El arte de Simeone, un Karadagián moderno

Cristian Grosso
Cristian Grosso LA NACION
Diego Simeone, campeón de la Europa League
Diego Simeone, campeón de la Europa League Fuente: Reuters
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16 de mayo de 2018  • 19:21

De chico, Diego Simeone elegía ser Martín Karadagián. ¿Por qué? Porque era el que ganaba.

Cuando perdió la final más importante de su vida, hace casi dos años, de nuevo ante el Real, en el Giuseppe Meazza, el otro patio de su casa, eligió la flagelación deportiva: "Del segundo no se acuerda nadie, perder dos finales es un fracaso". Imposible compartir ese veredicto, pero a él le importa lo que le corre por sus tripas. Es así Diego Simeone, apasionadamente desproporcionado. "El que gana es el mejor, no hay injusticias en el fútbol", subraya ahora cuando intentarán minimizarle la conquista porque ganó, sí, pero la hermanita menor de la Champions. A él sólo lo reconforta ganar y acaba de conseguirlo.

Hay tres equipos que Simeone nunca dirigiría: Independiente, Brasil y Real Madrid. Una camisa blanca le remite al Real, por eso está casi prohibida en su vestuario. Entonces viste de azul, gris oscuro, negro o celeste. Con el entallado traje azul petróleo que abre la temporada, también la cierra. Le queda un partido -el domingo ante Eibar, en el final de la Liga española- para ir a la subasta, como cada saco campeón. Esto nunca podrá confesarlo: tal vez prefiera que el equipo de Zinedine Zidane le gane la Champions a Liverpool. Solo para encontrárselo en agosto en la definición de la Supercopa europea que reunirá a los reyes del continente. Se fascinará con la idea de que pueda haber algo reparador en ese cruce.

Siempre se abraza a la épica. "La mejor manera de volver a ganar es insistiendo", percute. Después del peor mazazo de su carrera, se impuso reinventarse. El Cholo es muy intuitivo y exploró la atmósfera del Atlético de Madrid. Si olía conformismo, esos trazos del pasado colchonero..., adiós. El nuevo estadio Wanda Metropolitano, el récord de 118.064 socios, los esfuerzos para retener a Griezmann y por repatriar a Diego Costa... Detectó rebeldía y empezó la reconstrucción.

En su Atlético la pereza conduce al destierro. Por eso la inmolación. Esa generosidad no es virtud de la preparación física, sino de la convicción de un grupo de gente que sabe que está haciendo historia. "Puedo estar en casa o en el hotel que ellos caminan igual", destaca. El entrenador los convenció de eso. ¿Simeone sueña? Palabra peligrosa en su vocabulario porque teme estar durmiéndose. Para él, los sueños sirven. si se pueden trasladar a la realidad. Cuando dos empates con el desconocido Qarabang, de Azerbaiyán, lo expulsó de la Champions antes de la última Navidad, juró que muy pronto se tomaría revancha. Algunos profetizaron el derrumbe y lo miraron con piadosa condescendencia. La venganza estaba agazapada, su victoria perfecta.

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