El verdadero motivo del estrés de las mudanzas

Leonardo Ferri
Leonardo Ferri PARA LA NACION
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14 de mayo de 2018  • 00:50

El otro día, mientras caminaba las cinco cuadras que separan la cochera donde guardo el auto de mi actual casa, intenté explicarle a mi hijo de 3 años de qué se trataba una mudanza. La caminata, después de todo, era un poco culpa de eso: conseguí un lugar donde dejar el auto antes de hacer efectivo el traslado.

Dentro de poco -le dije- vamos a juntar todas las cosas que hay en la casa. Todas. Las vamos a poner en cajas, las vamos a subir a un camión, y las vamos a llevar a la casa nueva. Y ahí nos vamos a quedar a vivir.

¡Guauuu! -respondió.

Muy por el contrario a él, la mudanza no me resulta para nada fascinante. Existen estudios que ponen a la mudanza entre las situaciones más estresantes que le puede tocar vivir a las personas, junto a la muerte de un ser querido, un divorcio, quedarse sin trabajo (o cambiar de) o sufrir de una enfermedad grave. ¿Es para tanto? Pensemos.

Mudarse es mucho más que el hecho físico de mover cosas de un lugar a otro, algo que ya de por sí resulta agotador, dependiendo del servicio de mudanzas que se contrate. Porque en ese terreno existe un universo de servicios disponibles, que van desde el simple flete con o sin peón hasta el camión premium, que llega con un escuadrón de personas que se encargan de mover todo, e incluso de desconectar luminarias, ventiladores de techo y de poner en roperos portátiles la ropa que va en percheros para, ya en la nueva casa, acomodar todo donde uno les indique. Esta última opción brinda bastante de alivio para el cuerpo, algo para la mente; pero mucho menos para el bolsillo. Mudar un departamento de 3 ambientes, como barato, puede costar algo así como 13 mil pesos.

Pero hay algo más que las cosas, la fuerza y la plata, y es el tiempo. Si la mudanza es a un edificio, habrá que respetar el día y el horario en el que están permitidas las mudanzas. Esas pocas horas, que por lo general son los sábados, bastarán apenas para poner las cosas en la nueva vivienda, donde empieza la peor parte: ordenar. Ahí es donde comienza ese período de, digamos tres meses, en los que se intenta adivinar o recordar dónde quedaron las cosas, ya sea una campera, la cortina para la habitación o una cuchara de madera. Los dos días de licencia que otorga la ley apenas alcanzan para liberar el camino de cajas. El resto será todo cuesta arriba.

Pero si se habla de tiempo, no existe tiempo peor utilizado que el que se pierde en ocuparse de dar de alta/baja los servicios. ¿Hay que dar de baja el cable y pedir una nueva instalación? ¿Hay que cambiar el domicilio en la prepaga, el banco, la compañía de celular? ¿Hay que esperar que venga el servicio técnico para instalar internet? Tomando como base que cualquier casa tiene esos servicios y que no todos esos trámites se pueden hacer por la web y de que resulta difícil comunicarse con cualquiera de ellas y que primero atenderá un IVR que nos dará muchas opciones y recién después un humano nos atenderá para poder explicarle la situación y que, a lo último, nos darán un turno de 8 a 14 o de 14 a 20 como si nadie trabajara y tuviera disponible todo el tiempo del mundo; digo, tomando como base todo ese combo divino de incomodidades, resulta increíble que aún no se haya profesionalizado una actividad de gestoría post-mudanza, un verdadero y necesario servicio por el que se pague. Porque es preferible cargar cajas y subir heladeras dos pisos por escalera a tener que afrontar el trámite de pedir internet y esperar a que el proveedor cumpla con su parte. ¿Existe alguna duda?

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