Esperanza versus cinismo

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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17 de mayo de 2018  

Resulta difícil sustraerse a la impresión que dejan las lecturas filosóficas tempranas. En mi caso, esa impresión fue El mundo como voluntad y representación, el libro que Arthur Schopenhauer publicó en 1819 y que contenía todas las ideas que luego iría devanando como un ovillo en sus escritos posteriores.

Tuvo una sola idea y la desplegó hasta sus últimas consecuencias; literalmente, las gastó. Lo descubrí a los 16 años, y si bien muchos encontraron allí desesperación, yo leía más bien la primera filosofía sistemática que ponía el arte en el centro de la escena. Ahora, en cambio, no puedo sentir sino una compasión imprecisa por quien era yo entonces. Sigo enseñando a Schopenhauer todos los años en mis clases, pero como algo ajeno, lejano, y no con la posesión anterior. Compasión, una palabra muy schopenhaueriana, casi una hermandad en la penuria.

Una sorpresa semejante (mutatis mutandis, como decían los latinos) tuvo Borges durante los años que pasó en Ginebra desde 1914. Él se había enseñado a sí mismo alemán para leer a Kant, pero terminó usándolo para leer al poeta Heine y a Schopenhauer. Medio siglo después, en el libro El otro, el mismo, está "Otro poema de los dones", que empieza con el verso "Gracias quiero dar al divino Laberinto de los efectos y de las causas" y que, en la enumeración, anota: "Por Schopenhauer, que acaso descifró el universo".

¿Qué creyó descifrar exactamente Schopenhauer? En pocas palabras, que achatan su pensamiento: que el mundo es una ilusión que nos tiende eso que él llama "la voluntad (fuerza cósmica que guarda un aire de familia con lo que Freud llamaría después "deseo"), origen de todos nuestros dolores, de la que, por lo tanto, nos conviene liberarnos. Aparte del ascetismo y la santidad, solo el arte nos confiere un provisorio consuelo del yugo circular del dolor, el placer y el hastío. La de Schopenhauer es la filosofía de los artistas por excelencia. Otra cosa es lo que los artistas hicieron con ella.

Por ejemplo, ahora, Michel Houellebecq en un libro muy breve recién publicado, En presencia de Schopenhauer. Así como, en una nota de los años treinta, Borges (otra vez) deploraba que en España y en América la imagen popular de Schopenhauer -la lucidez intolerable de su pensamiento- quedara reducida a "una cara de mono deteriorado y una antología de malhumores", con Houellebecq encontramos que esos pensamientos quedan reducidos a una filosofía prêt-à-porter de una época posthumana.

Schopenhauer le confió al poeta Christoph Martin Wieland: "La vida es un asunto lamentable; me he propuesto pasar la mía reflexionando sobre este tema". Eso que era cierto entonces se vuelve mendaz en boca del autor de Sumisión, escéptico aunque hábil para aprovechar la publicidad involuntaria que le dio el atentado contra Charlie Hebdo. También Houellebecq, en sus múltiples e incesantes inconsecuencias, dice haber dejado detrás la fascinación schopenhaueriana y ser ahora "positivista". No podemos estar seguros de nada. A juzgar por sus novelas, el pensamiento de Houellebecq se decanta por el desencanto, la desdicha adolescente, el padre que odia al hijo, la extinción del amor.

Lo deja bien claro en una cínica interpretación de una frase famosa de Stendhal. "La belleza es una promesa de felicidad", había dicho Stendhal y en esas pocas palabras cifraba una idea del arte orientada hacia la utopía, en un continuo aplazamiento de la consumación. Para el cínico Houellebecq, en cambio, "Stendhal hubiera podido escribir, con más precisión: ?El erotismo es una promesa de felicidad'".

El arte no es una salvación, pero puede deparar la insinuación de la esperanza. "Desesperación, consuelo carroñero", escribió el poeta católico Gerard Manley Hopkins. La dimensión de la esperanza parece resultarnos cada vez más extraña. Pero la esperanza no tiene nada que ver con el optimismo. Es un don.

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