Cobra Kai: ¿así era el futuro de los Karate Kid?

Los diez capítulos de la secuela de la película ochentosa ya están disponibles en YouTube Red y encierra no pocas sorpresas
Los diez capítulos de la secuela de la película ochentosa ya están disponibles en YouTube Red y encierra no pocas sorpresas
Juan Manuel Domínguez
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13 de mayo de 2018  

Todo es culpa de Barney Stinson, el personaje de la sitcom How I Met Your Mother. Corría 2009, y el siempre impecablemente trajeado Barney establecía una teoría cinéfila que se sumaría a las grandes obsesiones conspirativas de Internet. El personaje de Neil Patrick Harris comenzaba hablando de Karate Kid como "Una gran película. La historia de un entusiasta y joven estudiante de karate cuyos sueños lo llevan al Torneo de Karate All Valley? Por supuesto, al final pierde tristemente con el nerd".

Exacto. Barney ve como el héroe de Karate Kid (1984) a Johnny Lawrence, el antagonista del dojo Cobra Kai, y no a Daniel LaRusso, el alumno del señor Miyagi. De hecho, para Barney, Terminator es el héroe de Terminator; Hans Gruber, el de Duro de matar y -algo que defiende a muerte- Johnny Lawrence (William Zabka), el verdadero "chico del karate" de esa película.

Puede ser que 2018 termine dándole la razón a Barney (Zabka hizo de sí mismo en varios capítulos de aquella sitcom). O quizá le dé una patada en la cara a su teoría y a aquellos que creen que LaRusso (Ralph Macchio) es el verdadero e indiscutible héroe de esa historia. En realidad, la operación es más compleja: la secuela que acaba de estrenar YouTube en su plataforma se llama Cobra Kai, y continúa la historia de Karate Kid: El momento de la verdad como Karate Kid Parte 2 (tal como se bautizaron a su estreno en la Argentina).

En esta continuación seguimos en el Valley (el californiano Valle de San Fernando), donde pudo verse la mítica postura de "la grulla" de LaRusso estrellándose contra el mentón de Johnny para, acto seguido, toparse ahora con un Lawrence cincuentón y resacoso. Han pasado treinta años, y ahora Johnny y Daniel son más viejos que el propio Miyagui en el primer film (el fallecido sensei tenía 52 años en 1984, mientras que hoy Zabka tiene 53 y Macchio, eterno adolescente, 56 años). Todavía pueden tirar patadas ninja, pero no pueden dejar atrás la década que los vio convertirse en enemigos.

Cobra Kai tiene diez episodios de media hora que pueden verse en YouTube Red (sus dos primeros episodios son gratuitos; el resto requiere de suscripción). Los propios creadores de la serie, Josh Head (Hot Tub Time Machine), Jon Hurwitz y Hayden Schlossberg (Harold & Kumar) la definieron como fan fiction, ese fetiche hedonista de contar historias "no oficiales" con personajes de ficción populares. Que los ochenta han vuelto es innegable, y sobre todo si se observa la industria del entretenimiento en los Estados Unidos: el reciente retorno de Roseanne, que el show más visto de Netflix sea Fuller House, y las remakes estrenadas o por hacerlo de Dinastía, MacGyver, Cagney & Lacey.

La trama comienza con la refundación del dojo Cobra Kai a manos de Johnny Lawrence; frente a esa noticia, Daniel altera su vida exitosa, que lo tiene como rostro publicitario de su propia red de franquicias y padre de una familia pudiente (con una hija que se luce en cada escena en que participa). Suena a duelo de adultos que se comportan como Tom y Jerry. Pero aquí, quieran los showrunners y los actores o no (y parece definitivamente que quieren) se relee aquel clásico sin anularlo y hay más infierno y músculo que travesura.

Cobra Kai corría el riesgo de ser precisamente un mixtape de aquello que definió en un momento irrepetible a un clásico deportivo. Y lo es, sin dudas, ya que ahí están los flashbacks con imágenes del primer film, pero también aprovecha ese paso del tiempo para pisarlos con una sentida herejía. Así, los 20 millones de vistos que posee la serie desde su estreno el 5 de mayo se han encontrado con una ficción que aplica instantes tatuados en la memoria popular y los refrita para ver cuáles son sus límites en un mundo donde el bullying implica otra cosa y donde hablar como un matón de los 80 es ser discriminador.

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