Los hijos de la guerra

Para muchos, el 10 de junio es un día más. A lo sumo, sirve para pensar en aquel insensato 1982. Pero para aquellos cuyos padres murieron en las Malvinas es una fecha cargada de sentido, aunque el recuerdo de sus seres queridos no tiene ubicación fija en el calendario
Carlos Beer
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11 de junio de 2000  

"Para mí, Malvinas significa la muerte de mi papá."

Cinco chicos, cuatro apellidos, un sentimiento en común. Hace 18 años, sus vidas transcurrían de maneras muy distinta. Los separaban ocho cumpleaños en esa infancia donde cada velita vale doble. De mayor a menor: uno lucía su guardapolvo de primaria, otro empezaba a ir al jardín de infantes, el tercero estaba dando sus primeros pasos, la siguiente recién gateaba y a la última, hermana del aprendiz de deambulador, todavía le faltaba una semana para salir de la panza de mamá.

Ninguno sabía de la existencia del otro, aunque sus destinos estaban por unirse de la manera menos deseada. Por entonces, sus padres eran los protagonistas de una guerra a miles de kilómetros de sus casas, bien al Sur, en una lejana tierra fría. Sus padres murieron en esa guerra. Y a esa lejana tierra fría llamada Malvinas ellos empezaron a verla con otros ojos...

La frase inicial, más realidad que dolor, pertenece a María Gabriela Espinosa, la penúltima en orden cronológico del grupo, la que gateaba allá por junio de 1982. Sus amigos y compañeros de destino, Leandro Martín de la Colina, Pablo Sebastián Bolzán, Carlos Santiago y María Constanza Martella, en ese orden, coinciden con esas nueve palabras. Aunque, para llegar a ese punto, cada uno recorra distintos caminos desde sus propios sentimientos. Pero hay algo muy claro: la ausencia de todos nace en la misma geografía.

Reunidos en un bar cercano al cenotafio ubicado en la plaza San Martín, el 2 de abril, el 10 de junio, con el recuerdo de sus padres, de aquella guerra, se sientan a tomar café desde sus visiones tan especiales. "El 10 de junio es la reafirmación de los derechos sobre las islas. Para la gente es feriado porque sí", asegura con tono firme Leandro.

"Nadie sabe muy bien qué se conmemora. En las dos fechas, la gente recuerda lo que nosotros vivimos todos los días. Mi verdadera fecha es el 31 mayo, que es el día que murió mi papá", cuenta Gabriela. "La mía, el 7 de junio", agrega Leandro. "Yo, al día siguiente", comenta Pablo. Es el turno de los hermanos Martella: "La nuestra, el 12 de junio..." Es extraño escucharlos tan naturales. No hay nudos en la garganta ni ojos humedecidos por lágrimas a punto de brotar. El tiempo los acostumbró. La vida los obligó a madurar. "Es importante sentirse apoyado ese día. Para uno es particular, es distinto", son las palabras de Pablo.

Leandro, el mayor de los cinco, asiente y a la vez presenta una dualidad interna que lo invade en estas fechas: "El orgullo que uno siente todos los días se multiplica. Aunque a mí me falta mi viejo, y el reconocimiento no me lo va a traer. Yo quisiera tenerlo ahora acá, enfrente mío, en esta mesa".

Los hermanos Santiago y Constanza hablan menos. La benjamina lanza una frase por demás elocuente: "Siempre, cuando le cuento a alguien lo que me pasó, repito que yo no llegué a encariñarme. Entonces tengo una forma diferente de ver las cosas. A mi papá lo conozco sólo por fotos". Ella nació el 18 de junio de 1982, seis días después la muerte de su papá...

Gabriela es la más sensible de los cinco. Ya lo dejó en claro: Malvinas se resume al recuerdo de su padre. Cada intervención suya en la charla apunta a un costado más humano. No demuestra interés en hablar de la guerra, aunque describe a la perfección lo ocurrido aquel 31 de mayo, cuando falleció el teniente 1ro. post mórtem Ernesto Emilio Espinosa.

"Pertenecía a la Compañía de Comandos 602. Una noche estaba con doce compañeros en Top Malo House. El era francotirador. Oyeron ruidos, y mi papá les dijo que salieran, que él los iba a cubrir. Uno de sus compañeros murió afuera... La casa se incendió y mi papá también murió. Los otros once argentinos sobrevivieron." Gabriela tardó 17 años en hablar sobre aquello con alguno de los sobrevivientes. Cuando lo hizo fue con un amigo de la familia, en una charla natural que se dio en una sobremesa. "No me dijo nada nuevo. Me mostró fotos y videos de la casa donde murió mi papá. No hay nada, sólo escombros. No se puede creer que en ese lugar hubiera una casa. Igual, todo lo que me contó yo lo había leído en el libro Combates en acción." Sí, a la hora en que las chicas de su edad leen su primera novela, a ella la vida la obligó a refugiarse en la triste historia de una guerra.

Como todos sus compañeros, Gabriela realizó dos viajes a Malvinas: uno por intermedio de la Cruz Roja, en 1991 ("Tenía 9 años y no me acuerdo de nada. Sólo de que tenía mucho sueño"), y el otro en los vuelos promovidos por la Cancillería, en enero del año último.

"Es difícil explicar lo que sentí cuando estuve en las islas. Me preparé mucho más que la primera vez. No sé... es una mezcla de orgullo, bronca y tristeza." Su última visita a Malvinas alcanzó cierta notoriedad. "¿Te seguís carteando con Kevin?", se le pregunta. Sus cuatro amigos lanzan una carcajada. "¡Matrimonio!", la cargan casi a coro. Kevin es un kelper que se acercó a hablar con el contingente argentino que visitó las islas en el primer mes de 1999. Por entonces, los viajes duraban sólo un día (ahora son de una semana), y los contactos entre isleños y continentales no existían.

"Es rubio, alto, grandote, robusto. Un típico gringo inglés." Aquel día, Gabriela fue la última en entrar en el hall de migraciones de Mount Pleasant. Kevin se acercó a hablar con alguien del grupo argentino y encontró a Gabriela, la última en entregar sus papeles para abordar el avión de regreso. Mientras hablaban, los militares de la base la apuraban para que entregara el pasaporte. "Yo estaba incómoda, pero él parecía retranquilo. Me preguntó cómo me habían tratado, cómo había encontrado el cementerio. También recordó una anécdota de la guerra: el día que cumplía 7 años iba a hacer una gran fiesta, pero cuando se despertó encontró un tanque en la puerta de su casa. Yo aproveché y le pregunté si conocía el lugar donde había fallecido mi papá."

Nacida el 13 de noviembre de 1981, María Gabriela está cursando el Ciclo Básico Común de Medicina. Sobre aquel fugaz y emotivo encuentro, ella piensa: "Kevin hizo lo que sentía. Yo creo que no es el único en las islas que piensa así, pero sí fue el único que, en ese entonces, se animó".

La historia siguió con una carta del joven kelper a Gabriela, en la que le contaba que trabajaba de taxista y del tiempo ventoso de las Malvinas. También le envió varias postales. Gabriela contestó con otra carta. "Le conté de mis cosas. Fue como si le escribiese a un amigo. Pero no tuve más noticias suyas. Ahora le toca a él escribir."

Leandro es muy vehemente al hablar de Malvinas. Cuando se lo consulta por sus ocupaciones el joven, nacido el 19 de agosto de 1974, dice que estudia para ser analista de sistemas y que trabaja en la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas. "Ad honórem", aclara.

Al hablar, queda en evidencia que trata de ayudar lo máximo posible a aquellos que están en la misma condición que él. Por eso se queja: "Hay muchos familiares que no pueden ir a las islas porque no encontraron los cuerpos". Por eso protesta: "Un viaje a Malvinas para visitar la tumba de un familiar sale 4000 dólares". Por eso se entusiasma: "Tenemos avanzado un proyecto de construir un cementerio con la Virgen de Luján en las islas".

Su padre era el comodoro post mórtem Rodolfo de la Colina. Leandro cuenta: "Piloteaba un Lear Jet. Mientras cumplía con un vuelo de observación le tiraron dos misiles. El primero falló, el segundo le pegó en la cola. En la transmisión dijo: Nos dieron, no hay nada que hacer. El avión cayó en la isla Borbón, una pequeña isla del archipiélago. Los restos los encontró un isleño en 1994". Leandro hizo dos viajes a Malvinas. "Volví con una enorme paz interior", resume. En el primer viaje fue con su familia, y paró con su madre y su hermano en una pequeña hostería de Borbón. Y sorprende: "Allí hay tres familias que viven del turismo. Sí, aunque suene increíble. El lugar es ideal para hacer deportes de agua. Además, hay una pingüinera y un cementerio de ballenas".

También en enero de 1999 Leandro hizo su segundo viaje. Por ser el mayor de aquel grupo, fue el coordinador. Claro, viajaba con chicos que todavía no habían cumplido los 18 años, como Gabriela y Constanza. "Lo que más disfruté fue ver las caras de mis compañeros de viaje en el regreso. Todos sentimos lo mismo: orgullo."

Carlos Santiago y María Constanza son hijos del teniente 1ro. post mórtem Luis Carlos Martella. "Era oficial del Regimiento 4 de Monte Caseros. Murió en un combate en el monte Dos Hermanas. Se lo comunicaron a mi abuelo, que entonces era general." El que habla es Santiago, nacido el 16 de mayo de 1981, estudiante de Ciencias de la Comunicación en la UBA, que trabaja en un estudio económico y que juega al rugby en menores de 19 en Manuel Belgrano. "Vamos últimos. Yo juego de segunda línea, aunque en realidad soy wing y el técnico me pone ahí porque nos faltan jugadores."

Su hermana, María Constanza, todavía no cumplió los 18 años. Lo hará exactamente el próximo domingo. Sí: el Día del Padre. Extraña paradoja la de esta pequeña nacida 96 horas después de aquel trágico combate en Dos Hermanas. De sus viajes a Malvinas, ambos trajeron sensaciones únicas e irrepetibles. "Quería compartir un día en el lugar físico donde estuvo mi papá, en estas islas por las que dio la vida", dice ella. "Se siente como si te hubieran sacado algo tuyo", reflexiona él.

Los hermanos Martella son los más callados del grupo. Tal vez por su edad, tal vez por ser los que menos compartieron con su padre. El varón, de vez en cuando, interviene con su opinión. La nena es más reservada para hablar de Malvinas. Sin embargo, cuando no se toca el tema de la guerra, muestra toda su desenvoltura adolescente...

Ambos están dando sus primeros pasos universitarios. Y aquí encuentran un punto para contar lo que les pasa, sus vivencias. Para ellos, esta nueva etapa no sólo implica meterse de lleno en la vida de los adultos.

Después de pasar sus años de colegio secundario en el Manuel Belgrano, perciben un ambiente muy distinto en la Universidad de Buenos Aires. "Estábamos en un colegio católico, con un pensamiento más bien conservador, y con compañeros que nos conocían desde hace muchos años. En la Universidad es distinto, hay de todo", cuenta Santiago. "Mucha mezcla", suma Constanza.

Inmediatamente, la chica recuerda un episodio que le sucedió hace muy poco. Cuando debía hacer un trabajo en equipo sobre la dictadura militar, se llegó al momento del tema Malvinas y aparecieron algunas diferencias con sus compañeros de estudio. "Decían que a la guerra sólo habían ido los soldados y los generales se habían quedado acá. Yo me enojé: mis dos abuelos son generales, mi papá fue a la guerra y se murió en Malvinas."

Los cinco quieren decir algo. Leandro se apura en aclarar: "Ojo, que nosotros no estamos en favor del Proceso".

"Cada uno defiende su posición -interviene Constanza-. Nosotros hablamos de lo que sucedió a partir del 2 de abril con nuestro padres." Gabriela agrega: "Se encuentra gente que habla sin saber y que no sabe qué pasó. A mí esa parte no me interesa, no te lo cuentan bien. Me gusta que me digan cosas que me traen a mi papá". Leandro cierra este breve debate: "Nuestro objetivo es resaltar todo el tiempo la parte humana que tuvo el conflicto".

Pablo pone siempre equilibrio en cada una de sus frases. La historia de su padre, el capitán post mórtem Danilo Rubén Bolzan, es algo distina de las anteriores. "Mi papá era piloto de la Fuerza Aérea, de cazabombarderos, destinado en Villa Reynolds, San Luis. Su sueño era volar un avión y cuando lo consiguió, volvió a Córdoba. Cuando empezó la guerra estaba destinado en la Escuela de Aviación Militar de Córdoba, y recibió una carta desde el Sur de su albacea. Inmediatamente él pidió el pase a Villa Reynolds." El joven hace una pausa y continúa con el relato. "Hizo la readaptación en Río Gallegos y, en su segunda misión, cayó en la zona de Bahía Agradable. Fue uno de los tantos errores que se cometieron. La mañana de la muerte de mi papá, el 8 de junio, había sido negra para la flota inglesa. Por la tarde se decidió sobrevolar la misma zona. Pero ellos se equivocan una sola vez. De los cuatro aviones que salieron, volvió sólo uno. Fue una cuestión de suerte, porque quedaban dos después de un ataque; uno era mi papá, que le dijo a su compañero: Andate a la derecha que yo me voy a la izquierda. ¡Vámonos a las nubes! Lo derribaron a él y su compañero se salvó." Hoy, con sus 20 años (nació el 21 de abril de 1980), Pablo estudia abogacía en la Universidad de Belgrano. Pese a que afirma que nació en San Luis, lo delata la tonada. "Me crié en Córdoba desde los 2 años. Así que, por suerte, me considero cordobés." En 1998 dejó su provincia, donde jugaba al rugby en La Tablada, equipo con el que llegó a jugar algunos partidos a principios de este año en Escocia. Para su futuro, es el único de los cinco que quiere desempeñarse en algo relacionado directamente con las islas Malvinas. "Mi objetivo es entrar en la Cancillería. Quiero hacer una carrera diplomática. Por todos los errores que se han cometido en la historia, amén de lo de Malvinas. Hay que leer, leer mucho. Para solucionar pacíficamente hay que meterse. Los ingleses, a diferencia nuestra, se manejan muy bien en la vía diplomática."

Otra vez se siente una extraña sensación. Detenerse a observar el cenotafio de plaza San Martín, sin más ambición que observar ese monumento alimentado de nombres y apellidos, estremece. No hay que ser muy original para pensar ese sitio como lugar para las fotos de esta nota. Entonces, asombra ver a estos cinco chicos imperturbables, calmos, serenos ante esa mole de cemento que tan poco dice y que tanto significa.

"Cada uno tiene su héroe adentro. El reconocimiento será suficiente cuando salga de los chicos de los colegios", sintetiza Pablo.

De junio de 1982 a junio de 2000. De los guardapolvos, los chupetes y el cordón umbilical a este continuo presente de ausencia. De sus 30 días, el almanaque de junio reserva dos fechas especiales.

Ellos, año tras año, viven las dos a su manera. La vida se las unió. Están casi ligadas, son casi coincidentes. Para ellos, el 10 de junio y el tercer domingo significan lo mismo.

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