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La salida del acuerdo con Irán, una mala señal para un régimen paranoico

Adrián Foncillas
Adrián Foncillas PARA LA NACION
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17 de mayo de 2018  

PEKÍN.- Mike Pompeo, jefe de la diplomacia norteamericana, volaba a Pyongyang para negociar el tratado de desnuclearización con Corea del Norte mientras su presidente, Donald Trump, rompía el vigente con Irán. No parece el tipo de señal que tranquiliza a un interlocutor instalado en la paranoia y que interpreta su arsenal atómico como un seguro de vida.

El gremio de expertos que ya alertaba sobre el pedregoso camino hacia la desnuclearización ha recibido esa medida como una tragedia.

"Solo un tonto podría confiar en que Estados Unidos cumplirá su palabra", respondía Robert Kelly, respetado norcoreólogo de la Universidad de Pusan, desde Twitter.

La conclusión es unánime: Trump ha demostrado que Estados Unidos es un socio que deshonra sus acuerdos.

Su andadura en la Casa Blanca es, de hecho, una sucesión de compromisos rotos, desde los pactos climáticos de París hasta el tratado económico del Pacífico. Quizá su electorado más irreductible aplauda la demolición de lo que edificó con tanto sudor su predecesor, Barack Obama, pero ese juicio cambiante de las democracias se entiende mal en Corea del Norte. La dinastía Kim acumula siete décadas en el poder y es más que probable que el actual líder siga reinando mucho después de que Trump haya dejado la Casa Blanca.

Pyongyang ya ha sufrido la volatilidad estadounidense. En 1994 firmó un acuerdo ambicioso con Bill Clinton que funcionó razonablemente bien hasta que su sucesor, George W. Bush, incluyó a Corea del Norte en el eje del mal junto al Irak que se disponía a invadir.

Algunos expertos señalan el perfil de esta administración como la garantía del futuro tratado: es difícil imaginar que sea relevada por otra más beligerante y repleta de halcones. Pero es probable que a Corea del Norte no le desvelen los sucesores de Trump, sino Trump.

"Kim Jong-un no planea confiar en las garantías de seguridad de Estados Unidos, que pueden ser anuladas en cualquier momento como hemos visto en el caso de Irán, ni entregar su arsenal nuclear", señala Tong Zhao, experto en seguridad del Centro Carnegie-Tsinghua. En el mejor de los casos, añade, será un proceso largo y a la medida norcoreana. "Estados Unidos insistirá en el objetivo de una desnuclearización completa, verificable e irreversible, pero ya no tiene la fuerza coercitiva para imponerlo", añade.

Será necesario esperar a que se concrete la cumbre entre Kim Jong-un y Trump de junio en Singapur para saber qué entiende Corea del Norte por desnuclearización: quizás un compromiso para congelar el programa, quizá la promesa de no atacar el primero... Es improbable que su interpretación coincida con la estadounidense.

El mundo veía el acuerdo con Irán como una hoja de ruta para Corea del Norte. Era un tratado multilateral que devolvía al país a la ortodoxia global y levantaba las sanciones a cambio de su programa nuclear. Pero Trump lo canceló a pesar de que los inspectores certificaron el cumplimiento iraní y en contra de la comunidad internacional, los expertos y el sentido común. Corea del Norte habrá entendido que ni siquiera su acatamiento escrupuloso (y ese no es un supuesto excesivamente realista) impedirá a Trump echarse atrás.

Pompeo desdeñó los efectos días atrás. "No creo que Kim Jong-un esté mirando el acuerdo de Irán y diga: Dios mío, si ellos lo rompen, no hablaré más con los americanos", dijo a la prensa. Desde la órbita presidencial se vende esa ruptura, paradójicamente, como una garantía para los norcoreanos: si Trump lo firma será suficientemente bueno y firme, no como ese tratado iraní al que le achacan miles de lagunas, y merecerá el respeto eterno.

Ocurre que ese argumento coloca el listón muy alto, limita el margen negociador de Trump y le obliga a conseguir un acuerdo de máximos al que Corea del Norte no parece predispuesta. Esas expectativas empujan a una doble vía de fracaso: la humillante aceptación de Trump de un acuerdo más humilde y realista o la ruptura de negociaciones. Corea del Norte siempre podrá regresar al estado anterior y en un escenario incluso mejorado por la sintonía recuperada con Pekín después de las dos cumbres presidenciales de las últimas semanas. China también había firmado el acuerdo de Irán que deshonró Trump.

"Creo que acordarán una vaga declaración de intenciones, quizá que Estados Unidos firme el tratado de paz en el que se está trabajando, y poco más", opina Richard Bitzinger, experto en seguridad en Asia de S. Rajaratnam School. Trump cantará victoria, añade, pero Corea del Norte será la ganadora con su alineamiento con Pekín, importaciones de combustible e intercambios comerciales. "La supervivencia de la dinastía Kim depende de la beligerancia de Estados Unidos y el miedo a sus ataques. La paranoia es lo que mantiene al régimen en el poder. No creo que Kim Jong-un quiera renunciar a eso", sentencia.

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