Claudia Lapacó

Acá andamos, renaciendo

Lo tuvo todo: fama, belleza, dinero. De pronto, le pasó lo peor para un artista: se quedó sin trabajo. Hoy lo tiene, aunque todo es distinto. Y ella repite: "Lo mejor está en el futuro"
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30 de abril de 2000  

Lo gracioso es que la pileta es del vecino. Asoma medio cuerpo por el balcón, apunta el dedo hacia el abismo, se ríe a carcajadas Claudia Lapacó. El clasificado que hace seis años anunciaba la venta de este departamento de séptimo piso donde ella vive la entusiasmó por aquel entonces con una frase: "Vista a pileta". Lo que no contaba el aviso era que para ver la pileta había que asomar media osamenta por el balcón, ni que la pileta que se veía era la de un vecino. Y ni siquiera la de un vecino del mismo edificio. Ella señala ese cuadrado vertiginosamente azul y lejano, y se pregunta: -¿Por qué no habrán puesto que tenía vista abierta? Vista abierta son las cuatro o cinco cuadras sin obstáculos que incluyen árboles enormes y vías de ferrocarril, ventajas ante las que el ojo azul de la pileta queda relegado a consuelo innecesario. Aunque después de escucharla hablar un rato, uno sospecha que ella se hubiera conformado con que le permitieran contemplar de a ratos la pared de la que cuelgan las fotos de sus dos hijos -Diego y Rodrigo- y de sus nietos y nueras, capturados todos en profunda felicidad tecnicolor.

-Mis hijos son los dos abogados, y comparten el estudio. Jamás les pedí que siguieran una carrera universitaria. La hicieron porque quisieron. Es muy imporante que los hijos entiendan que deben asumir la responsabilidad de su propia vida, y que uno debe ser feliz con lo que hace.

Nació en 1940, en la Argentina, y desde entonces hasta hoy fue la argentinísima Claudia Lapacó, hija de padre ruso y madre francesa, hermana menor de la niña Michelle, hoy pediatra, pero por entonces retoño recién emigrado de una Francia a punto de meterse de cabeza en la Segunda Guerra Mundial. En una casa del oeste de la provincia de Buenos Aires, Claudia aprendió a hablar en francés, después en castellano, después en inglés, y al final en italiano.

-Hasta hoy, con Michelle hablamos en francés, entre nosotras. El castellano lo aprendí cuando empecé el jardín de infantes. Tampoco se escuchaba tango. Era un poquito una burbuja mi casa.

A los 13 años, las hermanitas Lapacó desarrollaban múl- tiples actividades como la declamación, las danzas y la ejecución del piano y Claudia, que además pintaba, había intentado sin suerte entrar en la escuela de danzas del Teatro Colón. Entonces se dedicó a estudiar teatro. Así de fácil.

-A los 18 años hice mi primer trabajo profesional. Tener padres extranjeros me alejó muchísimo de cosas de nuestra cultura, pero yo estoy muy contenta de la educación que tuve, aunque nunca pertenecí a un lugar y me tuve que inventar las raíces.

No es mala manera de tener una patria: inventarla. En 1961 Claudia Lapacó viajó a inventar su propia patria a la antigua patria de sus padres. "Va a París una actriz becada -anunciaba La Nación el 13 de octubre de 1961-. Ha partido para Francia la actriz Claudia Lapacó que seguirá estudios de arte dramático durante diez meses en el Conservatorio Nacional de París." Para cuando se fue a Francia, ya era una actriz profesional, pero la beca, como todo en la vida, se terminó, y Claudia se quiso quedar. Se incorporó al ballet folklórico del argentino Angel Elizondo, para ganarse la vida, y terminó bailando zambas en una discoteca del Líbano.

-El Líbano fue lo último. Ahí decidí volver, porque en ese momento pensé: "Si quiero ser actriz, ¿qué hago bailando folklore?" Para entonces sus padres, que fervorosamente la habían apoyado para que aceptara la beca en Francia, empezaron a enojarse. Porque el Líbano no era París y porque la nena no había resultado tan calmada como parecía. Claudia y una amiga, también becada en París, habían emprendido una aventura autodidacta: 5000 kilómetros a dedo por Europa con un método infalible para salvaguardar sus virtudes de posibles embates.

-Hacíamos dedo solamente si iba un solo tipo en el auto. Si iban dos, ni hablar. Estuve un año y medio en Europa. A la semana de volver a Buenos Aires estaba trabajando en una obra: Deliciosamente amoral. En ese tiempo trabajaba bien. No tenía problemas para hacerlo. Los he tenido años después.

Claudia era una estrella en ascenso en la galaxia nativa. En 1967 hizo La dama del Maxim´s, un vodevil de Georges Feydeau que fue su consagración. Ahí mostraba ese cuerpazo emocionante, enfundada en el traje de la cocotte más cocotte de todo París, los pechos trepados a un corset que, ella sabe, nunca más. Por entonces tenía 27 años, rechazaba trabajos por falta de tiempo, llevaba pelito a la garçon y tenía un hijo (el primero) de su matrimonio con Rodolfo Bebán. A él le gustaba poner su Torino a 140 con la señora y el nene chorreando adrenalina en el asiento de al lado. Eran jóvenes. Eran bellos. Eran exitosos.

-Yo le debo mi popularidad a la televisión, y a una sola tira: El amor tiene cara de mujer. Entré en el sexto año de la tira, y me fui después de haber estado dos años. Estaba embarazada de mi segundo hijo. Actué hasta el séptimo mes de embarazo y cada vez me hacían planos más cortos, para que se notara menos. Ese fue el año que más trabajé en mi vida. Hacía la tira La dama del Maxim´s y radio.

Las fotos de Claudia Lapacó, entonces. Pocas caras, como la de ella, soportaban ese corte de pelo a la navaja. Esa nariz dibujada con cincel, coronando una cara donde apenas si cabían unos ojos de abeja reina, y un carácter que aunaba a muchachita-aventurera y mamá-gallina en una sola cadera bamboleante.

-Si los hombres estaban a mis pies, nunca me di cuenta. Soy fiel por elección, pero no es que yo suponga que ser infiel es algo que no se debe hacer: yo no lo quiero hacer. Estoy muy contenta de haber sido así, porque he disfrutado de los hombres con los que he estado. Y una nunca sabe... algún día, todavía me puede tocar algo...

La risa de madame es un cairel. A principios de los años 70, después de haber tenido otro hijo, se separó de Bebán. Ella, que se había casado para toda la vida.

-He tenido momentos de bajón con la separación, pero me he puesto a pintar paredes, para mandar la energía a algún lugar que produjera algo. A veces veo mujeres tan dependientes que les hacen creer al hombre que sin ellos ellas no vivirían. Eso no me pasó jamás. Romper mi pareja fue duro, con mi sentido estricto de familia. Pero ésa es mi idea, porque hay gente que está casada toda la vida y no comparte la crianza. Pero para mí, mis hijos... yo soy quien soy por mis hijos... también.

Pausa. Dos charquitos debajo de cada pestaña.

-Siempre tuve el amor incondicional por mis hijos y... ¡Ay!, pará, me voy a sonar la nariz.

Mientras ella se suena la nariz, sepan que tiempo después, a principios de la década del 70, formó pareja con Velazco Ferrero, otro hombre de ojos azules. La relación duró 10 años. Hicieron largas y exitosas giras por el interior con espectáculos propios.

-Con Velazco fueron diez años muy buenos en el sentido afectivo. El era muy familiero, muy afectuoso con mis hijos. Iba a los actos del colegio que a veces los propios padres no quieren ir. Cosas muy importantes. Eso también terminó. Después estuve casi dos años con otra persona y ahora hace 8 que estoy sin pareja, pero me siento muy plena. Pienso que con un hombre al lado no hubiera podido dedicarme como me dedico a mis nietitos.

Acá Claudia sonríe y muestra a su familia en fotos: momentos robados a fiestas, bautismos, casamientos, cumpleaños y demás espontaneidades polaroid. -Ahora tengo tres nietos, pero en agosto voy a tener cuatro, porque mi hijo Diego y su esposa, Daniela, van a tener un hijo. Extraordinario.

Extraordinario. En televisión participó en el programa de Pipo Mancera en 1971, y con Alberto Olmedo en El chupete en 1973. Cuando su rostro saltaba de tapa de revista a portada de semanario en los años 70, Antonio Gasalla y Carlos Perciavalle le ofrecieron hacer un espectáculo de café concert. A ella le encantó la idea de probar suerte en un lugar chiquito-colmado-de-humo-mal-iluminado-pero-distinto. El espectáculo se llamó Nosotros tres.

-Para mí el café concert era un cambio, porque en ese momento se me ofrecía todo en Buenos Aires, y yo elegí ir a un lugar con poca capacidad, con dos personas que yo reconocía como geniales, pero que el gran público no conocía. Acepté encantada.

La máquina Lapacó no paraba. Bastante después, en 1979 y a los 39 años, pasó siete meses bajando las escaleras como vedette del Maipo en una revista de Antonio Gasalla, enroscada en lentejuelas. Gracias a tanto como las mostró, sus piernas han quedado clavadas en el imaginario popular. Las más lindas piernas que nunca nadie vio en un escenario. Eran las de ella.

-En ese espectáculo y en algunos de café concert... jijijí... aparecía bastante desnuda. Algunos jóvenes de ahora no creerán que eso fue posible.

La risa. La coqueta y fácil risa de madame Lapacó.

-Yo tuve el don de la belleza, porque es un don, yo no hice nada por obtenerlo. No hice nada por retenerlo tampoco, pero no me importa. Yo quiero ser vista hoy como quien soy. No pretendo hacer de vedette ni parecer de 30 años. En este momento estoy así, y no me molesta. Porque hago cosas que mi estructura física no me impide hacer. Hay gente que ha logrado mantenerse mucho tiempo joven y hermosa. No es mi problema. Explico por qué yo, que he sido muy bella y con un cuerpo que podía exhibirse casi desnudo en el escenario, hoy soy esta señora gorda medio amatronada. No quiero tener esa presión de que hay que estar joven y flaca. Lo fantástico sería tener acceso a los roles que estoy teniendo ahora, cerrar la boca y bajar diez kilos... Pero ahora no puedo. Las glándulas de la masticación están preparadas. Pero queda un recuerdo de haber sido hermosa.

A la mujer que fue hermosa las cosas le empezaron a ir mal en los años 80. Sin ofertas de trabajo, la plata se esfumaba en cosas de todos los días. Los impuestos, la comida, los chicos. Ella habla sin resentimiento, como quien se limita a exponer hechos que han sido así y no de otra manera.

-En 1980 no apareció nada. En 1985 no hice nada tampoco. Empecé a perder y perder. Cuando no te entra ni un solo centavo y tenés dos chicos en la facultad, el dinero se va. Vivía de ahorros, y tuve que vender propiedades. Cuando vi que venía así, vendí todo, le compré un departamento a cada hijo y yo me quedé con lo indispensable. Que es un ambiente. Este ambiente. Tengo un gran desapego por lo material, y cuando he tenido me ha llegado de sorpresa, no lo he buscado. Y es probable que me pase de nuevo.

-¿Perder todo?

-Nooo. Ja. Ya no tengo nada que perder. No, digo que me puede pasar que en algún momento gane mucho. Aunque jamás me apabulló el ingreso económico. Claro, también hace tanto que no gano mucho que ya ni me acuerdo. Tampoco creas que ahora tengo tanto trabajo. En el San Martín terminé el 6 de junio haciendo De repente el último verano, de Tennessee Williams, dirigida por Hugo Urquijo, y hasta que empecé en diciembre de 1999 estas piezas de teatro clásico español, Bien de amores, dirigida por Santiago Doria, en el Larreta, no había aparecido nada.

Reinvento de sí misma, ave Claudia surgida de cenizas que nunca fueron tales, ella tiene frases que le han servido de talismán contra toda tormenta y mal de altura.

-Una frase que me encanta es: Lo mejor está en el futuro. Otra es una frase que encontré el año último en un sobrecito de azúcar: El hoy es aquel mañana que ayer te preocupaba tanto. Es cierto, si todo se soluciona para qué se va a preocupar uno.

Pero los años 90 llegaron cargados de mejores vientos. El trabajo volvía a agitar su cuello esquivo en el monoambiente Lapacó. En 1996 hizo, dirigida por Lorenzo Quinteros, Otros paraísos, de Jacobo Langsner, y en 1997, Naranja y media en televisión, aquel megaéxito de Telefé. En 1998 actuó en Seis personajes en busca de un autor, dirigida por Jorge Lavelli, y en La cena, dirigida por Roberto Villanueva. Buenos directores, buenas obras. En 1998, la señora subió con dignidad de amazona a recibir el Premio ACE como mejor actriz por su papel en La cena, y dijo exactamente eso: que era el primer premio que le daban en casi cuarenta años de carrera. Que muchas gracias. Que después de todo no estaban obligados a darle un premio si no consideraban que lo merecía. Sonrió y se fue cubierta en magnífico velo de ironía.

Por estos días se concentra en Las corpiñeras, una obra en la que su compañera de rubro fue Graciela Dufau hasta que, con los ensayos bastante adelantados, decidió irse a hacer Brujas. Dufau fue reemplazada por Lucrecia Capello, amiga de Claudia, y las dos mujeres se mueven con la dirección de Helena Tritek, prestigiosa directora de Venecia. -No quiero sentir que soy una actriz... reconocida. Porque creo que eso no está bien. Porque si no, un día me equivoco y van a seguir diciendo que estoy bien. No quiero que digan: "Ella es buena, entonces todo lo que haga va a ser bueno". Si yo no soy nadie. Soy una mujer que trata de expresarse. Yo no quiero fracasar, pero quiero probar, cambiar. Eso me interesa. Ser cambiante.

Los ojos enormes buscan algo en el techo. -Pasar del frío al calor. De lo duro a lo blando, de la arena al agua. Me gusta eso.

Un tren viene. Después se va.

-Y es mucho más divertido, también.

"En la TV no soy nadie"

En 1997, Claudia Lapacó hizo su -por ahora- último trabajo en televisión: un papel en Naranja y media, aquella historia que tenía a Guillermo Francella como protagonista. Para alguien como ella, la televisión puede ser la antesala del infierno.

-A veces me deprime estar en el mundo de la televisión. En el teatro tenés tu lugar aunque tengas dos líneas de diálogo. En la televisión no me siento absolutamente nadie, entre toda esa gente que se mueve, que camina, esos cuerpos esculturales. A mí me ha pasado de saludar a alguien que conozco y que no me mira porque pasó una donna por al lado. Me siento que no pertenezco. Veo actores maravillosos en televisión, y a lo mejor ellos saben hacerse su lugar ahí.

Yo en los últimos años no supe nada. Nada. En Naranja y media me sentía bien, pero a los más grandes nos citaban a las 8.30 de la mañana para hacer exteriores y algunos de los jóvenes caían a las 10. A veces tenías que esperar hasta las 8 de la noche para hacer una toma. Y yo el arte de esperar no lo conocí nunca y no lo conozco. Ocho o nueve horas para hacer un solo plano. No. Yo quiero sentir que estoy creando. Estar sentada en un decorado semi a oscuras no es estar creando.

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