Decisiones claves para calmar la tempestad

Joaquín Morales Solá
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16 de mayo de 2018  

¿Pasó ya la peor parte de la tempestad? Un día sin furia en los mercados no es necesariamente el fin de nada, pero podría significar el principio del fin de la peor crisis que debió enfrentar Mauricio Macri desde que es presidente. Si fue el embrión de un final o solo una tregua se verá con el correr de los días, cuando se compruebe si el día de ayer fue una excepción dentro de la crisis o el principio de una tendencia.

El Gobierno salió ayer relativamente airoso del supermartes después de tomar dos decisiones significativas. Dispuso anteayer una devaluación de hecho, cuando ofreció 5000 millones de dólares al precio de 25 pesos el dólar . Aunque el dólar cerró por debajo de ese precio, significa una devaluación de más del 35 por ciento en lo que va de 2018. Al mismo tiempo, decidió una notable apertura política, que incluyó desde gobernadores y senadores opositores hasta aliados importantes que se habían autoexcluido de las decisiones de la administración. Se fueron de la mesa chica del poder porque sencillamente no coincidían con las costumbres políticas del núcleo duro del macrismo.

Al final del día, el valor del dólar había retrocedido y la totalidad de las Lebac fue renovada. Ejemplo de que los cambios en el plano internacional influyen poco en la crisis argentina: ayer volvió a subir, aunque levemente, la tasa de interés de los bonos norteamericanos a diez años (pagarán intereses apenas por encima del 3 por ciento).

Sin embargo, esa novedad provocó una devaluación, también leve, en muchos países de América Latina. La Argentina fue la excepción, porque revalorizó su moneda respecto del día anterior. Antes, había construido otra excepción: fue el único país latinoamericano que debió recurrir al Fondo Monetario tras la suba de las tasas de interés en los Estados Unidos. Conviene reconocer, para no errar el diagnóstico, que los problemas locales son más domésticos que consecuencias de mutaciones internacionales.

Luis Caputo, titular de Finanzas, confirmó ayer lo que Macri suele decir en la intimidad: es el ministro más importante de su gabinete después, desde ya, de Marcos Peña. Caputo fue el único funcionario nacional que en medio del verano, a principios de año, percibió que se avecinaban cambios importantes en la economía norteamericana.

Consiguió en el acto créditos por 9000 millones de dólares. Poco después contrajo deuda en el mercado local y terminó por asegurar la financiación del déficit en más del 80 por ciento para este año. Descerrajada la crisis en las últimas semanas, no pudo asegurarle al Presidente que conseguiría el financiamiento para lo que resta del mandato de Macri. Entonces le aconsejó recurrir al FMI , el prestamista de última instancia, porque advirtió que era mejor hacerlo ahora y no en abril o mayo del año próximo, cuando ya la campaña electoral por la presidencia habrá entrado en su etapa decisiva. Fuentes oficiales inmejorables aseguraron que la decisión de Caputo de ayer de colocar bonos del tesoro en pesos a ocho años fue la decisión clave que significó un crucial punto de inflexión de la crisis. Por primera vez en mucho tiempo, además, el Banco Central y el equipo económico (o Caputo, más precisamente) trabajaron con perfecta coordinación.

Podrá decirse que el Gobierno logró frenar la hemorragia con una devaluación importante, pero también es cierto que evitó una devaluación mayor. Algunos economistas ortodoxos le estaban pidiendo un precio del dólar de entre 28 y 30 pesos. Fue el propio Presidente el que pidió que no se llegara a esas cifras porque "mucha gente la pasará muy mal", según dijeron fuentes oficiales.

No hay casualidades en políticas (o son muy raras cuando suceden). Y es comprobable que, más allá de algunas acertadas decisiones financieras, la economía se calmó cuando se calmó la política. Macri puede enviar mensajeros a la oposición y lo hace permanentemente, pero no hay nada mejor para sus opositores racionales que una conversación con el propio presidente.

Estuvo con los gobernadores peronistas más sensatos, después de que estos dejaron hacer a sus diputados en el proyecto de ley sobre las tarifas de los servicios públicos, y los mandatarios cambiaron luego ostensiblemente. El más notorio fue el gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti, quien pidió públicamente que el Senado rechace ese proyecto, porque, señaló, la atribución de fijar tarifas es del Poder Ejecutivo y no del Congreso. Algo, es cierto, se había interpuesto entre aquellos días de fiesta demagógica en la Cámara de Diputados y los frenéticos días de la crisis reciente: fue el susto de gran parte de los dirigentes opositores o de los que, al menos, no quieren terminar calcinados por el mismo fuego.

Después, Macri se vio con los líderes de los bloques del Senado, con la obvia excepción del cristinismo, y todos se comprometieron, en un posterior documento público, a asegurar la estabilidad política y económica del país. Las cosas viejas parecen a veces nuevas: la política es el arte de la conversación. También es su obligación.

¿Qué significa en ese contexto el "acuerdo nacional" anunciado ayer por el jefe de Gabinete? Es imposible predecir la exacta dimensión de las cosas, sobre todo porque ni el oficialismo conoce su decurso. Por ahora, implica un trabajo colectivo con los gobernadores para elaborar el presupuesto del año próximo. El ministro del Interior, Rogelio Frigerio, fue el más directo en la reciente reunión del Presidente con los gobernadores: "¿Qué están dispuestos a sacrificar?", les preguntó a los mandatarios como quien les anticipaba que esa reunión era el principio de una negociación más importante y no solo la escenografía de una foto (que tampoco existió). En verdad, la negociación solo comenzó. Rondas necesariamente complejas esperan tanto al gobierno federal como a los gobernadores para dar forma al presupuesto del año próximo. La inflación de abril, cercana al imponente 3 por ciento, confirmó que con el déficit actual es imposible controlar su escalada.

Ese presupuesto será también la forma de evitar que el Congreso analice y apruebe (o rechace) el acuerdo con el Fondo Monetario, porque las conclusiones de los tratos con el organismo internacional estarán en el presupuesto. Es lo que ya anticipó el jefe del bloque de peronistas no cristinistas del Senado, Miguel Pichetto, palabras que Macri suele reconocer en la intimidad.

Pero el requisito para que el presupuesto sea aprobado por las dos cámaras del Congreso es que cuente con el visto bueno de los gobernadores. Esas negociaciones no serán fáciles ni breves, porque se tratará de resignar recursos, no de repartirlos. Anticipan, más allá de toda especulación, una negociación política. La dificultad de la novedad no resta méritos al regreso de la política más pura.

Macri les abrió la mano también a los aliados y a los díscolos. En rigor, se trata de un solo díscolo: Emilio Monzó, que anunció que se iría el año próximo de la Cámara de Diputados. Monzó venía objetando la poca importancia que el vértice de la administración le daba a la política. Pero la política es cruel: quien anuncia que se irá ya se fue. El adiós de Monzó intranquilizó a los mercados, que veían en él al único que podía asegurar el control de la cámara más difícil del Congreso.

Para frenar la pérdida de poder de Monzó, Macri difundió fotos de reuniones de gabinete con Monzó sentado a su derecha. El lunes anunció que lo incorporó a la mesa chica del poder. El regreso de Frigerio a ese decisivo núcleo es un anuncio vacío: el ministro del Interior nunca se fue de esa mesa. Otra cosa es si lo escuchaban o no. También volvió Ernesto Sanz, el radical que junto con Oscar Aguad fue uno de los dos más decididos a que el viejo partido de Alem apoyara la candidatura presidencial de Macri. La diferencia es que, esta vez, Sanz pidió el aval de su partido para estar sentado a esa mesa. Nunca hubiera aceptado volver, de donde se fue por su propia voluntad, sin el respaldo explícito del radicalismo. Lo tuvo. También el gobierno incorporó a Fernando Sánchez, el único lilito que cuenta con la confianza de Macri y de Elisa Carrió al mismo tiempo.

Es probable, en efecto, que la peor parte de la crisis haya quedado atrás. El trabajo que queda no es menor: hacer un balance de las pérdidas, achicar los consecuentes daños y comenzar la indispensable reconstrucción política y económica.

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