El cuidado de nuestros hijos en la primera infancia

Bernardo Stamateas
Bernardo Stamateas PARA LA NACION
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16 de mayo de 2018  • 20:34

Debido a la gran cantidad de consultas que recibo sobre los hijos pequeños, comparto a continuación algunas ideas prácticas para que las pensemos juntos.

¿Cuál es el trabajo del niño? Jugar y, con el tiempo, estudiar y desarrollarse. Es importante como padres:

Saber que, en la primera infancia, la prioridad es nuestro rol de cuidadores

El niño necesita ser y sentirse cuidado por sus padres. Esto implica establecer límites. Decirle "sí" y "no" no es para que se porte bien, sino para que guarde dentro suyo estas dos palabras que utilizará en el futuro. No todo debe ser "sí", ni todo debe ser "no". Los límites generan estima (seguridad) en los chicos. Pero estos deberían ser siempre coherentes. Un "no" nunca tiene que ser "porque lo digo yo y punto". Al poner límites, los padres somos referentes de las conductas que queremos enseñarles a nuestros hijos. Como bien sabemos, esto significa ser coherente con lo que decimos y hacemos. Los límites son móviles. No es lo mismo un límite a los 4 que a los 6 años. A medida que nuestros hijos van creciendo, vamos ampliando su campo de responsabilidades.

Los límites son una manera de cuidarlos, pero también pueden surgir actitudes que parecen límites pero no lo son. Por ejemplo, gritar o pegar no es poner límites, sino más bien ausencia de límites. La sobreprotección tampoco es un límite, sino que esconde en realidad el miedo de los padres.

Los padres nunca deberíamos pelear con nuestros hijos pequeños. Un papá no puede no hablarle a su hijo de 8 años a modo de castigo porque es un adulto, tanto física como emocionalmente.

Desarrollar sus capacidades estimulándolos

Podemos estimular a nuestros hijos pequeños hablándoles bien de su colegio, enseñándoles a sociabilizarse, a jugar y a compartir con sus amigos. La diferencia entre cuidar y controlar está en el objetivo. Cuando estamos cuidando, controlamos algunas cosas pero el objetivo es distinto, es la libertad; mientras que en el control, el objetivo es: "No quiero que seas libre, te quiero dominar".

Desarrollar su autonomía

Cuando nuestros hijos son pequeños, los bañamos, los vestimos, les damos de comer, para ir enseñándoles que todo esto lo pueden lograr por ellos mismos; los vamos dejando solos progresivamente para que lleven a cabo el "ensayo y error", mientras estamos atentos a cómo lo hacen. A medida que van creciendo, deberíamos controlar menos pero, si es necesario, podemos volver a la escena para enseñar nuevamente.

Por ejemplo, cuando les enseñamos a ir al baño solos, primero se los explicamos y luego los dejamos solos, pero volvemos a chequear. Así progresivamente van desarrollando su autonomía. Muchas personas que han crecido sobreprotegidas tienen en la adultez temor de avanzar en la vida.

Nuestros hijos necesitan los tres regalos eternos que les podemos hacer:

  • Ser mirados
  • Ser oídos
  • Ser acariciados

Permitir un espacio de alegría y de libertad

Para que nuestros hijos se sientan amados y protegidos, necesitan poder expresar sus miedos. Tanto el miedo como el valor son contagiosos, por eso, siempre deberíamos elogiar sus logros y remarcar sus fortalezas.

Los hijos no necesitan padres-amigos, sino amigables, que los acompañen en su crecimiento transmitiéndoles valores tales como la honestidad, la transparencia, el respeto y la empatía.

Brindarles un espacio de diferenciación con los otros hermanos

Es fundamental poner en evidencia la singularidad de cada uno, teniendo un espacio y un tiempo especial con cada uno de ellos.

Los hermanos buscan estar unidos pero, a la vez, sentirse separados. Es decir, tener su propio espacio, sus cosas, sus preferencias. Los padres podemos enseñarles a compartir haciéndoles ver que no hay favoritismos ni comparaciones.

Para concluir, dos ideas para los padres que trabajan mucho:

En primer lugar, rituales familiares para todos un día fijo en la semana. Por ejemplo, los viernes mirar una película comiendo pochoclo, o el domingo ir a comer pastas a la casa de la abuela. Debe ser algo atractivo y mantenerse fijo, lo cual permite disfrutar de estabilidad y construir recuerdos que van a acompañar su memoria para siempre. ¿Quién no recuerda algún ritual que tuvo con sus padres de chico?

Y, en segundo lugar, tiempo de calidad. Sin celulares, mirándolos a los ojos, compartiendo, disfrutando y transformando el vínculo es uno de los dones más maravillosos que tenemos los seres humanos: amar a nuestros hijos y formarlos para convertirse en personas de bien.

Si tenés alguna inquietud, podés escribirme a Bernardoresponde@gmail.com

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