Suscriptor digital

10 claves para administrar mejor lo que compartís en las redes sociales

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
(0)
11 de mayo de 2018  • 15:03

Una de las principales brechas que la revolución digital nos obliga a zanjar es la de nuestra identidad digital. Hace más de una década que insisto con esto y lo he mencionado en docenas de conferencias y entrevistas: no deberíamos ser los mismos en Facebook que en el living de nuestra casa, sencillamente porque, aunque parezca un lindo living, Facebook es un servicio Web provisto por una compañía que cotiza en Bolsa. No deberíamos buscar en Google, seguir una cuenta de Instagram o hacer una declaración en Twitter con la convicción de que eso queda entre nosotros y esas compañías. Primero porque no es así. Segundo, porque no podría nunca ser así.

Nuestra persona digital, para llamarla de alguna manera, debe ser moldeada sobre una serie de reglas bastante simples que, además, aplican a cualquier otra actividad online. Suena raro esto de "moldear una persona", porque en el mundo real lo hacemos instintivamente. Sabemos que no podemos ser igual de campechanos con el CEO de la compañía que con nuestro mejor amigo; ni siquiera si el CEO es nuestro mejor amigo, en cuyo caso mantendremos ciertas formas dentro de la empresa. Sabemos que no es una buena idea que ir a una entrevista de trabajo (o a una primera cita) con los jeans rotosos y esa remera de 1996 que estuvimos usando para pintar el fin de semana. No le hablamos en el mismo tono a nuestro hijo de 3 años que a esa cita (salvo que queramos parecer completamente desquiciados), ni agradecemos un galardón académico con el fervor verbal y la incorrección política con que solemos festejar un gol.

La Red nos confunde, es un hecho. Lo que sigue es una suerte de decálogo para entrenarnos en esa modulación a la que estamos tan habituados en el mundo real. No es fingir. Ni siquiera es adaptarse. Es parte de la condición humana y de una buena parte de los mamíferos superiores, especialmente aquellos que forman sociedades. Hasta el menos listo de los pichichos cambia de "persona" en diversas circunstancias.

1. Los avatares no son personas reales

No, tampoco el tuyo. Elegiste tu mejor perfil o esa foto en la que creés haber salido muy bien. Todos hacemos esto, y es muy aleccionador. Porque del mismo modo que elegimos una foto entre muchas, tenemos que decidir qué otros aspectos de nuestra persona queremos hacer públicos. (Y cuáles no.) Una cosa más: el avatar, además, puede ser enteramente falso. Todo el perfil puede ser falso. Algo que notaríamos enseguida en el mundo real, solemos tomar por cierto en el virtual. Ojo con eso.

2. Todo lo que subís a Internet queda en Internet

No hay mucho más que explicar. Al revés que en la era analógica, los bits tienen una marcada resistencia a desaparecer. Si lo vas a publicar, sabé de antemano que no lo vas a poder borrar más. Y que cuanto más sensible sea el dato, más difícil será eliminarlo.

3. Solo en ON

Publicá exclusivamente aquello que no tendrías problema en que reenvíen a terceros o que salgan en la tapa del diario de mañana. Esto es muy, pero muy importante. Los escándalos de WhatsApp se originan porque creemos que mandar un audio de WhatsApp equivale a hablar por teléfono. Y no es así. Con WhatsApp son dos toques. Con el teléfono hay que grabar la conversación, editarla (suelen ser mucho más largas que los mensajes de audio de WhatsApp), quizás exportarla y luego enviarla a un contacto. No es lo mismo.

4. El smartphone lo sabe todo

Los teléfonos inteligentes están buenos, siempre y cuando tengas presente que con ellos estás siempre logueado a Facebook, Google, Apple, Twitter, Instagram, y sigue la lista. Mi mejor consejo es no usar el celular para nada demasiado íntimo, como la alcoba, tus problemas personales o de salud, y así.

5. Son contactos, no amigos

¿Cuántos grandes amigos tenemos realmente? ¿Media docena? ¿Y amigos en general? ¿Veinte? Cuidado, pues, con confundir la amistad online con la real. Conozco al menos un par de personas que me han solicitado formar parte de mi red en LinkedIn y que cuando me cruzan en un pasillo ni me saludan. Ocurre que es Internet, no el mundo real, y allí con un clic le pedís "amistad" a docenas de personas a la vez. O sea que sí, alguien puede haberte pedido ser contacto sin saber que lo hizo. Suena raro, pero eso es porque no estamos habituados del todo a los mundos virtuales. Allí hay reglas que, simplemente, no se cumplen; y reglas nuevas, también.

Por eso, hagamos la operación semántica correspondiente y empecemos a hablar de "contactos", no de "amigos". ¿Algunos contactos en Facebook o Twitter son también amigos en el mundo real? Por supuesto. Pero acordate de que todos los gatos son felinos, pero no todos los felinos son gatos. ¿Conociste personas en Facebook o Twitter con las que entablaste una relación amistosa, amorosa, de negocios, etcétera? Muy posiblemente. Ahora sacá cuentas y vas a ver que el porcentaje es bajísimo en relación con tu número total de contactos.

6. Pueden averiguar cosas de vos aunque no estés logueado

Sí, es posible rastrear lo que hacés online (en la Web, cuando menos), incluso si no estás logueado a Google o Facebook. Es cierto que con una computadora tenés un control mayor sobre el rastro que vas dejando. Y tampoco sirve de nada ponerse paranoico. Pero, como con el teléfono, si necesitás tratar con temas sensibles, deberías como mínimo usar Firefox (y no Chrome), activar el Modo Incógnito ( Mayúsculas+Control+P) e instalar DuckDuckGo, e incluso emplearlo como buscador. Insisto, sólo en caso de tratar con temas sensibles. De otro modo, ya te lo adelanto, la Web se vuelve inutilizable.

7. La ley de Metcalfe funciona en los ambos sentidos, pero no es simétrica

Esta ley, que es en realidad una regla empírica y que no fue planteada en tales términos por Bob Metcalfe (el creador de Ethernet), se ha popularizado bajo esta forma: "El valor de una red es directamente proporcional al cuadrado de sus nodos." Así dicho es una mezcla de verdad y de humo. ¿Cómo cuantificamos el valor de una red? Quiero decir, cuando usamos la frase "directamente proporcional al cuadrado de algo", lo que sea que consideremos tiene que poder cuantificarse. En realidad, el principio que propuso Metcalfe es muy diferente. Pero, dejando de lado las controversias, hay algo cierto en la versión popular de la Ley de Metcalfe, al menos en lo que concierne a las redes sociales: una red social tendría valor cero si su número de usuarios fuese 1 o menor que uno.

Pero cuidado, porque eso no significa que el valor de una red sea simétrico. Facebook vale mucho más para Facebook que para cada uno de nosotros. Twitter vale más para la compañía Twitter que para cada uno de nosotros. En esta asimetría radica buena parte del conflicto que tenemos entre manos en estos días. ¿Cómo aprovechar este dato para decidir qué subir y qué no? La respuesta, en el siguiente punto.

8. Cuanto más íntimo el dato, más valor tiene

No todos los datos sobre tu vida valen lo mismo. La tarjeta de crédito sabe en qué gastamos nuestro dinero, la telefónica registra nuestros interlocutores, y así. Pero el detalle con que nos conocen las redes sociales es muchísimo más profundo, y por completo inédito. Cuanto más íntimo es lo que subimos, más valor tiene para las compañías detrás de las redes sociales. Como la relación es asimétrica y como, además, se ha probado que no sabemos en qué emplean nuestra información (fuera de poner avisos, que es lo obvio y lo que eventualmente nos resulta de utilidad), debemos redoblar la cautela al momento de mostrarnos en las redes. Dicho más sencillo: si es algo que solo hablarías con tus más íntimos, tu psicóloga o tu médico, el valor de esa información es enorme para vos y por lo tanto es muchísimo más valiosa para las compañías de redes sociales.

9. Internet es porosa

No existe ni, de momento, va a existir posibilidad alguna de establecer silos estancos en Internet. Por diseño, la Red es porosa. Las redes sociales pueden seguir ajustando la configuración de privacidad, pero esas medidas son mayormente para la tribuna. Internet es un sistema de vasos comunicantes. Así que esperar que no sea porosa es como ir comprar un cuchillo que no corte o un martillo de plastilina. Por eso el punto 3.

10. Lo que ves en la pantalla es una ilusión

Hacé esta simple prueba. Abrí Facebook o Google o el sitio que quieras. Ahora apretá Control+U. O sea, mientras mantenés apretada la tecla Control, presioná U. ¿Y? ¿Qué tal? Interesante, ¿no? Lo que estás viendo es el código en HTML de la página que, un segundo antes, parecía tan elegante y amigable. E incluso este código es una ilusión.

En una computadora, en Internet, en cualquier smartphone, en Twitter, en el televisor inteligente, en prácticamente cualquier cosa que ande con electricidad sólo circulan bits. Unos y ceros. Y nada más que unos y ceros. En rigor, circulan variaciones eléctricas o se asientan estados magnéticos, pero podemos hacer esta abstracción y hablar de unos y ceros. Porque, después de todo, el sistema numérico con base 2 es casi igual de escabroso para los humanos.

Varios componentes en un dispositivo digital se ocupan de convertir esta cadena de unos y ceros en algo comprensible. Pero no hay que perder nunca de vista el hecho de que todo lo que vemos en la pantalla es una ilusión. Este texto que estoy escribiendo no está hecho de papel y tinta ni ha sido producido por tipos metálicos. Son unos y ceros. ¿Me sirve esta ilusión? Desde luego. De otro modo, me llevaría meses construir cada columna. Y ni loco volvería a la máquina de escribir; ya las sufrí lo suficiente.

Pero el mundo real no es ilusorio. Estamos adaptados evolutivamente a que no lo sea. Por eso nos cuesta tanto descreer de lo que vemos en la pantalla. Por eso aceptamos que alguien a quien no conocemos nos solicite amistad (amistad entre comillas). Por eso damos por sentado que un link picante en Twitter cumplirá con su promesa en lugar de llevarnos a un sitio malicioso. Por eso hay que hacer un esfuerzo y, parafraseando a Calderón de la Barca, repetirnos incesantemente que Internet es ilusoria. Como un sueño, digamos. O como una pesadilla, cuando por filtrar tanto tu vida íntima te roban la identidad, encuentran un pretexto para infectar tus dispositivos, para sacarte las credenciales bancarias o cuando, en operaciones de escala incomprensible, se ponen en jaque las instituciones democráticas.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?