Fragmento del libro: Ahora me toca a mí

La escritora y periodista noruega Selma Lønning Aarø
La escritora y periodista noruega Selma Lønning Aarø
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17 de mayo de 2018  • 13:42

Durante mucho tiempo mi marido pensó que era una calentorra.

Que me corría cada vez que lo hacíamos. Y eso era justo lo que yo quería que pensara. Cuando era más joven no me planteaba por qué quería que pensara eso. Me limitaba a fingir el orgasmo. Tensaba el cuerpo, me arqueaba y gemía, respiraba rápida y entrecortadamente. Es una de las ventajas de ser mujer. Podemos fingir. Al menos eso pensé durante mucho tiempo: mientras los hombres tienen que cumplir, las mujeres podemos fingir.

Hasta que un día me cansé de fingir. O tal vez no fuera eso, sino que quería sentir lo que sentía él. Ese gran éxtasis. Ese rugido primitivo. ¿De dónde venía? ¿Cómo era ese éxtasis?

Cuando se lo conté, K se quedó destrozado. Así de bien se me da fingir.

Al principio pensó que la culpa era suya, por supuesto. Creía que no cumplía como hombre y esas cosas.

Se me escapó un viernes por la noche. No teníamos planes. Los niños estaban acostados. K se deshacía en detalles. Quitó la mesa sin que yo se lo pidiera, me acarició el pelo y dijo que le gustaba mi nuevo peinado. Hacía cuatro días que yo había ido a la peluquería. Reconocí las señales y, sin darme cuenta, se me escapó:

-Nunca he tenido un orgasmo.

Lo primero de lo que quiso asegurarse es de que el problema no fuera suyo.

Le dije que no, pero ¿cómo podía saberlo? Podría ser problema suyo perfectamente.

Casi nunca innovamos. La rutina es a grandes rasgos la misma. Me mete la mano en el pantalón, me toca el clítoris como si fuera un timbre, demasiado fuerte. Yo gimo.

-Oh, sí -susurro.

Entonces se me pone encima, me la mete y me la saca, me toca las tetas sin prestarles demasiada atención, como si fuera un paso más en las instrucciones de un manual, algo que hay que hacer, algo que espero que haga.

Mientras tanto, yo pienso en la ropa que lleva una hora en la lavadora.

«Alguien debería tenderla», pienso.

Siempre hace lo mismo. Cree que eso es lo que me gusta.

No le culpo. Durante muchos años he fingido que me gustaba. Durante muchos años le he susurrado «Oh, sí» al oído con voz ronca, respirando fuerte. Creo que le gusta. Creo que lo excita, que lo pone a tono, pero no estoy segura. Tal vez esos gemidos le parezcan tan innecesarios como a mí que me toque tan fuerte el clítoris.

Normalmente no dura mucho. Voy al baño. Hago pis. Tiendo la ropa o recojo un poco la cocina.

A veces no gimo tanto. No quiero que piense que debería durar más por mí, porque de verdad que no hace falta. No me corro. No puedo.

La gente lo llama «el acto». Así que es teatro, y nosotros somos actores que intentan satisfacerse el uno al otro, tratando de fingir.

Pero aunque K es culpable de que no me corra, no toda la culpa es suya. El cuerpo también forma parte del problema. No me relajo, no estoy lo bastante delgada. No me parezco a las mujeres de las películas. A las mujeres de las revistas. Así piensan las adolescentes. Soy una mujer madura, debería estar segura de mí, tener las cosas claras. Pero cuanto mayor soy, más me alejo de lo que llaman «el ideal de belleza femenino que difunden los medios de comunicación». Es como si las mujeres de las revistas vinieran de otra parte, como si fueran de una especie distinta a la mía. Si las mujeres de las películas fueran perros, serían galgos, mientras que yo sería un san bernardo o quizá un rottweiler en uno de mis mejores días con unas copas de más (una vez tuve un perro, pero ya hablaré de eso más adelante).

K dice que todo eso no importa. Dice que soy guapa, que estoy buena, pero no me creo nada. Me parece que lo dice solo para llevarme al huerto. Siempre me miro a mí misma desde fuera. Si K y yo fuéramos una película, ¿cuál seríamos? Esta es una deformación propia de los escritores: imaginarnos, entrevistarnos, crear un escenario a nuestro alrededor.

Creo que mi película con K sería una comedia. La torpeza. Los defectos y limitaciones del cuerpo. Esos molestos y reveladores rayos del fluorescente del techo del baño (a menudo acabamos allí, solo porque esa es la única puerta que puede cerrarse con llave sin levantar sospechas). Esa necesidad de verme constantemente desde fuera no me permite relajarme, y quien no se relaja no tiene orgasmos.

Esta es la teoría en que estoy trabajando. ¿Qué pasaría si estuviera sola? Sin testigos. ¿Podría escaparme de mi propia mirada, relajarme, imaginarme cualquier cosa? ¿Podría cerrar los ojos y convertirme en cualquier otra cosa? ¿En un galgo? ¿En una mujer que se corre?

Creo que nunca podré ser una de esas personas que se relajan por completo. Cada vez que K se corre pienso que el vecino lo oye gritar. Pienso en qué habrá manchado esta vez.

Él no piensa en eso. Cuando lo deja todo perdido, no puedo evitar decírselo. «Podrías tener más cuidado», digo si hay semen en la bata o en una sábana que he lavado hace apenas un par de días. Soy de las que piensan: «No, gracias, acabo de ducharme».

En pocas palabras, soy demasiado práctica.

¿Puede que sea eso? Soy tan práctica que no logro relajarme. Soy demasiado práctica para tener un orgasmo. Mi madre era muy guapa de joven, aunque con una belleza ligeramente inaccesible. Yo no me parezco a ella. No tengo sus piernas largas y esbeltas, ni sus rizos, ni sus ojos azul polar.

No sé si mi madre habrá tenido un orgasmo. Nunca hablaba de sexo cuando yo era pequeña. Si salía el tema, enseguida decía: «Uf». Pero mejor. Yo no tenía ninguna necesidad de hablar de sexo con ella. No me habría gustado que fuera una de esas madres liberadas que te llevan al médico y piden la píldora la primera vez que te besuqueas con un chico. Me las arreglé perfectamente sola. Mis hijas también tendrán que arreglárselas por sí mismas. Temo el día en que les venga la regla y deba decirles algo. A mí me dio mucha vergüenza cuando me bajó. Estaba de excursión con mi padre y mi hermano. Tenía trece años y no les dije nada. Como ya he comentado, siempre he sido práctica, así que me hice mi propio tampón con una bola de algodón, sin pensar en las posibles infecciones. Cuando llegué a casa, lavé la ropa interior manchada de sangre a mano en el lavabo. Mi madre se asomó por detrás.

-¿Te lavas la ropa a mano? -preguntó. Yo asentí-. Pero ¡si tenemos lavadora!

Entonces se lo solté:

-Mamá, me ha venido la regla.

¡Y mi madre se rió! ¡Se rió de mí! Aquella cara bonita que no he heredado se rió de mí. Nunca se lo he perdonado.

Mi madre es el tipo de mujer que se pone delantal en la cocina. Un delantal de esos en que apoyas la cabeza cuando tienes cinco años, uno de esos con los que te limpian los mocos y te secan las lágrimas, que huele a especias y fritura. Uno de esos delantales que huelen a madre. Hasta aquel día me venía a la mente ese delantal cuando pensaba en mi madre. Pero a partir de entonces dejé de apoyar la cabeza en su regazo.

Me niego a creer que soy frígida. Tengo sensibilidad. ¡Soy una calentorra! Bueno, o puedo serlo. A veces. Quizá no tan a menudo como debería, pero también es que llevo mucho tiempo casada. He tenido tres hijos y les he dado el pecho durante años. ¿Se tienen orgasmos después de algo así?

Por lo visto sí. Todo el mundo que conozco tiene orgasmos. O al menos dicen tenerlos. Estoy convencida de que yo también puedo si tengo paciencia. No quiero ser una calentorra total, claro, pero sí una moderada. Y quiero tener un orgasmo. ¿Es mucho pedir?

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