El arma de las mujeres

Marginadas de la actividad pública, acosadas por el hastío, aparentemente sometidas a los hombres, las damas de la aristocracia y de la burguesía, desde el siglo XVII hasta principios del XX, sólo podían satisfacer el deseo de marcar el espíritu de una época en sus tertulias. Aprovecharon ese resquicio. En las reuniones que organizaban, oficiaban de reinas e influían en las personalidades masculinas de cada período. También se valieron de los venenos, del erotismo y de los chismes.
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23 de septiembre de 1998  

¿HUBO en la Argentina reuniones culturales comparables a las que describe Verena Heyden-Rynsch en Los salones europeos. Las cimas de una cultura femenina desaparecida ? La autora señala numerosas condiciones para la conformación de los salones: liderazgo femenino, tolerancia ideológica, discretos cruces de clases sociales, presencia equilibrada de artistas, científicos, literatos, políticos y extranjeros distinguidos. Pero también, la existencia de un marco de bienestar económico y una influencia visible y concreta sobre el mundo exterior, a fin de que estos círculos, en principio elitistas, cumplan su función mediadora entre la cultura y la sociedad.

Con semejantes requisitos, sobran los dedos de una mano para hablar de salones argentinos. Tal vez esto se deba a la herencia de la cultura hispánica, donde el café, de origen oriental, con su clientela masculina, se adaptaba mejor que el salón a las rigurosas costumbres ibéricas.

Sin embargo, una concepción más amplia de la relación entre cultura y sociabilidad nos permite recuperar una parte preciosa de nuestra historia cultural, forjada no sólo en los pocos grandes salones que hubo en el país, sino también en la tertulia doméstica, de tradición española, el cenáculo intelectual y la peña de café, de inolvidable memoria.

El gusto por estas formas del ocio cultivado surgió en el Río de la Plata cuando la sociedad colonial mejoró su nivel de vida y se conectó más fácilmente con el mundo exterior. Gracias a un expediente criminal iniciado en 1779 por el virrey Vértiz, se conoce la existencia de las primeras tertulias porteñas de conversación y juego. La causa se refería a ciertos pasquines injuriosos que habían circulado en las más acreditadas tertulias de la ciudad, versos burlescos alusivos a quienes entonces eran la crema de la sociedad, apellidos, salvo excepciones, hoy desaparecidos. Francisco Antonio de Escalada, uno de los comerciantes más ricos, fue considerado responsable de esas injurias. Pero en el expediente también se menciona a María Josefa Cabeza, viuda de un caballero de la Hermandad de la Caridad, cuyo círculo de señoras, militares, funcionarios y clérigos había disfrutado con la lectura de esos pasquines.

Las tertulias de la capital del virreinato no siempre se redujeron a chismes, juegos de cartas y baile. Hubo asimismo pequeños núcleos de intelectuales dispuestos a debatir ideas, compartir lecturas y dar a conocer entre amigos sus propias producciones literarias. Pionero de estas reuniones fue el canónigo Juan Baltasar Maciel, encargado de los estudios en el Real Colegio de San Carlos. Su vivienda, a espaldas de la catedral, contaba con una biblioteca de 1000 volúmenes.

Manuel José de Lavardén fue el continuador de ese cenáculo. Trasladó las sesiones al café de Marcos, al sur de la Plaza Mayor, local provisto de billar y de salón para tertulias. Allí, desde 1801, funcionó una peña literaria y política, expresión del nuevo clima de ideas que se vivía en Buenos Aires, cuya expresión gráfica sería el Telégrafo Mercantil , la publicación pionera de Cabello y Mesa. Y naturalmente, como del café estaban excluidas las señoras, algunas de ellas optarían por presidir, más que tertulias domésticas, verdaderos salones, acordes con la apertura ideológica y económica previa a la Revolución.

El espíritu de Mayo

Mariquita Sánchez, en su casa de la calle Florida y en las que ocupó en Montevideo, ofició de salonniére , al gran estilo europeo, desde 1805 hasta su muerte en 1868. A fuerza de tolerancia política, conversación refinada, curiosidad universal y amplitud de recursos económicos, se empeñó en refinar la tertulia que habían tenido sus padres en ese mismo sitio. Ese salón expresó en su momento los ideales de la Logia Lautaro y más tarde, los del romanticismo de la Generación de 1837, además de generar iniciativas concretas para difundir el buen teatro y la música culta y promover, a través de la Sociedad de Beneficencia, la salud y la educación de la mujer.

Otras mujeres presidieron salones en la primera década revolucionaria: Melchora Sarratea, de tendencia política liberal; Ana Lasala de Riglos, más conservadora, dueña de una lujosa casa de altos frente a la plaza de la Victoria (Bolívar 11). Inteligentes y politizadas; viudas, solteras o separadas, ellas contribuían a fortalecer el espíritu crítico y a renovar ideas y gustos.

Iniciada la década de 1820, los grupos afines al gobierno rivadaviano se reunían a escuchar música y leer en voz alta obras de teatro y poesía, no sólo de los autores románticos europeos -los nuevos favoritos- sino también de los incipientes nombres de la literatura argentina. Juan M. Gutiérrez elogió esa novedad y el hecho de que algunas lecturas se hicieran en la casa del ministro Rivadavia.

Hacia 1830, el clima social se volvió más restrictivo. Si bien las familias mantuvieron el hábito de reunirse en tertulias de música y de baile, los temas de conversación se limitaron a la crónica cotidiana. La opción era emigrar, como lo harían los protagonistas de la breve aventura romántica, cultural y política llamada Salón Literario (1837) que, por su corta vida, no constituyó un verdadero salón. Ya en Montevideo, Gutiérrez, Alberdi y Echeverría, los notables de ese grupo, recibirían junto a Mariquita Sánchez, en el exilio, las lecciones de educación del sentimiento y del gusto que ella impartía con gracia singular.

En el Buenos Aires federal de la década de 1840, se destacó el salón de Manuelita Rosas. La hija del dictador recibía los miércoles en la quinta de Palermo, en un clima siempre festivo y cordial. Vestida de blanco o de rosa con ribetes rojos, la "Niña", auxiliada por tías, primas y amigas íntimas, hacía los honores de comidas, bailes, paseos campestres y veladas musicales. Incluso algunos opositores al régimen se hacían ver cada tanto en este salón, donde se invitaba a músicos como el maestro Esnaola y a cuanto marino, diplomático o viajero distinguido pasara por Buenos Aires.

Entre tanto, algunos estudiantes universitarios, porteños y provincianos -recuerda Vicente Quesada en Memorias de un viejo - se juntaban a tomar mate diariamente en lo del sacristán de la Catedral, auténtico cenáculo donde se hablaba de literatura y de teatro pero no de política, por pedido expreso del anfitrión.

Después de Caseros, el cetro de la sociabilidad culta recayó en Manuel José de Guerrico. Su tertulia, apodada "el club de los pelucones" por el carácter conservador de los invitados, admitía los diversos matices de los incipientes partidos políticos argentinos. Se dice que de allí salieron las grandes iniciativas de la época, desde la construcción del primer ferrocarril, a las del viejo teatro Colón, la Aduana, el Club del Progreso y, luego de discusiones arduas entre varios de los estancieros presentes, el alambrado de los campos. Por su parte, la vieja casona de patios enladrillados, en la plaza de la Victoria, del doctor Olaguer Feliú, fue en esos años la preferida por un grupo de bibliófilos, poetas e historiadores americanistas y noctámbulos. Vicente Quesada, Juan M. Gutiérrez, el joven poeta Carlos Guido y Spano, Angel J. Carranza y Antonio Zinny, entre otros, hablaban allí de literatura, de política y de administración. Procuraban que su ánimo no decayera en medio de las indiferencia general hacia los asuntos culturales. Eco de este grupo fueron la Revista de Buenos Aires y la Revista del Río de la Plata .

A las mujeres les costaba trabajo incorporarse a esos círculos. Hacia 1860, a nuestras primeras escritoras les era más fácil abrir salones fuera del país que en su propia tierra. Juana Manuela Gorriti, mientras vivía en Lima de su trabajo de escritora y profesora, mantuvo una prestigiosa tertulia literaria; Eduarda Mansilla de García, casada con un diplomático, tuvo salón no sólo en Buenos Aires sino también en París, donde residió muchos años.

En la década del 80, los hombres preferían dialogar entre ellos, en el club o en el café. Hasta en sus casas imperaba la separación de sexos. Rafael Obligado, poeta y rico hacendado, muy argentinista, recibía con mate y cigarros en el tercer piso de su domicilio (Tacuarí y Rivadavia), sin molestar a la familia que habitaba en los primeros pisos. Los más europeizantes escritores del Círculo Científico Literario se reunían en el Colegio Nacional, en lo de Julio Mitre y los domingos, en la quinta de Alberto Navarro Viola.

Hacia 1900, las reglas sociales imponían una rígida separación de sexos; las mujeres del grupo social dominante se visitaban seguido, cada una tenía una día reservado, pero eran reuniones restringidas a los amigos y parientes cercanos. Se daban, claro, algunas excepciones. Joaquina Arana de Torres (1840-1940), viuda del fuerte hacendado roquista Gregorio (Goyo) Torres, y su hija, Susana Torres de Castex (1866-1937), abrieron su mansión de Callao 1730 a políticos y personalidades varias, desde presidentes de la Nación a grandes músicos y cantantes, como Paderewski, Caruso, la Barrientos y Rosa Raisa. En una soirée memorable (1913), las Torres prepararon una platea en el patio para que 300 invitados escucharan cantar Parsifal a los mismos artistas que lo presentarían más tarde en el teatro Colón.

Las hermanas Lange

El creciente cosmopolitismo y refinamiento de Buenos Aires entre 1910 y 1930 permitió una amplia oferta de reuniones culturales que Antonio Requeni ha evocado en Cronicón de las Peñas de Buenos Aires . La gente se reunía en restaurantes, en cafés, en las redacciones de los diarios y en tertulias literarias como la presidida por Rosa del Mazo, la madre de Macedonio Fernández. La más celebrada reunión cultural de esos tiempos fue la convocada por las hermanas Lange en la calle Tronador (Belgrano R), evocada por Marechal en las páginas de Adán Buenosayres . Una pléyade de escritores consagrados -como Horacio Quiroga- o en trance de serlo -Borges, Marechal, Scalabrini Ortiz- concurría los sábados y los domingos a esta residencia de la mediana burguesía, adornada por la belleza y el talento de las Lange. Por su parte, Elías Castelnuovo invitaba a su casa de Sadi Carnot a Roberto Arlt y a escritores preocupados en las cuestiones sociales, mientras que Jorge Max Rodhe, en la tradición del cenáculo, recibía los sábados. Lugones era su invitado de honor.

La presencia del embajador de México, Alfonso Reyes, (1927) marcó el cenit de esta época dorada para la creación literaria. Por entonces, algunas mujeres notables se esmeraban a la hora del té. Así lo hicieron las del grupo de Sur , Victoria Ocampo y María Rosa Oliver, aunque ésta última solía hacer comprar en el almacén de la esquina de San Martín y Charcas, gin, vermouth y jerez. En cuanto a Victoria, además de servir el té, invitaba a almorzar y a comer, aunque no parece haber recibido en días fijos. Era una gran anfitriona. En una de sus reuniones -escribe María Esther Vázquez- Eduardo de Gales oyó tocar la guitarra a Ricardo Güiraldes, y junto a Ansermet ejecutó un dúo donde el maestro tocaba el piano y el príncipe, el exótico ukelele.

Las divisiones entre fascismo y antifascismo y entre peronismo y antiperonismo crearon antinomias irreversibles en la sociedad argentina que afectaron el trato entre los intelectuales. (O.H. Villordo, señala el salón literario de María Eugenia Monti Luro de Crespo, una dama muy antiperonista, como representativo de los años 40). Pero todavía en la década de 1950/60, "Manucho" Mujica Láinez derrochaba ingenio en los salones adonde acudía con sus amigos: el de la escritora Luisa Mercedes Levinson, en el barrio de Belgrano, o el de Ester Zemborain de Torres Duggan. Por entonces, los viernes de Señales nuclearon, en el amplio salón de la revista literaria que dirigía María Esther de Miguel, a un caracterizado grupo de intelectuales.

Seguía y seguiría habiendo buenas épocas para los autores y los artistas argentinos. No obstante, en los últimos tiempos, en la década del 80, el ritmo de la vida moderna ha dificultado, mucho más que la política, los encuentros periódicos, los diálogos por el mero gusto de conversar, la lenta gestación de gustos, modas, autores, estilos. Los muy ricos estaban ocupados en consolidar su fortuna más que en atender círculos culturales.

Salones, tertulias, cenáculos y hasta peñas de café van desapareciendo como todos los vestigios de aquel siglo XVIII -el de las Luces- con el que nacieron. Contra esas tenues luces de antaño conspiran hoy las demasiado visibles de los medios de comunicación masivos, donde la fugacidad del momento se impone al largo tiempo de elaboración artesanal de la cultura. Aún existen esas reuniones culturales y sin duda no morirán del todo, pero con dificultades casi insalvables para perdurar y trascender.

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