El libro monta su espectáculo

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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15 de mayo de 2018  

Uno de los pasajes más preciosos de las Confesiones de San Agustín es aquel en el que se sorprende de que san Ambrosio, entonces obispo de Milán, lea en silencio. "Cuando leía, lo hacía pasando la mirada por encima de las páginas, penetrando su alma en el sentido sin decir palabra ni mover la lengua". Como no se le escapó a Benedicto XVI, el hecho de que san Ambrosio pudiera repasar las páginas solo con los ojos "era para el admirado san Agustín una capacidad singular de lectura y de familiaridad con las Escrituras". El de san Agustín fue el primer testimonio del modo en que nosotros seguimos leyendo todavía ahora: en silencio. Aunque no leamos solamente las Escrituras, la situación es la misma: una intimidad incorruptible entre el ojo y la letra. Cuando leemos, el libro que leemos existe solamente para nosotros. No hay terceros y el acto de leer no es público.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, muchos (la Feria y los festivales de literatura) se empeñaron en insistir en que la lectura era comunitaria y performática. ¿El resultado? Un panettone en el que el libro es una fruta abrillantada en una masa que puede incluir también recitales al aire libre, fútbol o tribuna política. El centro ya no lo ocupa el libro, sino la "oferta cultural", aunque nadie se expida sobre la definición exacta de "cultura". Como sea, el libro solo parece no bastarse a sí mismo; necesita el respirador artificial del espectáculo, así nos convencemos de que leer es mucho más divertido que quedarse sentado en una silla con un libro en la mano, que es todo lo que necesita un lector (si bien podríamos hacer la concesión de un lápiz).

En este nuevo escenario (la teatralidad es importante) hay que sumar a cantautores y actores elevados a árbitros del gusto. Los ciclos de letras y festivales de literatura les confían la misión de recomendar y comentar lecturas por la simple razón de que... bueno, no son Auden, Edmund Wilson o T. S. Eliot, es cierto, pero dicen que les gusta leer y son famosos. La fama firma entonces el acta de defunción de la crítica. El acuerdo cierra por todos lados: el libro (siempre tan modesto y silencioso) cae bajo los reflectores de la popularidad y el actor/cantautor se siente parte de la difunta alta culta, a la que niega, pero a la que, no obstante, sigue aspirando.

Me veo obligado a decir que nunca tuve predilección particular por el pensamiento de George Steiner. Pero finalmente tenía razón en que lo único que les quedaba a los lectores era leer y recordar, aprender de memoria para decirse versos y frases a sí mismo en silencio. Había entendido la lección de san Ambrosio.

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