Dilemas de la gestación subrogada

Luciana Mantero
Luciana Mantero PARA LA NACION
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19 de mayo de 2018  

Lucrecia Grimaldi y Pablo Massone eran felices con su primer hijo, Jerónimo, quien fue concebido a partir de un tratamiento de fertilización in vitro, pero tenían el profundo deseo de volver a ser padres. Además, les habían quedado dos embriones congelados sobre los que sentían cierta "responsabilidad". Con un riñón casi colapsado, Lucrecia no podía arriesgarse a otro embarazo. Consiguieron ayuda económica y se embarcaron en la aventura de hacer que los embriones fueran gestados en el vientre de otra mujer en Estados Unidos. En algunos estados de ese país (así como en el Reino Unido, Rusia, Ucrania, Georgia, Grecia y Holanda) está permitido y el sistema legal, organizado para dar protección a los futuros padres y a la mujer gestante. Existe un sistema de booking con entrevistas para elegirla, se las llama carrier; el mecanismo es una industria pujante. Miami es la meca: Marley, Luciana Salazar, Florencia de la V y Flavio Mendoza pueden dar fe.

La operación, por la que la mujer gestante recibe unos 40.000 mil dólares, a ellos les costó cerca de 100.000 mil. Tuvieron varias entrevistas y eligieron a Yanelli Mercado, puertoriqueña, 24 años, casada con una hija. Se eligieron mutuamente. Juana y Olivia fueron directamente de la panza de Yanelli, a los brazos de Lucrecia, quien cortó el cordón umbilical. Hoy, cuatro años después, sostienen el vínculo de afecto y pronto irán a visitarla. "Ella iba a cambiar la vida de mi familia, ¿por qué no voy a poner de mi parte para hacer lo mismo con la familia de ella?", dice Lucrecia.

Juana y Josefina se conocieron esperando al padre Ignacio, en la Iglesia de la Natividad del Señor de Rosario, a donde Juana había ido con su marido a llorar y a pedir por el hijo que, carente de útero, no podía gestar. Se hicieron amigas, Josefina escuchaba la historia y un día se le ocurrió que ella podía llevar el embrión de Juana y su marido -fertilizado en una clínica- en su vientre y después, dar ese bebé a sus padres para que lo criaran con amor. Lo habló con su pareja y ambos estaban de acuerdo. Incluso, con asumir los riesgos físicos del embarazo. Antes debían atravesar el escrutinio judicial. En la Argentina es madre quien pare. Una jueza de Rosario les dio su autorización en el primer fallo de este tipo, allá por 2014. En el país esta técnica no está prohibida, ni regulada. Es la única salida, además de la adopción, para las parejas de varones. Un proyecto de ley descansa en el Congreso.

Mientras tanto, en el mundo, el tema desata un debate feroz. Un ala del feminismo sostiene que cosifica, mercantiliza el cuerpo y da lugar a la explotación de mujeres en situación de vulnerabilidad (psicológica, económica, social). Hace tres décadas, Margaret Atwood escribió El cuento de la criada, novela-ícono del feminismo, éxito mundial. En ella narra una época en la que en Estados Unidos llega al poder un gobierno fundamentalista que va quitándoles los derechos a las mujeres hasta someter a las fértiles a ser una casta destinada parir. "Hay que hacer una diferencia respecto de los vientres subrogados -me dijo Atwood durante su última visita a la Argentina-. La respuesta depende de si la persona fue coercionada o no. Si la mujer lo hace porque es generosa y quiere ayudar a una pareja que no puede tener hijos, entonces lo es. Si la persona es tan pobre que no tiene otro modo de obtener dinero, estamos hablando de coerción económica. ¿Si tuviera dinero lo haría de todas maneras? Hay que tener esto en cuenta".

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