Condenados al éxito

Graciela Guadalupe
Graciela Guadalupe LA NACION
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13 de mayo de 2018  

"Sé que se van a reír, pero sigo pensando que estamos condenados al éxito"

(De Eduardo Duhalde, al reflotarla frase que usó cuando asumió como presidente, en 2002)

La Argentina tiene ganados dos mundiales de fútbol, parió una reina, gestó cinco premios Nobel y alumbró un papa. Y paramos de contabilizar hazañas porque, se sabe, la soberbia no es gloria, sino hinchazón. Además, como decía Borges, "el éxito y el fracaso son dos impostores".

Siguiendo el razonamiento borgiano, la frase de Eduardo Duhalde, pronunciada en medio del terremoto político de la semana pasada, dice mucho: "Sigo pensando que estamos condenados al éxito". O sea, somos carne de impostura.

El hilo argumental de nuestra historia reciente tiene mucho de éxitos fracasados y de fracasos exitosos. Quién no recuerda aquella revolución productiva de un presidente que leía "mucho a Sócrates" y nos prometía viajar a Japón en una hora y media. Que iba a erradicar el hambre de los niños pobres y la tristeza de los chicos ricos, mientras el partido de la economía se rifaba en un empate: 1 a 1 (un peso un dólar).

Después del "éxito" del derrotero que llevó a Duhalde a la presidencia, vinieron ellos con su "mesa de los argentinos", el "comercio administrado", el "Puree" sin papas, "Ahora 12", los buitres, el cepo, el contado con liqui, los swaps y la gloriosa matriz productiva diversificada con inclusión social. Armaron el relato, la sintonía fina, el desendeudamiento externo con bruta deuda interna. Chocaron contra los piquetes de la abundancia y fueron arrollados por el mundo que se nos cayó encima.

Pasamos del "no fue magia" al "sí se puede". Del podemos al gradualismo y del saneamiento en cuotas a comprar cantidades industriales de helio para inflar los globos, habiendo pasado por el sinceramiento de precios, la libertad económica, el shock de confianza, los brotes verdes, la revolución de la alegría, el desgrasamiento militante, el reordenamiento del gasto en niveles imperturbables y el incipiente Operativo Perdurar, porque "lo peor ya pasó".

Y, de repente, el financiamiento preventivo, el stand-by, el cuco de las tres letras, el rejunte opositor y la inversión de la carga de la prueba.

Volviendo a Borges y sus sarcasmos. Cuenta la leyenda que una vez un escritor joven debatió con él sobre varios temas. "Y bueno, en política no vamos a estar de acuerdo, maestro, porque yo soy peronista", le dijo. A lo que Borges contestó: "¡Cómo que no! Yo también soy ciego".

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