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Emprendedores

Buscó trabajo para barrer en un teatro y pasó de villana de telenovelas a crear conocidos bares en Argentina y Brasil

Jimena Barrionuevo
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20 de mayo de 2018  • 20:31

"¿No necesita a alguien que barra los pisos del escenario? Mi nombre es Patricia Scheuer y estoy buscando trabajo", le dijo en un tono firme y seguro por teléfono a quien entonces era director de la compañía de teatro The Suburban Players, en San Isidro, provincia de Buenos Aires. Tenía 41 años, dos hijos adolescentes que mantener y estaba atravesando la separación de su esposo, un vínculo que habían tenido por más de 20 años. Aunque la angustia la invadía de algo estaba segura: necesitaba conectarse con aquello que en algún momento la había hecho feliz y darle un nuevo sentido a su vida.

Fuente: LA NACION - Crédito: Hernán Zenteno

La actuación y el canto fueron los espacios que rescató en ese momento de su vida. "Empecé a cantar en el colegio. Tuve la suerte de que en esa época el mismísimo Jorge Calandrelli -que ganó seis premios Grammy- viniera a trabajar en la escuela. Él nos llevó a RCA a hacer unas grabaciones y desde que terminé quinto año me dediqué en forma profesional al canto por varios años", recuerda Scheuer. Luego estudió teatro, pasó por la facultad de derecho de la Universidad Católica Argentina, trabajó como cadeta en una escribanía y vivió de la actuación durante mucho tiempo hasta que devino en librera porque "era una forma segura de poner un plato de comida caliente en la mesa todas las noches".

Como actriz y cantante, además de ser la protagonista de la publicidad del secarropas que anunciaba en su jingle "poderoso el chiqutín", supo ser la "villana" de las telenovelas de la época. "Me llamaban porque encajaba a la perfección con el estereotipo de la mala: era alta, rubia (el pelo colorado es de la adultez) y daba fina", dice con sensatez. Aquel llamado telefónico surtió efecto y Patricia comenzó a rearmarse desde cero.

ADN culinario

Fuente: LA NACION - Crédito: Hernán Zenteno

La cocina es una constante que se repite en sus recuerdos, cualquiera sea la etapa de su vida a la que se remonte. "Mi mamá era americana y había venido a la Argentina para casarse y vivir con mi papá. Ella no hablaba una sola palabra en castellano y supongo que por nostalgia, por el desarraigo y por el hecho de no tener vida social, se refugiaba en la cocina. Era noctámbula, leía libros de cocina a la madrugada y se quedaba despierta preparando dulces. La casa se llenaba de aromas exquisitos", dice con una sonrisa.

Heredó la pasión por cocinar y darle de comer a los otros como una forma de demostrar cariño. Y lo trasladó a su casa cuando contrajo matrimonio y se convirtió en madre de Camila (38) y Ludovico (28 años, que comenzó con Inés de los Santos a los 13 años y creó una coctelería propia y moderna que hoy lo posiciona como uno de los más destacados en el rubro). "Siempre cociné en mi casa. Tuve que aprender a preparar lo que mi marido, un italiano de Venecia criado en la Argentina, comía. Jamás compré una verdura en mi vida. Todo provenía de la quinta de mis suegros así que disfruto mucho comer y ver comer a los demás. La cocina es mi lugar en el mundo". Quizás por eso, hoy su cocina, tiene nada más y nada menos que 80 mts2 como una forma de rendir homenaje a su pasión.

No tiene muy claro cómo fue el recorrido que la convirtió en referente de la gastronomía local, pero entiende que dar de comer y entretener van juntos. Creadora (junto a su socio Luis Morandi) de clásicos como Gran Bar Danzón, Sucre, Bar Uriarte, Arturito en San Pablo, Brasil, BASA en Retiro, entre otros, asegura que el del gastronómico es un oficio maravilloso que involucra los sentidos: lo estético, lo social, lo artístico. "Cada detalle cuenta cuando uno se dispone a disfrutar de una rica comida. Porque si uno elige este tipo de lugares para comer, no es solamente por lo que le van a servir en el plato estrictamente. Uno viene en busca de una experiencia. Entonces, la luz, la música, el entorno, todo influye. Por ejemplo, si los graves que suenan de fondo están mal ecualizados, eso va a generar una vibración en el estómago que va a hacer que haya algo que no resulta del todo cómodo, por más que la comida sea la más sabrosa del mundo", explica. Y enseguida aclara que eso lo aprendió en su formación teatral.

Fuente: LA NACION - Crédito: Hernán Zenteno

Scheuer también reconoce que para llegar, hay que trabajar mucho."A mí me encanta, la paso muy bien, hace muchísimos años que estoy en esto, no me quejo ni un poquito". De hecho, confiesa que es una persona que trabaja sin descanso los siete días de la semana, que no se toma francos ni vacaciones. Muchos le preguntan cuándo va a tener una vida. "Mi respuesta es siempre la misma: esta es mi vida, la vida que elegí, me encanta, la disfruto, me da placer, y no me permitió tener asignaturas pendientes ni arrepentimientos, y eso es un éxito, ese el éxito".

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