El desafío económico actual

La atomización de la gestión económica en varios ministerios termina exponiendo peligrosamente la figura del presidente de la Nación
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15 de mayo de 2018  

El presidente Mauricio Macri constituye el sueño de cualquier buen ministro de Economía: tiene convicciones y coraje cívico para apoyar a sus colaboradores en situaciones difíciles. En realidad, es el ideal para un dream team como pocas veces se logra en muchos países del mundo, cuando ambos conocen su rol, se profesan lealtad recíproca y se entienden con un gesto.

Pero eso lamentablemente no ocurre en la Argentina, no porque el Presidente y el ministro de Economía se lleven mal, sino porque este último cargo ha sido dividido en varios ministerios y se ha perdido así la oportunidad de potenciar las virtudes presidenciales en una dispersión de funciones. Demasiados gestos confunden a los agentes económicos y desgastan al primer mandatario.

Algo de esto fue previsto hace casi dos años en una columna editorial de LA NACION, publicada el 10 de julio de 2016 con el título "Muchas manos en un plato". Algunas de sus observaciones sirven para analizar los problemas de coordinación y también de comunicación que ha exhibido el gobierno de Macri en los últimos tiempos. Errores que, si bien no alcanzan a explicar la gravedad de una situación heredada del monumental descalabro de las cuentas públicas que caracterizó a la era kirchnerista, sí dan cuenta de la falta de un preciso mecanismo de relojería requerido para desactivar las bombas de tiempo que sembró la gestión anterior.

El desastre económico heredado, caracterizado por un elevado déficit fiscal que el kirchnerismo intentó paliar exclusivamente con emisión monetaria y el consecuente impuesto inflacionario, el aislamiento internacional y un intervencionismo asfixiante del Estado que provocó inflación reprimida y atraso cambiario, no podía ordenarse convocando a diferentes reconocidos especialistas para manejar cada una de sus piezas.

En la gestión del Estado, cada medida, cada mensaje y hasta cada parpadeo de un funcionario puede impactar sobre la inversión, el consumo y el empleo. Todos esos gestos influyen no solo sobre la situación presente de empresas y familias, sino también en las expectativas frente al futuro, tan relevantes a la hora de tomar decisiones. Gobernar es crear certidumbre respecto de la consistencia y el realismo de cada plan y de cada medida.

Pero, como señalamos en la oportunidad citada, el presidente de la Nación optó, desde un primer momento, por atomizar la gestión económica en cinco ministerios: Hacienda y Finanzas, Producción, Trabajo, Transporte y Energía. A ellos se sumaron dos coordinadores que operan en la Jefatura de Gabinete con jerarquía ministerial; el presidente del Banco Central; el titular de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) y hasta el ministro del Interior, cuya relación con las provincias y sus necesidades de financiamiento lo han transformado muchas veces en un brazo más del equipo económico.

Las diferencias dentro de ese equipo no tardaron en aparecer y se evidenciaron a fines de 2016 con el sorpresivo pedido de renuncia al ministro Alfonso Prat-Gay y el desdoblamiento del Ministerio de Hacienda y Finanzas. Para entonces, ya comenzaban a asomar las discrepancias acerca del ritmo que debían tener los ajustes en el Estado, los disímiles criterios para recetar vitaminas o antibióticos a la hora de combatir los desequilibrios económicos y las pugnas entre el titular del Banco Central y los supuestos capitanes encargados de conducir el equipo desde la Jefatura de Gabinete.

Casi un año después, el 28 de diciembre, los argentinos asistimos a una muy mala señal, con la conferencia de prensa en la que se rectificaron las metas inflacionarias y en la cual el titular del Banco Central fue puesto a la altura de un ministro más, subordinado al jefe de Gabinete, y al que se le quiso imponer el mandato de que debía bajar las tasas de interés.

Los gobiernos populistas -decíamos- siempre han sostenido que la economía debe someterse a la política, en el sentido de que la escasez de recursos no debe limitar las decisiones de gasto. Y así nos ha ido. En esa misma línea de pensamiento, siempre han cuestionado el "excesivo" poder que adquieren los ministros de Economía de los gobiernos que suceden a los desbarajustes, por ser las caras visibles de los ajustes. Han sido llamados "contadores sin visión política", "expertos en partida doble" o "ignorantes de la realidad social". Los ministros de Economía suelen ser, de acuerdo con esta visión particular, políticamente incorrectos.

Sin embargo, la consolidación de algunas de las carteras económicas bajo una sola gestión ministerial suele resultar en la creación de un valor mayor que la suma de las partes, del mismo modo que la macroeconomía no es la suma de distintas microeconomías ni una política económica puede ser el resultado de distintas políticas sectoriales.

Como lo advertimos oportunamente, la dispersión de funciones económicas en el gabinete actual se asemeja a un rompecabezas con piezas que se superponen con otras piezas vecinas o que dejan espacios vacíos por ausencia de un director general.

La sumatoria de interlocutores nunca podrá transmitir un mensaje unívoco que otorgue confianza respecto de la consistencia de todas las medidas separadas. Probablemente, termine exponiendo peligrosamente la figura presidencial. El jefe del Estado definitivamente no puede ocupar el lugar de los ministros y, menos aún, el de un ministro de Economía.

La experiencia y la calidad técnica, presentes en el actual equipo ministerial, resultan condiciones esenciales en un gabinete. También lo son la capacidad de diálogo y negociación, junto a la aptitud por comunicar adecuadamente el estado de las cosas y los objetivos trazados, cuidando siempre de que la desmesura en las expectativas no termine generando efectos no deseados en la ciudadanía.

La Argentina, aun en medio de la presente crisis, transita una ocasión única para salir definitivamente de un modelo populista que nos ha llevado a niveles desorbitantes de desequilibrio fiscal, inflación, pobreza, corrupción, desinversión y estancamiento productivo. El presidente Macri ha convocado a colaborar con su gestión a muy buenos profesionales de distintas disciplinas, que aceptaron semejantes responsabilidades de manera desinteresada y patriótica. Pero gobernar requiere, además, un mínimo de coordinación y una organización que permita obtener lo mejor de cada funcionario para enfrentar la compleja situación del país y transformar la crisis en una oportunidad.

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