Burritos

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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16 de mayo de 2018  

Hay historias que si no son ciertas merecerían serlo. Es el caso de los esforzados burritos que durante añares estuvieron subiendo mármoles blancos a la Acrópolis, la sagrada colina de Atenas, con los que se construyó el Partenón, el templo encargado por Pericles en el siglo V antes de Cristo en agradecimiento a los dioses.

Con sol o lluvia, calor o frío, los nobles animales hacían su rutinario trayecto de la base a lo alto de la Acrópolis y viceversa, día tras día.

La leyenda cuenta que cuando el espléndido monumento quedó terminado, las autoridades decidieron premiar a los asnos dándoles la libertad para que pudiesen pastar y descansar a su gusto. Y entonces sucedió algo asombroso: aun sin ninguna directiva, y sin carga alguna que llevar, de todos modos siguieron haciendo el mismo trayecto diariamente de tan automatizado que lo tenían.

¿Difícil de creer? ¿Cuántas veces cortamos sobresaltados el sueño un sábado porque el despertador no había sonado y nos vestimos apurados pensando que era un día hábil? El otro día subí al auto para ir a hacer un trámite, puse mi pensamiento en piloto automático y cuando me quise acordar estaba en camino hacia este diario, mi trabajo. Me acordé de los burritos.

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