La solidez de Cambiemos, a prueba por el efecto FMI

En el Congreso descuentan que el acuerdo demandará tratar proyectos difíciles; los negociadores, en un momento crucial
En el Congreso descuentan que el acuerdo demandará tratar proyectos difíciles; los negociadores, en un momento crucial Crédito: Presidencia
Laura Serra
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13 de mayo de 2018  

La solidez de la alianza política Cambiemos estará sometida a su más dura prueba en las semanas que siguen. La duda no está puesta tanto en la lealtad de los socios a la gestión de Mauricio Macri ; de hecho, la semana pasada, la UCR y la Coalición Cívica dieron acabadas muestras de unidad en el rechazo al proyecto opositor sobre tarifas y al apoyar la decisión del Gobierno de acudir al Fondo Monetario Internacional (FMI) para capear el temporal financiero que azota la economía.

Al revés: el gran interrogante está puesto en el Gobierno y en qué actitud adoptará ante el devenir de esta crisis. El acuerdo con el FMI impondrá condicionamientos en el plano fiscal cuyos costos políticos y sociales difícilmente pueda afrontar solo. De esto está convencida el "ala política" de Cambiemos: si la coalición no fortalece sus lazos internos, si el Gobierno no abre la toma de decisiones hacia sus socios haciéndolos partícipes de las medidas y de las políticas por venir, difícilmente se sorteen las dificultades con éxito.

Para expresarlo en términos sencillos: ¿podrá el Gobierno avanzar en la reforma laboral, en una posible reforma previsional o, tal vez, en un mayor ajuste del gasto público -todos posibles condicionamientos del FMI- si persisten (y eventualmente se agudizan) las rencillas dentro de Cambiemos?

"No se puede asegurar la gobernabilidad si previamente no se asegura la gobernabilidad con los socios", responde, tajante, un importante dirigente de Cambiemos.

Los dardos del "ala política" (léase los legisladores y gobernadores del radicalismo, la Coalición Cívica y una nutrida legión de senadores y diputados de Pro, Emilio Monzó incluido) apuntan hacia el jefe de Gabinete, Marcos Peña, y el círculo áulico de funcionarios que lo rodea; ellos son dueños, a su juicio, de un estilo tecnocrático de gestión, propio de empresarios.

"Marcos nunca quiso que Cambiemos fuera una coalición de gobierno y siempre la relegó al Parlamento. Si bien en el último tiempo ha tenido la ?cortesía' de consultar a los socios sobre las medidas del Gobierno antes de que salieran en los diarios, en realidad nunca abrió el juego. Es muy sectario", afirmó un dirigente radical.

Esta crisis financiera bien podría implicar un punto de inflexión, una oportunidad. ¿Llegó la hora de que Cambiemos madure hacia una coalición de gobierno?

"El secreto de gobernar es el maridaje entre la gestión y la política -alecciona un exlegislador que conoce como pocos el paño parlamentario-. Un gobierno de solo gestión es pura teoría; un gobierno de solo política es pura retórica. Hay que saber combinar los elementos, y Cambiemos los tiene: Pro ofrece gestión; el radicalismo, una visión política y federal de la realidad, y la Coalición Cívica aporta la institucionalidad. El problema es que los elementos están hoy desbalanceados".

¿Estará dispuesto el Gobierno a revisar su esquema de gestión? "Ver para creer. Lo cierto es que esta crisis financiera ?puso en crisis' un modelo de gestión", asestó otro encumbrado legislador de Cambiemos.

Ese modelo de gestión es el que provocó la serie de errores que desembocó en la actual tormenta financiera, sostiene. En voz baja, algunos critican el esquema fragmentado de manejo de la economía, dividido en al menos cinco ministros. También, la injerencia que tuvo la Jefatura de Gabinete sobre el Banco Central y la fijación de las tasas de interés. La cerrazón inicial del Gobierno en explorar una alternativa para atemperar la suba de las tarifas de servicios públicos. Esta intransigencia provocó que Elisa Carrió primero y Alfredo Cornejo, jefe de la UCR, después lo plantearan sin tapujos. En el Gobierno acusaron el golpe de las críticas internas, aseveran en las trincheras macristas. "Lo fundamental es fortalecer el diálogo interno; esa es la única forma de limar las diferencias. Mi duda es si el Gobierno realmente lo entiende", confesó un miembro importante de ese bloque.

¿Lo entiende? El Gobierno prácticamente le abrió la puerta de salida a Emilio Monzó, presidente de la Cámara de Diputados. Monzó es uno de los pivotes del diálogo, tanto dentro de Cambiemos como con la oposición. Cansado de sentirse ninguneado por Peña, el legislador le anticipó al Presidente que no renovará su banca en 2019. Garantizó, no obstante, que permanecerá en el cuerpo hasta finalizar su mandato y que si sus pares lo votan aceptará ser reelegido en diciembre próximo por un último período.

Igualmente su salida golpea, y duro, al ala política de Cambiemos. Y dejó perpleja a la oposición, que veía en Monzó un interlocutor válido en sus negociaciones con el oficialismo. Además, también quedó debilitado el jefe del bloque Pro, Nicolás Massot, quien juega en tándem con Monzó. Y esta semana trascendió el malestar del radicalismo con la actitud de Carrió, quien se retiró del recinto en la votación de las tarifas por no estar de acuerdo con la estrategia de dar quorum.

El peronismo olfatea las debilidades de la alianza gobernante. Durante el debate sobre las tarifas enumeró las diferencias internas en Cambiemos y les achacó las críticas de Carrió y de Cornejo al ministro de Energía, Juan José Aranguren.

"El peronismo se empezó a despertar. Todavía no está listo, no tiene candidato ni resolvió sus problemas internos, pero los va a resolver muy rápido si sabe que puede ser opción de poder en 2019", avisó un dirigente radical. "Para eso hay un solo antídoto: unidad interna, fortalecer Cambiemos", insistió.

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