La caída del premio Nobel de literatura

Javier Navia
Javier Navia LA NACION
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20 de mayo de 2018  

Lo que no pudieron las críticas por el galardón a Bob Dylan; lo que no logró siquiera la reprochable admisión de que Borges nunca lo ganó debido a su estilo "demasiado exclusivo o artificial en su ingenioso arte en miniatura"; lo que no consiguieron las polémicas que cada octubre rodean al anuncio de la Academia Sueca, lo acaba de lograr -cómo no- el movimiento MeToo: el Nobel de Literatura está envuelto en una crisis sin precedente y, por primera vez desde 1943, este año no será entregado.

Instituido tras la muerte de Alfred Nobel, siguiendo la voluntad expresada en su testamento, el premio literario se otorga desde 1901, cuando lo obtuvo el poeta francés Sully Prudhomme. Desde entonces solo no fue entregado en siete oportunidades (1914, 1918, 1935 y el período 1940-1943), mientras que en 1904, 1917, 1966 y 1974 lo recibieron dos autores en cada ocasión.

Pero en las últimas décadas pocas veces no ha estado exento de polémica. Es que la lista de quienes nunca lo recibieron es, cuanto menos, tan prestigiosa como la de quienes sí lo han ostentado, e incluye a figuras tan rutilantes como Rubén Darío, León Tolstoi, Émile Zola, Franz Kafka, Marcel Proust y Borges. En algunos casos, la crítica consideró que se había debido a causas políticas, en especial en el caso del escritor argentino. Sin embargo, fue el propio presidente del Comité Nobel, Anders Österling, quien aclaró, en enero pasado, que los motivos por los que Borges nunca recibió el premio fueron exclusivamente literarios. Una aclaración que no hizo más que ahondar los cuestionamientos a los criterios de la Academia.

No obstante, no fueron estas controversias las detonantes de la peor crisis para el castigado Nobel, sino el escándalo desatado tras las denuncias de 18 mujeres contra el dramaturgo y fotógrafo Jean-Claude Arnault, esposo de la académica Katarina Frostenson, por acosos y abusos sexuales. Arnault, director de un centro cultural que recibía miles de euros de financiación de la Academia, habría además filtrado en varias oportunidades el nombre de los galardonados antes del anuncio oficial, según determinó una auditoría. "La Academia está actualmente mermada y afronta una pérdida de confianza del público", admitió la directora administrativa, Louise Hedberg, al anunciar la suspensión de la entrega del premio, mientras la prensa internacional comparaba el daño causado por Arnault con el provocado a Hollywood por el productor Harvey Weinstein.

Quizá la crisis sea oportuna para recordar, como escribió días atrás la crítica cultural de la revista The New Yorker Alexandra Schwartz, que detrás del Nobel solo hay un pequeño y homogéneo grupo de suecos falibles, sobre quienes recae la responsabilidad de regir el mundo de la literatura. Tal vez sea una tarea demasiado ambiciosa para cualquier academia y, cuando las aguas se aquieten, todos debamos reconsiderar el carácter de su relevancia. Será difícil en una época en que todo necesita un rótulo y un ranking. Pero le hará mejor a un galardón que debería volver a ser visto como lo que es: un premio tradicional y falible otorgado por gente imperfecta.

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