El peligro de seguir haciendo más de lo mismo

Sergio Berensztein
Sergio Berensztein PARA LA NACION
Llegó la hora de convocar en serio al consenso, dejar atrás el egoísmo y acordar una agenda estratégica que permita recuperar la confianza
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11 de mayo de 2018  

Comenzó como una simple crisis cambiaria, contagió tanto al mercado de deuda como al de acciones y produjo una ola de desconfianza que aún amenaza con disparar una clásica corrida bancaria. La tormenta perfecta, en parte autoinducida, en parte derivada de cambios en el sector externo, aún no amainó. El mundo emergente está en medio de un tembladeral disparado por el aumento de la tasa de interés por parte de la Reserva Federal, luego de una larga década de dinero muy barato. La combinación de gigantescos desequilibrios macro (la suma de los déficits fiscal y comercial supera el 11% del PBI), una fragilidad político-institucional preocupante y estructural y una desastrosa reputación de defaulteador serial convierten a la Argentina en un caso especial. ¿Ayuda acaso recurrir al FMI? Es la opción menos mala. Más allá del bombero elegido para apagar el incendio, la coyuntura que enfrenta el país es crítica: nuestro futuro como nación depende del resultado y de lo que hagamos como sociedad en estos tiempos otra vez aciagos. ¿Tendremos la madurez, la valentía y la ambición para reconocer nuestras debilidades y aprovechar esta oportunidad?

La administración Macri todavía considera que puede seguir haciendo más de lo mismo. Que basta con tranquilizar a los mercados mostrando auxilio financiero, que es lo que fue a buscar a Washington. Si la hipótesis fuera correcta, con un poco de dinero podríamos evitar una situación mucho más dramática. Aun en el escenario optimista, el Gobierno deberá pagar costos políticos todavía imprecisos, aunque probablemente considerables. Ocurre que, como resultado de esta crisis, la economía crecerá mucho menos de lo previsto este año, la inflación será más alta y esto sin duda afectará el ánimo y la confianza de los argentinos. Además, una enorme mayoría considera inadecuado recurrir al FMI, de acuerdo con una encuesta que realizamos el pasado fin de semana junto con la consultora D'Alessio IROL que fue publicada anteayer. Es prematuro especular sobre el eventual impacto que este episodio podría producir en términos electorales, tanto para el oficialismo como para la oposición. Pero es sensato suponer que no será neutro y que el primero tiene más para perder. Con una excesiva cuota de ingenuidad, Cambiemos daba casi por descontada la reelección de Mauricio Macri. Una mueca del destino para los cultores de la posmodernidad. Como dijo Carlos Marx, "todo lo que es sólido se desvanece en el aire". Si bien ningún precandidato peronista capitalizó hasta ahora el desgaste y los errores no forzados del oficialismo, la batalla electoral de 2019 luce mucho más competitiva de lo que muchos suponían.

Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat

Adelantar prematuramente el debate electoral tuvo otras consecuencias impensadas para el oficialismo. Con notable candidez, los estrategas de Cambiemos dejaron saber que su plan de operaciones consistía nada menos que en desplazar al peronismo de distritos claves, dentro y fuera de la provincia de Buenos Aires. Por ejemplo, en territorios emblemáticos históricamente controlados por el PJ, como La Matanza y Avellaneda, en manos de referentes kirchneristas. Pero también en Córdoba, Salta y Entre Ríos, provincias gobernadas por supuestos aliados de Macri, a los que siempre es necesario recurrir en momentos complejos como el actual.

Al mismo tiempo, Cambiemos reconoció públicamente que el principal instrumento para desplazar al peronismo del poder era el gasto público, en particular con grandes obras de infraestructura. ¿Cómo no esperar alguna reacción defensiva por parte del PJ? La oportunidad ideal se dio en el debate por las tarifas. El Gobierno espera revertir la media sanción que obtuvo la propuesta opositora en la Cámara de Diputados anteayer. Pero la rara cuasi cordialidad que caracterizó esa jornada llama a sospecha. Todos descuentan el potencial veto de Macri, que también podría tener costos políticos y electorales. En rigor de verdad, ya no es necesario que el peronismo condicione los proyectos gastomaníacos del Gobierno: ese servicio estará a cargo de los técnicos del FMI. Un experimentado senador se preguntaba estos días: "¿Quién es más irresponsable: el peronismo por cuestionar los aumentos de tarifas o el Gobierno por alimentar conductas de obstrucción?".

El gran interrogante que presenta la actual coyuntura no logra romper la encerrona cognitiva en la que se entrampó el Gobierno a sí mismo. Muchos operadores financieros, dentro y fuera de la Argentina, consideran que hace falta otra clase de respuesta: la crisis, vertiginosa y huracanada, es ahora de confianza y habría contagiado al propio gobierno y su credibilidad. Se cuestionan muchos de los fundamentos estratégicos, políticos y comunicacionales: los qués, los cómos y los quiénes. Un respetado analista de uno de los principales bancos de inversión fue concluyente: "El gradualismo ya mostraba síntomas de fatiga mucho antes de este sismo; el método de toma de decisiones (la falta de un ministro de Economía con autonomía, capacidad de decisión y credibilidad) genera confusión y los problemas de coordinación dentro del Ejecutivo y con el Banco Central complican todo aún más".

¿Cuán sólido está Cambiemos como coalición? Cuando la situación se puso realmente complicada, esta administración descubrió súbitamente la importancia de la política. Es cierto que tanto la UCR como la Coalición Cívica corrieron al auxilio de un presidente en dificultades. Sería injusto entonces interpretar esa caótica conferencia de prensa en la explanada de la Casa Rosada como una metáfora de la consistencia y la fortaleza del grupo gobernante. Sin embargo, un rumor paralizó a algunos operadores oficialistas: al menos una provincia considerada "propia" está desplegando una estrategia preventiva de mayor autonomía respecto de la administración central. Con menos plata por el ajuste y con menos popularidad por las consecuencias de la crisis, la atracción magnética que hasta hace poco ejercían Macri y sus primeras espadas podría haber comenzado a declinar.

Frente a este complejo panorama, el Presidente puede continuar atado a su libreto. Pero si los costos de hacerlo y los resultados esperados resultan ilógicos, tiene la oportunidad de replantearse un cambio de rumbo. Puede retomar sus promesas de campaña y convocar -en serio- a la unión de los argentinos, ratificando su convicción de luchar contra la pobreza y su valiente decisión de enfrentar al narcotráfico. Puede ampliar su base de sustentación política y su margen de acción con un acuerdo negociado con los sectores moderados y responsables de la oposición. Esto requeriría congelar cualquier especulación electoral (incluyendo su potencial reelección) por lo menos hasta fin de año. Se trata de consensuar una agenda estratégica de reformas indispensables que permita recuperar la confianza interna y externa, retomar la iniciativa y encarar problemas históricos como el déficit fiscal, nunca resueltos por la Argentina.

El Presidente mostró una continua renuencia a un acuerdo: no le fue bien. Pudo hacerlo en una posición de fortaleza luego de las elecciones de octubre pasado, pero prevalecieron los instintos egoístas y la tradición hiperpresidencialista. Todavía está a tiempo, aunque ahora deberá realizarlo desde una relativa debilidad. El riesgo está en que para cuando se decida ya sea demasiado tarde.

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