La cruda materia de lo real

Diana Fernández Irusta
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15 de mayo de 2018  

Alguna segunda vez, en la otra vida, fui docente universitaria. La mayoría de mis alumnos era apenas más joven que yo; el resto tenía mi edad o incluso la superaba. Mi primer día como profesora, apenas crucé la puerta de un aula atiborrada, un chico sentado en los primeros bancos se hizo a un lado y me cedió, generoso, su lugar. "No, yo me quedo de este lado", respondí mientras señalaba el escritorio que demarcaba territorio: de allí hasta el pizarrón, zona docente. Mirando sin mirar a una masa de ojos que me seguía, tomé lista. Y me lancé a hablar. Saussure. En estado de adrenalina pura, en un curso de ingreso al que asistían desde futuros estudiantes de Comunicación hasta futuros biotecnólogos, hablé sin parar de Saussure. Y que el significado y el significante, y el sintagma y el paradigma, y vaya a saber cuántos otros conceptos que hoy no podría enunciar. Sin tregua. Así y todo -milagros que a veces ocurren- resultó que nos habíamos caído bien. Clase a clase, fueron cediendo los temores. Descubrí la maravilla del lazo que puede nacer en un aula.

Hubo otro curso, en otra universidad. Aquí, de lo que me tocaba hablar era de lenguajes audiovisuales. Nuevamente me enamoré de mi clase. Fui feliz recorriendo la historia del cine con ellos, compartiendo emociones, además de teorías. Salvo en una ocasión. Había leído el texto donde el crítico francés Serge Daney recordaba a un profesor del secundario que, a modo de inmersión en el siglo XX, exhibía a sus alumnos, uno y otro año, Noche y niebla, de Alain Resnais. Estábamos viendo los rasgos del cine moderno y me pareció buena idea remedar el gesto de aquel lejano maestro: ver un film clave de la modernidad, que a su vez apuntaba al corazón de la mayor tragedia de los tiempos modernos, el Holocausto. Llevé una copia del film y se la hice ver a mis alumnos. A medida que avanzaba el documental -su lirismo severo, lo insoportable de algunas de sus imágenes- empecé a dudar. Temí que la dureza de la película atravesara como una daga la blanda burbuja aún adolescente de esos chicos; quería zambullirlos en el horror del siglo que pasó, y de repente no supe si tenía derecho a hacerlo de ese modo. Con todo, algunos me agradecieron por esa clase. Otros salieron tan tristes que deseé abrazarlos y decirles que se olvidaran de Resnais, que todo había sido un mal sueño.

Poco después, la vida marcó otros ritmos y la docencia quedó más bien olvidada. Hasta que el maestro de mi hijo me invitó a ir a su escuela a hablar sobre periodismo. De repente allí me vi, en un aula de tercer grado, en absoluto joven como cuando me tocó hablar de Saussure o Resnais, pero no mucho más sabia. Fue hermoso, estaba frente a unos treinta niños y niñas de ocho años ávidos, curiosos, sonoros, desbordantes; vivos en el sentido más absoluto que puede tener esa palabra. Difícil, porque gracias a ellos me descubrí intoxicada de adultez. Había llevado unos diarios con la idea de contarles algunas cosas sobre la organización de las noticias. Olvidé que eran muy chiquitos. Les hablaba de formas (aquí el titular, allá la volanta), pero ellos, al mirar los diarios que hice circular a modo de ejemplo, se detuvieron en los contenidos. Una nena me miró horrorizada: "Acá dice que mataron a una persona. ¡Y más abajo dice que mataron a otra!" Página de policiales, pero podría haber sido cualquier otra: la cruda materia de lo real. Nada que cualquier niño no vea ni escuche, siquiera como sonido de fondo, cuando los televisores o las radios de su casa están encendidos. Pero allí, repentinamente extraídas de la marea cotidiana, las noticias se revelaban insoportables. En el azoramiento de esos ojos nuevos -y al mismo tiempo, tan capaces de ver- encontré mi propia anestesia. No era un aula universitaria; eran solo niños que preguntaban por el mundo terrible que les espera, ahí afuera. Deseé haber tenido que preparar una elaboradísima clase sobre Saussure o Resnais. Habría sido más sencillo.

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