Uruguay

La saga de los Batlle

En 130 años, cuatro presidentes uruguayos -incluido el actual- llevaron ese mítico apellido. Una mujer, Matilde Ibáñez, tiene también su propio récord: el de haber sido esposa de un primer mandatario y madre de otro
(0)
23 de abril de 2000  

Es muy factible que algún curioso investigador del siglo XXIII empeñado en estudiar el pasado de América latina tropiece con un dato asombroso: en un pequeño país llamado Uruguay, durante de más de 130 años se repite con obstinación un apellido ejerciendo el poder.

Ese apellido ocupa en diferentes períodos la primera magistratura. No se trata de algún Highlander ni tampoco de un reino mítico que fue legando el trono secularmente. "En Uruguay no existió la monarquía", aventura nuestro estudioso del futuro.

Ni siquiera, piensa, se trata de una casualidad semántica: los portadores de tan prestigioso apellido están todos emparentados entre sí por línea directa. Y aquí viene, en consecuencia, el motivo del asombro: durante más de 130 años, una familia fue legando el poder de padres a hijos por medios democráticos. Este mérito no es menor, sino único en la historia. Ni los Kennedy en Estados Unidos ni los Gandhi en la India lograron algo similar.

Los anglosajones se empeñan en pronunciar el apellido como Beitle en tanto otros europeos afrancesan su origen catalán como Batlé (que en realidad se acerca más a su fonética correcta). La modulación criolla es, simplemente, Baye.

El 1º de marzo del año 2000 figurará para siempre en los anales de la historia oriental como el día en que Jorge Batlle Ibáñez, cuarto hombre en la dinastía presidencial, asumió su investidura como primer mandatario uruguayo del siglo XXI.

Hay una particularidad en la forma en que los Batlle arriban al poder. Los dos primeros, Lorenzo Batlle (1868-1872) y José Batlle y Ordóñez (1903-1907 y 1911-1915) fueron elegidos bajo la Constitución de 1830, que si bien fue la primera en regular la vida civil del país, no se caracterizó por establecer un régimen democrático al estilo de lo que se va a conocer en el siglo XX, como por ejemplo, la elección a presidente por votación directa.

En consecuencia, los dos primeros Batlle son elegidos por la Asamblea Nacional, de modo indirecto. Así, Batlle y Ordóñez -cuya figura llegaría a tener enorme trascendencia- no fue elegido por el calor popular de la gente, sino por una elección que resultó de cabildeos entre legisladores que debieron permanecer días reunidos antes de resolverse. José Batlle y Ordóñez, esa figura que después se transformará en un personaje mítico, de enorme popularidad, fue elegido ante la indiferencia del pueblo.

Más tarde, Luis Batlle Berres habrá de acceder a la presidencia por la muerte de Tomás Berreta, que había sido el presidente electo. Fue una decisión difícil: si bien había figurado como candidato a la vicepresidencia, algunos sectores lo postulaban como candidato a la Intendencia de Montevideo, de mayor prestigio y capacidad de acción. El destino quiso que Luis Batlle accediera a la presidencia desde aquel lugar sombrío, dejando también una huella en el devenir del país.

El último Batlle, Jorge, si bien elegido según normas constitucionales diferentes, de modo directo, lo hace bajo una nueva reforma constitucional que inaugura el doble voto (ballottage), lo que le permite llegar al poder luego de haber sido derrotado en la primera vuelta de las elecciones nacionales del 31 de octubre de 1999 por el candidato del Encuentro Progresista, Tabaré Vázquez. En la segunda vuelta, finalmente, después de cinco derrotas electorales, Jorge Batlle alcanzaría el anhelado designio de sus mayores.

De un modo u otro, la historia para los Batlle ya parecía haber sido escrita.

Todo comenzó en el hermoso pueblo catalán de Sitges. Allí, en 1773, llegó a la vida José Batlle y Carreó. También será allí donde habrá de conocer a Gertrudis Grau, con quien contrae matrimonio y juntos, en 1800, se embarcan hacia el Río de la Plata. Batlle y Carreó alcanzó en poco tiempo una interesante fortuna gracias a la actividad molinera, pero su convicción hacia la Corona le trae la debacle económica durante los días de la revolución artiguista de 1811. Un año antes había nacido su hijo Lorenzo y, dada la nueva situación, Batlle y Carreó no duda en regresar a España.

Lorenzo Batlle Grau se educa en Madrid y a los 20 años retorna a Montevideo. Es un hombre refinado, de una cultura amplia, que rápidamente se vincula con los sectores cultos liberales y comienza una carrera política. En medio de una caldeada atmósfera política en la que el odio a los blancos del Partido Nacional constituyó el factor aglutinante del Partido Colorado, Lorenzo Batlle es elegido presidente por la Asamblea. El momento no puede ser peor. En 1868 se viven en toda la región los coletazos de una crisis financiera llegada desde Inglaterra. En consecuencia, hay problemas con la convertibilidad de la moneda, hay problemas con los bancos, pero también hay serias dificultades con los blancos, que están reclamando mayor participación y se manifiestan por medio de sucesivos alzamientos de los caudillos.

Al procurar calmar la tensión, Batlle proclama su "política de partidos": "Mi primer acto fue comprometerme a gobernar con mi partido, mas formé el propósito de gobernar con equidad y justicia para todos". Los blancos no se muestran muy convencidos de esta última afirmación y la política de partido da lugar el 5 de marzo de 1870 a la Revolución de las Lanzas, conducida por el caudillo Timoteo Aparicio. La paz sólo habrá de firmarse dos años más tarde.

Lorenzo Batlle se caracterizó como un hombre moderado, pero firme. A pesar de todas estas dificultades, consigue culminar su mandato en 1872. Eso fue un hecho completamente atípico para la época: basta con recordar que a su período le siguieron tres años de inestabilidad política antes de ingresar en lo que fue la primera pesadilla militarista. Lorenzo salió de su gobierno pulcro y pobre. Fundido su molino harinero, administró con austeridad los restos de la fortuna de su padre y profundizó la educación de sus hijos. Un nuevo Batlle estaba listo para salir.

Si bien Lorenzo Batlle fue el pionero de la saga familiar en el poder, en realidad quien inaugura la secuencia en términos será José Batlle y Ordóñez. El pronto abandonará el mote de el hijo del presidente con el que se lo identificaba en sus primeros días para convertirse simplemente en Batlle, como si nunca hubiese existido otro.

Cuando nació, en 1856, su padre contaba 46 años y ya era una figura pública destacable. Estaba lejos de adivinar las alturas que habría de alcanzar su hijo. Su madre, Amalia Ordóñez, hija de un jefe militar, muere joven y José tendrá por ella siempre un recuerdo especial. Absorbe las primeras enseñanzas en su casa y luego pasa a un colegio inglés. Su instrucción religiosa fue apenas elemental y a los 8 años se negó a comulgar y confesarse.

José tenía 12 años cuando su padre alcanza la presidencia, 14 cuando Lorenzo enfrenta la Revolución de las Lanzas y 16 cuando deja el poder. Un año después ingresa en la Universidad para seguir estudios de Derecho, que a punto de culminar abandona para marcharse a Europa. Vive en París por casi un año y al volver ya nada resultará igual, ni para él ni para el país.

José Batlle y Ordóñez logra que las divisas blanca y colorada lleguen a ser partidos con verdadera proyección nacional. Sin embargo, hasta la reforma constitucional de 1917, la elección del presidente quedaba reducida a las cuatro paredes de las cámaras. Batlle y Ordóñez sí será muy popular en su segunda presidencia, en 1915, gracias a la gestión de su primer gobierno.

Se supone que el Partido Colorado y el Partido Nacional (Blanco) existen desde la batalla de Carpintería, en 1836. Las dos agrupaciones son de las más antiguas del mundo. En ese entonces, claro, estaban lejos de ser los partidos políticos modernos que conocemos hoy. Ocupaban el lugar de divisas o protopartidos, conjuntos de gente agrupados detrás de líderes. Pero durante el siglo XX tanto blancos como colorados irán gestando una historia en común al calor de la lucha civil.

Son tantos y de tan diversa índole los cambios que propugna Batlle y Ordóñez, tan inesperados y audaces, que muchos observadores no saben cómo asimilarlos. "Obrerista, socialista y comunista al entender de las clases conservadoras nativas y al capital británico; admirador de las grandes revoluciones, la francesa de 1789 y la rusa de 1917; furibundo anticlerical por considerar que la religión católica servía para nublar la conciencia del pueblo; irrespetuoso de las convenciones sociales hasta el punto de convivir junto a su compañera antes de concurrir al Registro Civil en 1894; defensor del matrimonio libre, el divorcio y la liberación de la mujer; sí, todo ello fue Batlle." Así lo caracteriza el prestigioso historiador José Pedro Barrán. Y lo curioso es que su lista es aún corta. Dada una temprana inclinación por las letras, José Batlle asumió el periodismo como herramienta fundamental de la lucha política. Ya en 1879 participa con tres amigos en la fundación de El Espíritu Nuevo, pero la verdadera revolución habría de llegar el 9 de diciembre de 1889, cuando con su dirección reaparece El Día.

José Batlle aprovechó esa tribuna para impulsar no sólo aportes a la comunidad, sino editoriales de reflexión. Algunos de estos artículos resultaron memorables, como el que pugnaba por la abolición de la pena de muerte. Incluso aparecieron publicadas algunas cartas firmadas con el escueto y femenino seudónimo de Laura, de notable inteligencia y claridad, que abogaban por la ley del divorcio o el derecho al voto femenino. El estilo, según Barrán, hace pensar que detrás de Laura no se escondía otro más que don Pepe, alias José Batlle y Ordóñez. Ya en su primera presidencia -y de modo más manifiesto en la segunda- Batlle y Ordóñez junto a su equipo de gobierno plantean los lineamientos de ese país nuevo que se quería crear. Y la matriz a partir de la cual se moldea ese proyecto de país es liberal. Aun cuando en su momento se lo cataloga de socialista de Estado y el grupo batllista admite la categoría, lo concreto es que son defensores de la propiedad privada, de la ideología liberal y se distancian de la lucha de clases tal como se entiende en términos marxistas.

Entre las leyes revolucionarias que habrá de impulsar don Pepe se encuentra la ley del divorcio (Uruguay será uno de los pioneros en el mundo en proclamarla), aunque aquí se funden el derecho civil con los intereses personales del personaje. Cuando Batlle llega a los 30 años se enamora profundamente de Matilde Pacheco, hija de Manuel Pacheco y Obes (apellido conocido de la política oriental). Pero existía un problema para que ese amor llegara a buen puerto: Matilde ya estaba casada. Batlle fue educado en el arte de las armas, en particular esgrima y tiro. Su carácter vehemente y pasional lo llevará a batirse varias veces en el campo del honor. En las primeras décadas del siglo, estos duelos tienen carácter simbólico -por lo general, se estipulaban a primera sangre o un simple disparo al aire-. No era la vida ajena lo que se procuraba, sino el salvamento de una afrenta. No obstante, Batlle y Ordóñez llevaba las cosas hasta sus últimas consecuencias y esto se tradujo en algunos resultados trágicos. Se abstuvo de asumir los planteos caballerescos hasta culminar su cargo, pues entendía que su responsabilidad como presidente lo inhibía. Pero apenas terminó su segundo mandato, no le puso reparos al campo de las armas.

El duelo más conocido que se recuerda es con el periodista y político nacionalista Washington Beltrán, el 2 de abril de 1920. Apenas tres meses antes, Batlle se había batido con otro prestigioso periodista de El País, Leonel Aguirre. A causa de un fuerte intercambio de sueltos y opiniones aparecidos en los dos diarios de mayor circulación, se establece el reto. Batlle no dispara al aire, sino que su segunda bala asesina a Beltrán. El episodio será dramático no sólo por sus trágicas consecuencias, sino también por el entorno que lo acompaña: el hecho sucedió un Viernes Santo lluvioso y gris. El acontecimiento conmovió a la opinión pública. Si bien Batlle fue de inmediato detenido, con la misma celeridad quedó en libertad amparado por las leyes que regulaban el duelo. Sin embargo, la pérdida de su adversario dejó a Batlle sumido en una profunda pesadumbre.

Pero así como no creía en las diferencias sobre la tierra, mucho menos lo hacía con el cielo. Durante su estada en Francia, pudo evaluar los resultados de la política anticlerical de la Tercera República que culminaron en 1905 con la separación entre la Iglesia y el Estado. Previamente, se había realizado un gran esfuerzo para separar el clero de la enseñanza, prohibiendo el mantenimiento de escuelas a muchas organizaciones religiosas y multiplicando las escuelas del Estado para ofrecer una educación laica, gratuita y obligatoria. El laicismo de Batlle tampoco conoció fronteras: eliminó las denominaciones de las fiestas religiosas (de allí que Semana Santa se identifica como Semana de Turismo) e incluso ordenó sacar las cruces de los hospitales. Obviamente, para la Iglesia se convirtió en la representación de Satán en la tierra.

Algunas caricaturas de los dibujantes políticos de comienzos de siglo muestran a don Pepe de levita, galera y bastón empuñando una bandera anarquista con una calavera y un pie al borde del abismo. Una leyenda al pie sintetiza la imagen: El delirio progresista. En 1929, aquel delirio revolucionario se habrá de apagar para siempre. Evitó así escuchar los ecos del crac financiero de Nueva York y la posible sombra de una crisis.

Después de la muerte de José Batlle y Ordóñez, el batllismo comenzará a dividirse y surgen diversas tendencias. Sus hijos no sólo habrán de heredar la pasión periodística, sino también la política, fundando una corriente dentro del Partido Colorado conocida como la Lista 14. No obstante, no siguen profundizando ni desarrollando su línea ideológica, sino que adoptan posturas más conservadoras.

Quien sí va a retomar la línea de pensamiento de don Pepe será su sobrino Luis Batlle Berres, que se va a enfrentar con sus primos al fundar la Lista 15, mucho más progresista que la anterior. Luis fue como un hijo más para don Pepe, y sabrá interpretarlo mejor que sus primos, en política y en periodismo.

Luis Batlle Berres habrá de inaugurar lo que se conoce con el nombre de segundo batllismo o neobatllismo. El eje fundamental está puesto en el rol del Estado, un Estado que intervenga, que dirija, que proteja y que asista. Es el país de las vacas gordas; el país libre de crisis económica; de una estabilidad que hacía que el peso valiese más que el dólar; el país que a diferencia de sus vecinos, ostenta una sólida cultura democrática, el país educado, culto, que tenía la tasa de alfabetismo más alta de América latina. Son los días en que el negro Obdulio Varela le robaba el sueño a cien mil almas en el Maracaná (y que al mismo tiempo se niega a festejar la victoria por haberle arruinado la fiesta a un pueblo), en el que "la garra charrúa" lo puede todo, los días del Uruguay Campeón del Mundo, o desde otra perspectiva, La Suiza de América (o como expresó Luis en un viaje por el Viejo Continente: "Los suizos son los uruguayos de Europa". En síntesis: como el Uruguay no hay, de acuerdo con un popular refrán de entonces.

A pesar de que esta imagen se está gestando desde las primeras décadas, Luis Batlle Berres contribuirá a consolidarla. Asumió como primer mandatario en 1947, como producto del fallecimiento del presidente electo Tomás Berreta, y cumplió su período hasta 1950.

En el plano personal, había encontrado una compañera extraordinaria en Matilde Ibáñez (que a los 93 años es una testigo lúcida y excepcional de la historia familiar y del país), con quien tuvo tres hijos: Jorge, Luis y Matilde (Pona). También cosechó amistades imborrables, como la de Manuel Flores Mora, Teófilo Collazo y Zelmar Michelini (asesinado en Buenos Aires por la dictadura), con quienes formó la llamada generación de los jóvenes turcos y lo apoyaron con mucha fuerza. O el propio Juan Carlos Onetti, que en 1960 le dedica El astillero. Pero una personalidad como la suya también va a cosechar duras críticas y adversarios, incluso dentro de su propio partido. El Día, dirigido por uno de sus primos, Batlle Pacheco, lo acusó de autoritario, y el joven Wilson Ferreira Aldunate lo comparó con Napoleón Bonaparte. El 15 de julio de 1964 su vida se apagó.

"Mi tía Elvirita me ha contado que cuando nací mi padre le preguntó muy asustado al médico: Dígame la verdad: ¿es normal? Bueno, yo salgo por TV como soy, no muy agraciado. Lo que natura non da ni Pitanguy lo arregla. Lo que pasa es que no sé disimular ni me preocupa disimular. Si estoy enojado salgo enojado y si estoy triste salgo triste. Se me nota todo. Si lo que me dicen está bien o está mal se me nota. La familia Batlle es emotiva y llorona, y eso también se me nota."

Así respondía el actual presidente uruguayo, Jorge Batlle, a una entrevista realizada en junio de 1987 al ser consultado sobre el gesto adusto con que solía aparecer en público. Inteligente, agudo, pero por sobre todo imprevisible en sus dichos y reacciones, Jorge Batlle se ha separado casi por completo ya no sólo de la imagen de sus antecesores familiares, sino que se podría decir de casi toda la clase política uruguaya.

Capaz de afirmar con toda seriedad las mayores boutades (como que la economía uruguaya puede encontrar una salida en la exportación de huevos de avestruz o la conveniencia de una fusión con la Argentina), su imagen resultó desconcertante tanto para sus colegas (incluso colorados) como para la prensa y también el pueblo. Su adversario por el Partido Nacional en las elecciones de octubre, Luis Alberto Lacalle, solía mostrar un video de Batlle lanzando una exuberante risotada con el lema: "Conmigo se van a divertir".

A Jorge Batlle, que desde pequeño supo que iba a ser político (así como su hermano Luis supo que sería pianista), la presidencia le llegó cuando quizá ya no la esperaba y soñaba con "volver a leer el Quijote". El camino fue muy duro, e incluyó nada menos que cinco severas derrotas electorales: en 1966, 1971, 1989, 1994 y en la primera vuelta de 1999.

El extenso recorrido político de Jorge Batlle desembocó con asombrosa fidelidad en las playas del más puro liberalismo económico. El cuarto Batlle se prepara para extender el mito del apellido eterno. El mismo que siempre suena igual, aunque tenga contenidos diferentes... ¿Será divertido? Tal vez sólo algún inquieto amigo del futuro posea la respuesta.

Uno sí, el otro no

Las elecciones argentinas fueron el 24 de octubre, apenas una semana antes que las uruguayas, y se temía que su resultado incidiera sobre la voluntad de los muchos indecisos orientales. Conocido el triunfo de la Alianza, los principales contendientes orientales quisieron mostrarse cerca de los ganadores argentinos. Incluso Tabaré Vázquez viajó de inmediato a Buenos Aires para saludar a De la Rúa. El tema para Jorge Batlle fue más complejo, porque en la victoria estaba incluido el Frepaso, cuya simetría con el Frente Amplio resulta evidente. Entonces, optó por dividir el resultado: celebró el triunfo radical (que caracterizó como un aliado histórico del Colorado) y la derrota del Frepaso, al perder la gobernación Graciela Fernández Meijide. El vaso puede estar medio lleno o medio vacío, según se mire.

El récord de Matilde

Posiblemente no exista otra mujer igual a ella. Matilde Ibáñez de Batlle debe ser el único caso en la historia de alguien que llegó a esposa y madre de presidentes. Nació en Buenos Aires en 1907 y el 20 de enero de 1927 se casó con Luis Batlle Berres. "Me lo presentó un amigo un día que caminábamos por la rambla. Las cosas en mi época eran muy diferentes, muy serias. Era la prehistoria. Hoy todo aquello me parece ridículo."

A pesar de los duros embates que tuvo que soportar Luis en su vida pública, Matilde siempre se mostró a su lado como una mujer firme y de una inteligencia extraordinaria. Dueña de un natural don de ubicuidad, nunca pierde detalle de lo que ocurre a su alrededor. "Yo siempre entendí que los hijos de tío Pepe (José Batlle y Ordóñez) no quisieran a mi marido. Los celos son una manifestación muy normal en la vida de los seres humanos. Los tres primos de Batlle (Matilde siempre llama por su apellido a quien fue su marido; al resto de los Batlle los menciona por su nombre), tres hombres muy inteligentes, no vieron nunca con buenos ojos la forma en que su padre miraba a mi marido. Y el cariño era mutuo. Tanto es así que Batlle se batió con Areco para que no lo hiciera tío Pepe." Descendiente de una familia de músicos, los Talice, Matilde siempre deseó que alguno de sus hijos abrazara la profesión. Y aunque se le dio con Luis (es un eximio pianista), la cuestión no fue sencilla. "A Batlle tener un hijo músico le parecía absurdo. Es un disparate, me decía. Pero por suerte cada hijo hizo lo que quería. Luis es feliz con el piano y el loco de Jorge desde los 5 años no hizo otra cosa que oír hablar de política. ¿Qué otra cosa iba a hacer? No sabría hacer más nada."

El 3 de marzo, dos días después de la toma de mando de Jorge (que vio por televisión), Matilde estuvo acompañada por el cariño de sus tres hijos, once nietos y tres bisnietos para celebrar su cumpleaños 93. Sigue siendo la misma mujer inquieta y lúcida de siempre. "Por supuesto, estoy muy feliz porque Jorge alcanzó aquello que siempre anheló. Muy feliz y muy preocupada..."

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios