vida plena

Magdalena afirma que con su nueva alimentación enseguida comenzó a sentirse mejor y que, gracias a ello, su enfermedad, que parecía imbatible, entró en remisión. "Continúo con muchos médicos; al mío de cabecera, que es el reumatólogo, lo adoro. De su mano, pude enfrentar efectivamente el primer momento, pero también entendí que la alimentación y adquirir hábitos saludables es fundamental para acompañar en la sanación", afirma convencida.

"Sigo con varias piedras en el camino, pero hoy, ante todo, lo que quiero con toda mi experiencia es poder ayudar a los que padecen enfermedades autoinmunes a sentirse mejor mediante una buena nutrición. Si yo hubiera tenido a alguien que me hubiese dicho antes lo que podía hacer con la comida, me hubiese allanado mucho el camino. Mi primer instinto fue pensar: no quiero que nadie sufra como yo lo sufrí, pero después entendí que lo que puedo hacer es facilitar las herramientas, pero que dependerá de cada uno el camino que recorra", explica.

Estoy muy feliz; feliz por mí misma, más allá de lo que tenga, más allá de mis hijos, del trabajo; es serlo por estar bien con uno mismo.
Estoy muy feliz; feliz por mí misma, más allá de lo que tenga, más allá de mis hijos, del trabajo; es serlo por estar bien con uno mismo.

Magdalena sostiene que hay una alimentación que, orientada a ese tipo de enfermedades, también ayuda contra la depresión que causa una medicación dura como el corticoide. "Seguramente la comida sola no va a sanarte, pero sí es una gran aliada en el proceso de ir recuperando tu cuerpo de a poco. Se puede hacer en la cotidianidad con pequeños cambios de hábito. Nos tenemos que preguntar, ¿qué nos estamos metiendo en el cuerpo? El tema de la comida no hay que darlo por sentado, no es menor", continúa.

El recorrido de Magdalena será largo y le tomará varios años tener un cuerpo libre de medicación fuerte, pero, a pesar de ello, ella se siente plena. "Los médicos no pueden creer lo que avancé desde entonces y, por eso, quiero compartirlo y ayudar. Hoy, me siento bien y me siento bendecida por tenerla a Viole siempre conmigo, acompañándome. Me siento con otra intensidad, con otra forma. Todo esto me llevó a tratar de elegir bien qué hacer, a disfrutar de mis elecciones, disfrutar con mi familia. Siento que no me falta nada, ni que desearía otra vida. La verdad es que estoy muy feliz; feliz por mí misma, más allá de lo que tenga, más allá de mis hijos, del trabajo; es serlo por estar bien con uno mismo. "

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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