Despejar los fantasmas, la batalla cultural más urgente

Guillermo Oliveto
Guillermo Oliveto PARA LA NACION
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14 de mayo de 2018  

Al caer el Muro de Berlín y concluir la Guerra Fría, el US Army War College acuñó un novedoso término que redefinía las condiciones del pensamiento estratégico. Desde el punto de vista militar y geopolítico, entrábamos en el "mundo VUCA". Volatilidad, incertidumbre (uncertainty, en inglés), complejidad y ambigüedad. Si el mundo es VUCA, la Argentina es VUCA al cuadrado. Por historia e idiosincrasia, aquí la volatilidad es condición; la incertidumbre, una constante; la complejidad, una obviedad, y la ambigüedad, algo natural.

No se trata de un gobierno, ni de un momento, sino de una característica esencial de nuestro carácter colectivo que excede la coyuntura. El marco mental dominante es la "ciclocrisis". Una secuencia donde indefectiblemente se comienza con una crisis, sigue la recuperación, luego viene el crecimiento, en algún momento comienza la desaceleración, posteriormente caemos en recesión y finalmente entramos, como ya sabíamos, nuevamente en crisis.

Acontecimientos como los que se dieron durante los últimos 15 días no suceden en el vacío, sino que operan sobre esta trama de registros tan invisibles como poderosos. Las múltiples vicisitudes por las que atravesó la sociedad argentina están inscriptas en el código genético de sus ciudadanos. Como buenos sobrevivientes, los argentinos siempre vivimos en un estado de alerta latente. La nuestra es una sociedad donde los fantasmas se convocan con inusitada urgencia.

La dinámica exponencial de los acontecimientos de las últimas dos semanas y la velocidad con que iteraron las noticias sobre los acontecimientos resultan una prueba más que contundente.

En el que fuera su último libro, Manuel Mora y Araujo, uno de los referentes de la sociología argentina, afirmaba con lucidez: "La sociedad argentina muestra una pauta de comportamiento pendular, cuyas raíces no son obvias. Para referirme a eso encuentro útil la metáfora de la sintomatología bipolar: una dificultad esencial para encontrar estados de equilibrio y permanecer en ellos mucho tiempo".

Durante estas últimas dos semanas la macroeconomía y las finanzas dominaron casi por completo la agenda pública. Está claro. La economía es una ciencia. Y como en toda ciencia, hay reglas. Los números mandan. Lo que no podemos olvidar es que es una ciencia social. Por lo tanto, esas reglas no tienen la rigidez inquebrantable propia de las ciencias naturales, sino que se ven afectadas por la subjetividad.

Dos recientes premios Nobel de la disciplina, como Daniel Kahneman (2002) y Richard Thaler (2017) lo han analizado con precisión. Gran parte de las conductas económicas de los individuos son mucho menos racionales de lo que solía pensarse. Los sesgos, los prejuicios, las emociones, los hábitos, las conductas colectivas, el entorno y las creencias tienen mucha injerencia en el comportamiento económico. En síntesis: la economía está condicionada por la cultura.

Recuperar la confianza de los operadores del mercado financiero, que siempre se mueven entre la ambición y el miedo, es fundamental para el futuro del país. Sin embargo, no es el único desafío. En simultáneo, habrá que ocuparse de las personas. Ellas hacen el otro mercado, el del supermercado, el shopping, la carnicería, la concesionaria de autos, la inmobiliaria. Ese donde todos los días se decide la suerte de la economía real. Naturalmente ambos están conectados y tiene poco sentido debatir cuál de los dos es el más relevante. La clave está en la articulación que diariamente se da entre ellos. Es en esa interacción y retroalimentación mutua donde se jugará ahora el juego.

En la última medición nacional que realizamos en Consultora W, donde se registraba la caída en la aprobación del Gobierno -retorno a los valores de julio de 2017-, se mantenía sólido, a pesar de ello, el que probablemente sea el mayor activo intangible que teníamos los argentinos. Una dosis de buena voluntad vinculada con la probabilidad de éxito. Lo que los americanos llaman " good willing". El 68% de los ciudadanos, aun teniendo una opinión menos favorable que en el pasado sobre varios aspectos de la gestión oficial, afirmaba desear que las cosas salgan bien. El 72% continuaba creyendo que el país tiene una buena oportunidad de aquí a 2030, y el 55% pensaba que, si se hacían las cosas bien, podíamos crecer de manera sustentable durante los próximos 20 años. Es decir que, hasta hace un mes, la mayoría de la sociedad creía y quería creer en la posibilidad de quitarnos de encima, de una buena vez, el maleficio de la ciclocrisis.

El problema es que se esconde agazapado en la cultura argentina un espíritu fatalista que incluso, de manera tal vez inconsciente, nos conduce con cierta frecuencia a un perverso regodeo con el fracaso. "Te lo dije, ¿viste? No va a andar".

Sin medir demasiado las consecuencias, a veces para algunos parece mejor tener razón que ser testigos de un devenir de los hechos que contradiga su presunción negativa. Incluso cuando esos hechos terminen actuando en su contra. Algo extraño anida en esa especie de autoflagelo colectivo con el que nos recordamos cada tanto que "no tenemos ni remedio ni arreglo", y que no somos tan buenos como a veces nos creemos o nos presentamos ante los demás. Las oscuras raíces de la bipolaridad de las que hablaba Mora y que nos tienen trabados hace años. Una personalidad ciclotímica y un escepticismo crónico que no es fruto de la casualidad, sino de la experiencia.

Desterrar el fatalismo

Peter Drucker, uno de los padres intelectuales de la estrategia empresarial, sentenció que "la cultura se come a la estrategia en el desayuno". Mientras se procura calmar al mundo financiero y que bajen las aguas de la corrida cambiaria, la batalla cultural que deberá librarse en simultáneo será la de desarticular la espasmódica irrupción del fatalismo que se dio en estos últimos días, a fin de preservar "las ganas de que esta vez salga bien". Ese es un activo estratégico del país, no del Gobierno.

Lo que suceda con la economía real será clave para ello. Hasta ahora el PBI creció 2,9% el año pasado y 5% en el primer trimestre de 2018. Aun con la terrible sequía -que nos llevó de una cosecha potencial de 140/150 millones de toneladas a una de 100/105 millones- y de los recientes acontecimientos financieros, hoy se prevé que la Argentina crezca alrededor de 1,5% a 2% este año y cerca del 3% el año próximo.

De acuerdo con los análisis de Orlando Ferreres, la inversión se expande hace 16 meses y en marzo representó 22,6% del PBI. Creció 9,5% en el primer trimestre, impulsada sobre todo por maquinarias y equipos, que se expandió 12,2%.

El Indec muestra que el desempleo se redujo del 9,3% en el segundo trimestre de 2016 al 7,2% en el cuarto trimestre de 2017 y que en el primer trimestre de 2018 la producción industrial creció 2,9%; la de acero, 24,9%; la automotriz, 26,7%, y la construcción, 14,3%. En estos primeros tres meses del año, de 14 sectores del consumo que monitoreamos, 12 crecieron (once a doble dígito) y dos tuvieron una contracción moderada. Lo mismo sucedió en 2017.

Conclusión: hasta ahora la economía real, aun con divergencia entre sectores, tenía una dinámica que vale la pena cuidar. Naturalmente, habrá que ver de qué manera la evolución de los sucesos financieros impacta en la inversión, la producción, los precios, las ventas y el empleo.

Durante las próximas semanas, los inversores mirarán planillas y pantallas. La gente mirará la calle y el bolsillo.

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