Ozzy Osbourne, en Obras Outdoors: adiós al romance

Ante casi 10 mil personas, el ex Black Sabbath se despidió del público argentino en la que -dice- será su última gira mundial
Ante casi 10 mil personas, el ex Black Sabbath se despidió del público argentino en la que -dice- será su última gira mundial Crédito: CHAD BATKA / NYT
Diego Mancusi
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12 de mayo de 2018  • 03:44

"Que empiece la locura", gritó Ozzy Osbourne, y la locura empezó. Atrás quedó la apertura de la velada a cargo de Malón y la previa en la que unas diez mil personas (una excelsa mezcla de familias enteras y metaleros clásicos de cuero y tachas) capearon la repentina fresca con clásicos de AC/DC. Cuando sonaron los primeros compases de "Bark at the Moon", el público argentino estuvo a la altura del acontecimiento: así se iniciaba la que muy probablemente fue la última noche del Príncipe de las Tinieblas en Buenos Aires, y había vivirla a fondo.

Ozzy no se retira: seguirá grabando y dando algunos shows selectos, pero ya no saldrá de gira mundial (de ahí el nombre de la que lo trajo esta vez: No More Tours, un juego de palabras con su disco No More Tears de 1991 y una cita a aquella otra serie de conciertos que hizo cuando dejó los escenarios por primera vez en el 92). Por eso se vivía en el predio de Obras al aire libre un clima de despedida que, con todo, no caía en la melancolía. Por el contrario, la apuesta general fue ir a más: la audiencia llenó cada silencio con el infaltable "olé olé olé olé, Ozzy, Ozzy" (cosa que al protagonista de la noche pareció divertirle especialmente) y él preparó el mejor show posible en todos los aspectos.

Para empezar, la puesta en escena fue digna de destacarse. Las pantallas de altísima definición, la cruz gigante en medio del escenario y -sobre todo- el set de luces láser que rompían la cuarta pared del tablado y se metían entre el público aportaron una pata visual inmejorable.

Luego: la banda, la mejor ensamblada de todas las que lo acompañaron, con Tommy Clufetos en la batería y Adam Wakeman en teclados (ambos también tocaron con él en las últimas presentaciones de Black Sabbath), Rob Nicholson en el bajo y la vuelta de Zakk Wylde, el hombre que nació para tocar la guitarra con Ozzy Osbourne, una garantía de técnica, mística y presencia escénica. Contagiado, Ozzy se comportó como el showman que la fiesta requería, siempre inquieto y extrovertido, a años luz del señor ajado que vimos en su reality show de MTV, y todo sin perder ese aura siniestra que lo rodea y lo deja en algún lugar entre un comediante y un asesino serial.

Y por último lo más importante: la lista de temas, plagada de hits de todas sus épocas. Pasó "Mr. Crowley", con su épica oscura signada por la música clásica. Pasó "Suicide Solution" con Wylde haciendo tapping con ambas manos sobre el diapasón a velocidad ultrasónica. Pasaron baladas como "Road to Nowhere" o "Mama I'm Coming Home", donde se notó más que en ningún otro momento su gran lucha de la noche: mantener la entonación al cantar. Pasaron los homenajes a Sabbath como "Fairies Wear Boots" o "War Pigs", donde el líder se tomó un descanso para que su guitarrista y su baterista extendieran la canción con sendos solos (el de Wylde: tocado tras la nuca, con los dientes, entre la gente, como fuese) hasta los ¡veinte minutos! Pasó su número más exitoso como solista: "Crazy Train", tras la cual prometió bises "si se vuelven muy locos" y, como le cumplieron, cumplió y cerró con "Paranoid". Pero antes que eso pasó "Shot in the Dark", en la que su cara de nene embelesado mirando al público en el -cuándo no- largo solo de Zakk Wylde lo vendió: la estaba pasando demasiado bien. "Tenemos que hacer esto de vuelta", se le escapó al terminar, y así fue como, de repente, el adiós se disfrazó un poco de hasta luego.

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