Vivir una pesadilla: "Fueron 12 horas de maltrato"

Marina García y sus hijas Agustina (11) y Julieta (8), en su casa de Lomas del Mirador
Marina García y sus hijas Agustina (11) y Julieta (8), en su casa de Lomas del Mirador Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri
Evangelina Bucari
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14 de mayo de 2018  

Pasaron 11 años desde el primer parto de Marina García (38). Y no lo va a olvidar nunca: no solo porque ese día nació su hija mayor, Agustina, y fue uno de los momentos más felices de su vida, sino también porque jamás la habían tratado con tanta brutalidad.

Empezó con contracciones la madrugada del 7 de marzo de 2007. Alrededor de las 5, acompañada por Diego, su marido, salió de su casa, en Lomas del Mirador, en el Gran Buenos Aires, para la clínica que le correspondía por su obra social, en el barrio porteño de Once.

Cuando llegaron, empezó la pesadilla. Ingresaron por la guardia y la dejaron en una camilla en un costado, mientras le decían que no tenían lugar y que a ella todavía le faltaban unas horas. Sin mucha atención ni demasiadas explicaciones, la tuvieron sin asistencia de una partera hasta las 17. Fue entonces cuando llamaron a su esposo y le indicaron que sería trasladada en ambulancia a un sanatorio de Laferrère.

"Cuando llegamos, me recibieron de muy mala gana, me di cuenta al instante, pero ya no daba más, sabía que mi beba estaba por nacer y tenía unos dolores espantosos", recuerda Marina. La subieron a un ascensor y lo primero que le negaron fue la compañía de su marido. Él fue a reclamar a la administración y ella siguió sola con la partera: "Me gritaba y me decía que él se quejara todo lo que quisiera, pero que al parto no iba a entrar".

Cuando llegaron a la sala de parto, esta misma mujer le practicó una ruptura artificial de bolsa: "Lo hizo de forma muy abrupta; fue espantoso", describe Marina.

Tuvo que atravesar todo el trabajo de preparto y el nacimiento de su hija en un ambiente muy hostil. Le hacían comentarios irónicos y charlaban fuerte de cualquier cosa. Hasta que vio que la puerta se abría y era Diego: se había peleado con todo el mundo, pero lo habían dejado pasar. "Ahora que lo pienso, creo que no querían testigos del maltrato", reflexiona Marina.

Ella les había pedido la aplicación de la epidural, pero le dijeron que no había completado el pedido antes, así que no era posible. "Yo solo quería que terminara y tener a mi bebé en brazos, en eso pensaba todo el tiempo y de ahí sacaba fuerzas", sostiene. "Pero por suerte el final fue feliz: mi beba nació supersaludable a las 18, al rato de haber llegado. La felicidad llegó cuando la tuve en mis brazos".

Su segundo parto sería completamente diferente, contenido, amable, en una institución que respetó los pedidos de ella y que dejó que su pareja la acompañara en todo momento. Marina agradece haber podido vivir una experiencia distinta para "no pensar que parir es un castigo".

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