Ejemplo de amistad: se conocen desde los 14 años, padecieron cáncer al mismo tiempo y hoy lo cuentan en una obra de teatro

Terminando la segunda función en el teatro
Terminando la segunda función en el teatro
Pablo Damián Mascareño
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18 de mayo de 2018  • 00:22

Cuando a Claudia Roiz le diagnosticaron cáncer de mama, lo primero que pensó fue: "Me voy a Brasil". A las pocas semanas, Laura Cheistwer, su amiga desde los 14 años, recibió similar prescripción, pero su actitud fue diferente. Laura, ante la noticia, esbozó un tajante: "Me voy a morir". A su modo, cada una enfrentó esta inesperada circunstancia como pudo. Y pudieron mucho. Tanto pudieron que hoy son las protagonistas de la obra de teatro Una vivencia compartida: el busto es nuestro, pieza que escribieron juntas y en la que narran, con no poco humor, las vicisitudes que les tocaron atravesar en el 2016. La próxima función será, en el Auditorio Cendas, este domingo 20 de mayo a las 18 hs.

"Mi sensación primera fue la de conectar con la vida, y de un ´no sé cómo sigue esto'. La posibilidad de la cercanía con la muerte como hecho categórico, cuando creemos que somos inmortales, a mí me hizo bajar una suerte de certeza: esto se termina pronto, muchachos. Hubo llanto, tristeza, dolor, pero me fui a Brasil con dos amigas y el que era, en ese momento, mi pareja. Todos creíamos que me podía curar. Hicimos ritos chamánicos de sanación; nadamos con delfines; respiramos; meditamos; nos metimos en grutas; bailamos mucho. Fuimos a vivir, a estar presentes. Cuando volví, pedí hacerme otra ecografía porque creía que estaba mejor. Obviamente, todo seguía igual. Ese nuevo examen no me cambió nada, porque ya sentía que estaba bien", recuerda Claudia.

En 2016, cuando Claudia recién se enteraba del diagnóstico
En 2016, cuando Claudia recién se enteraba del diagnóstico

A Laura, el sacudón le pegó diferente: "Estaba muerta de miedo por el tema de Claudia. Ella ya tenía diagnóstico, pero aún no la habían operado. A mi estudio lo fui a buscar con mi marido. Leí ´carcinoma´ y me quería morir de angustia. Llegué a casa, y convoqué a mis hijos a una merienda para contarles la novedad. En mi familia, sobre todo del lado paterno, hay mucho humor. Así que lloramos, pero también reímos. Recordamos momentos, hubo anécdotas de toda la familia. Y nos imaginábamos cómo me iban a cargar si quedaba pelada. Apelé tanto al humor que, antes de la operación, cuando me empezaron a marcar la teta, yo les digo a los médicos: ´muchachos, estamos en el Hospital Alemán, mis abuelos murieron en Auschwitz, no me jodan´. Entré riendo al quirófano y parece que salí bastante feliz". Claudia Roiz es empresaria publicista, tiene dos hijos y es abuela de nietos mellizos. Laura Cheistwer es psicóloga de pareja y familia. También tiene dos hijos y dos nietos, a través de su actual marido.

Permitirse el miedo

Resiliencia es una palabra, a esta altura, transitada en demasía. Una definición de las ciencias duras de la que se empoderaron las ramas sociales. Utilizada con asidero y no tanto. Quizás banalizada. Con todo, pareciera ser la mejor enunciación para esta historia de dos mujeres unidas en la vida y hasta en un destino de sorprendentes y conmovedoras coincidencias. Casualidades. Causalidades. Designios de una fuerza superior. Algo de eso. O todo eso junto, presente en esta conmovedora historia de dos amigas que se conocen desde la adolescencia y que la madurez las llevó a afrontar una experiencia dolorosa, sí, pero también de poderosa energía para barajar y dar de nuevo. Acaso, un mensaje para darle nuevos significados a la existencia. Para corregir lo que había que corregir, para entender lo que había que entender, para valorar lo que había que valorar y para recomenzar ancladas en un nuevo disfrute cuando el calendario ronda las seis décadas. Pisar la pelota. Semblantear el campo de juego. Y volver a jugar desde otro lugar. Resiliencia mediante. Y si, no hay mejor definición que ésta. Aunque a diferencia de los materiales, en los seres humanos no se vuelve al estado original sino a un sano estadío transformado.

Si bien Claudia apeló a un vigoroso viaje a Brasil, reconoce que "hubo momentos de tristeza real, de angustia, de punciones que dolieron mucho. Pero creo que hay que tener en cuenta cómo y cuánto nos conectamos con esos momentos mientras están sucediendo. Y qué pasa con nosotros cuando terminan. El dolor dura lo que dura y luego termina. Si nos quedamos pegados ahí, ya nos estamos contando el cuento del dolor. Viví el dolor y luego lo superé. Mis hijos eran conscientes cuándo estaba bien y cuándo estaba mal. Había días en los que mis hijos ni se enteraban que tenía cáncer, porque estaba fenómeno, regia, con mis nietos viviendo en casa. Me ocupaba de ellos, como si nada hubiese pasado".

Laura apeló a la catarsis de la escritura. Pensamientos plasmados en papel. Una manera de exorcizar fantasmas, miedos: "Lo primero que hice fue escribirle mucho a mis hijos porque tenía miedo a la muerte. Mis temores eran morirme y la caída del pelo, no quería un sacudón en el esquema corporal. Además, todas las noches me levantaba a las tres de la mañana, escuchaba música y les mandaba mails a diez amigas. Esos textos están en la obra de teatro. Había ironía, pero, realmente, sentía que me iba a morir. Entonces jugaba, desde ese lugar, con la idea de la muerte".

Pensar en el fin es una sensación lógica. Inevitable. Y hasta saludablemente ineludible. A veces, especular con un The End de la propia película es organizar el presente. Cambiar los valores. Mutar prioridades. "No me daba miedo pensar en que la vida se podría terminar. Incluso se lo dije a mis hijos. Les explique dónde estaba todo, les organicé algunos temas, por las dudas", explica Claudia.

Sistema de la crueldad

La espera de los resultados es un período cruento. De incertidumbre. De no poder hacer nada. Y de intuiciones profundas. "Esperé los resultados de la punción sin decirle nada a mi familia. En ese período, en el que Claudia ya tenía su diagnóstico, nos fuimos a Palermo y nos quedamos en tetas. Así somos", confiesa Laura ante la rebeldía compartida de la que se enorgullecen. Claudia, que no temía a la muerte, sí tenía sus pruritos con respecto a los posibles tratamientos a seguir: "Mi peor fantasma era que el sistema médico me torture. Si me tenía que morir, que fuese fácil. El miedo estaba puesto en la quimio, en las sesiones, en la tortura. Pero, por suerte, el tratamiento consistió en dieciséis sesiones de rayo. Fue simple, pero lo viví como el culo".

Laura entrando al quirófano
Laura entrando al quirófano

El sistema médico no siempre contiene desde lo humano. La frialdad es uno de los peores aliados de la ciencia. "La gente que se hizo quimio nos dice que no conocimos el infierno. En realidad, la sacamos más que barata y por eso nos podemos reír ahora. No padecimos el tema estético, como la caída del pelo. Siempre digo que ya no siento latir mi corazón porque, ahora siento latir la teta izquierda. Ese latido me recuerda que estoy viva", simboliza Laura. Su amiga de toda la vida, en cambio, siente ese latido en el lado derecho cada vez que toma su clase de pilates. Se complementan hasta en eso.

Para Claudia, la gran ayuda llegó desde áreas no convencionales: "Busqué en la homeopatía; en la medicina china; en las terapias alternativas; y en la alimentación. Recurrí a apoyos en otros lugares, porque el sistema médico no me dio ninguno".

Mientras Claudia evita pollos, lácteos, harinas, alimentos con hormonas y apela a lo orgánico y a un té chino que es todo un elixir; Laura se volcó a recuperar su ancestral idioma hebreo y conectar con las raíces más profundas. Claudia hasta recurrió al agua bendita del rosarino Padre Ignacio y le obsequió un bidón a su amiga atea que, por las dudas, se vuelca algunas gotas cada vez que se ducha, mientras entona un rezo en hebreo. Lo que no resta, suma.

Atravesar el dolor con el arte

La directora Gabi Godberg les dictó clases de comedia musical durante algún tiempo. En octubre de 2016, se reencontraron, de casualidad, en una función teatral. Cuando la docente les preguntó cómo andaban aguardando un "todo bien" de rigor, escuchó de parte de Laura un "bien, ¿o te contamos?". Obviamente, Goldberg quiso saber más y se inquietó ante el "estamos con cáncer" con el que arremetió Laura sin medias tintas. Este singular encuentro sucedió cuando Claudia cumplía un mes de operada y Laura transitaba su tercer día desde que había pasado por el quirófano. "En un escape de locura, Laura me sugirió armar una obra de teatro con la experiencia", explica Gabi, en una soleada tarde otoñal en su cómodo estudio de Chacarita, mientras sus actrices comparten un regio chocolate. Está claro que, en esta nueva etapa, no se privarán de ciertos gustos.

En el camarín las tres responsables de la obra ultimando detalles
En el camarín las tres responsables de la obra ultimando detalles

Para la directora, a pesar de su extensa trayectoria, fue un verdadero desafío encarar este trabajo: "Me gusta mirar a los ojos, preguntar al otro cómo está. No trabajo con actores, trabajo con personas. Y con ellas dos me pasó que el vínculo se dio porque las tres nos miramos mucho. No sé si pensaron en mí como directora o como persona que las guíe en un trabajo que querían mostrar. En realidad, acá no soy directora sino que acompaño un camino. En algunos momentos, tomé distancia de lo artístico y me vinculé con un proceso. Desde ya, ellas me tenían que decir cómo lo querían contar. Por otra parte, ellas vivenciaron la experiencia, acá no hay memoria emotiva. Dirigir es acompañar para llegar al objetivo. Si acompañás el camino, el objetivo sale. Muchas veces tuve que retroceder. Y eso es válido. Así debería ser siempre, más allá del cáncer y del teatro".

La poética del espectáculo, si bien contiene ineludibles escenas de emoción, está atravesada por el humor. De hecho, arranca con una celebración, un brindis con champagne por la vida. Uno de los momentos más celebrados es la escena que contiene el video titulado Aerosalud, donde Laura y Claudia interpretan a dos azafatas que indican cuáles son las medidas preventivas para detectar a tiempo el cáncer de mama. Con los acordes de la histórica Marcha de San Lorenzo, la Marcha de San Pecho es otra de las secuencias más aplaudidas. "Recorremos nacimientos, amores, viajes, amores, amistades, amores. ¡Han pasado amores bajo el puente!", confiesa Laura con no poca picardía.

El sexo y el erotismo, mientras se atraviesa un cáncer, es otro de los tópicos abordados en la obra. Confrontando mitos a partir de colocar en blanco sobre negro dos tabúes: la enfermedad y la canalización del vínculo amatorio. "De espaldas digo: ´cogeme, cógeme, cógeme. Te alejaste cuando más te necesitaba´. Eso quiere decir: mírenme, soy mina. Lo primero que surge cuando uno confiesa que padece cáncer de mama es que te miren las tetas para ver si te la sacaron, o el pelo para saber si es tuyo. Cuando hay sensación de esquema corporal alterado, los hombres no saben cómo tocarte. Ni hablar cuando se trata de una mujer con mastectomía. Sucede mucho, en mujeres que se tratan con quimioterapia, que anhelan ser tocadas y los hombres no saben cómo hacerlo. Lo importante es entender que el sexo es conectar con la vida", explica Laura, quien no oculta que durante su tratamiento se mantuvo sumamente erotizada.

Honrar la existencia

Experiencias liminales como las que atravesaron Laura y Claudia permiten vincular con otras formas de espiritualidad y realización personal. De reencuentro con vínculos olvidos. De deconstrucción de paradigmas vencidos y tóxicos. Y de potenciar los lazos con aquellas sensaciones, sentimientos y personas que, inteligencia emocional mediante, permiten el crecimiento propio.

"Más allá del cáncer, siempre le digo a la gente que me rodea que se vinculen con los que les pasa, con lo que es y con lo que son. Y que no hay que necesitar del cáncer como maestro en la vida. No tenemos garantías de nada, no podemos controlar nada, no sabemos nada de nada. Pero es importante conectar con la realidad del propio yo, dejar de vivir a mil, dejar de no registrarse. No tenemos que necesitar de enfermedades que nos toquen el timbre para despertarnos porque nos dormimos en el camino de nuestra vida. Seamos conscientes. Pongamos alarmas en el celular cada una hora para recordarnos que estamos vivos. Respiremos. Estamos vivos hoy. Y no hay más. No sabemos nada más", proclama Claudia enarbolando la bandera de una militancia nueva que llegó a su vida para quedarse. En igual sintonía, Laura aconseja "buscar compañía, afectos, no encerrarse. Saber que es necesario conectar con un reloj vital y que, como dice Simone de Beauvoir, desde que nacemos estamos enfrentados con la muerte. Pero, en el medio, está la vida".

En la obra, Claudia dice que el cáncer no le pertenece. Laura, hace un culto de esa posesión. "Con nuestros matices nos acompañamos. Somos hermanas de la vida y, a través de la obra, nos permitimos compartir nuestra vivencia comunes, hablar de lo que no se habla. Decir lo que mucha gente no se anima a decir. Hablar y reírse del sufrimiento. Y del miedo a la muerte", concluye Laura.

Se acerca el momento de otro ensayo en el estudio de Gabi Goldberg, con vistas a la función del próximo domingo 20. Una experiencia compartida: el busto es nuestro, no solo es una singular propuesta escénica, sino la mejor forma de canalizar y poner en palabras un acontecimiento personal, pero que le puede servir de faro a muchos que transitan por lo mismo. Desde la adolescencia, Laura y Claudia compartieron la vida hermanadas por la amistad. Transitaron momentos de felicidad. Celebraron lo que había que se celebrar. Lloraron lo que había que llorar. Se acompañaron en el dolor de la enfermedad. Y, unidas como siempre, hoy transmutan miedos y traumas en luces biseladas por el arte, por la saludable catarsis de la escena. Por ellas. Y por los que se acercan a la platea para compartir un momento que nace con un brindis por la vida.

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