Occidente desaparece del gran tablero estratégico mundial

Al salir del tratado nuclear con Irán, Trump humilló a sus aliados europeos y afectó sus economías; también, comprometió la seguridad internacional y favoreció el avance de China
Carlos Pérez Llana
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20 de mayo de 2018  

La retirada de Estados Unidos del Acuerdo Nuclear suscripto entre Irán y el Grupo 5+1 (que incluye además a Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania), ocurrida la semana pasada, amerita dos lecturas básicas. La primera: la seguridad internacional se verá afectada, porque Donald Trump ignoró el esfuerzo diplomático que significó lograr un compromiso de desarme -que impide por un decenio el acceso iraní al arma nuclear- legitimado en instancia de la ONU. La segunda: decididamente, Washington no ignoró que esta decisión unilateral consagra la irrelevancia del occidentalismo, un concepto que alude a la alianza forjada entre los Estados Unidos y Europa a partir de la Segunda Guerra Mundial.

En Teherán, manifestantes queman una imagen de Trump luego de que Estados Unidos dejara el acuerdo nuclear
En Teherán, manifestantes queman una imagen de Trump luego de que Estados Unidos dejara el acuerdo nuclear Crédito: Vahid Salemi/AP

El G7, espacio económico que incluye a las principales economías euro-americanas y Japón, y que constituye el núcleo del occidentalismo, hace ya tiempo viene perdiendo influencia. En 1995, el G7 constituía el 45% del PBI mundial; en 2018 constituye el 31% y, según proyecciones del FMI, en 2050 esos países contribuirán solo con el 20. Ahora, al pretender consagrar el unilateralismo norteamericano, " América First", Trump humilló a sus aliados europeos (Gran Bretaña, Francia y Alemania). "Las empresas alemanas deben cesar inmediatamente sus actividades en Irán", dijo el embajador americano en Berlín, Richard Grenell. "No se puede confiar en los Estados Unidos", respondió la canciller alemana Angela Merkel. "No podemos actuar como vasallos", acotó el ministro de Finanzas francés, Bruno Le Maire. Este cruce de declaraciones abona el divorcio atlántico.

El ultimátum estadounidense es claro: "otorga" seis meses a las empresas británicas, alemanas y francesas para interrumpir sus actividades en Irán. Como se sabe, el acuerdo suscripto en julio de 2015 prescribe el levantamiento de las sanciones económicas a Teherán, a cambio del compromiso iraní de interrumpir su plan nuclear y aceptar verificaciones de la Agencia Internacional de Energía Nuclear.

A partir de ese momento, la Agencia verificó el cumplimiento de lo acordado y el levantamiento de las sanciones habilitó la venta de petróleo, la firma de acuerdos con empresas petroleras, el comercio y la llegada de inversiones a una economía asfixiada por el aislamiento. El acuerdo fue ratificado por la sociedad iraní en las urnas, ya que en las elecciones presidenciales se impuso el actual presidente, Hasán Rouhaní, comprometido con una agenda que alimentó las esperanzas de cambio al imponerse a los sectores que integran el ala conservadora de la teocracia iraní.

Empresas en apuros

Centenas de empresas germanas y francesas ahora se ven afectadas. Exportaciones de aviones, maquinaria pesada, inversiones automovilísticas, acuerdos petroleros y venta de plantas industriales quedan comprometidas, al aplicar el gobierno estadounidense el principio de extraterritorialidad, que busca disuadir a las compañías. Ningún producto que contenga partes norteamericanas puede exportarse, ninguna operación bancaria puede realizarse y, en caso de no cumplimiento, Washington amenaza con aplicar sanciones a las empresas europeas que poseen intereses en Estados Unidos. Ya sucedió en 2015: el banco francés BNP Paribas fue multado (9000 millones de dólares) por realizar operaciones con el régimen de Teherán.

De ahora en más, el Acuerdo Nuclear quedó en un limbo. En Irán los sectores antiamericanos y antiisraelíes reaccionaron. Sostienen que los moderados fueron engañados con promesas incumplibles y que resultó un error entregar el plan nuclear. Para los europeos el objetivo consiste en preservar el acuerdo, pero no encuentran la fórmula para mantener los vínculos económicos con Teherán y evitar al mismo tiempo las sanciones norteamericanas.

También hace falta que Rusia y China coincidan en el mismo punto. Rusia cultiva alguna ambigüedad, no quiere enfrentarse con Israel, pero la preservación de sus intereses políticos y económicos en la posguerra que se avecina en Siria requiere mantener su alianza con Irán, que tiene allí emplazadas sus tropas especiales. Tampoco a Vladimir Putin le interesa mantener una pulseada perpetua con Trump.

China, en cambio, levanta su perfil. Los compromisos que no puedan cumplir los europeos los absorberán sus petroleras. Es el caso de la francesa Total, asociada a la china CNPC en un gigantesco yacimiento gasífero del Golfo Pérsico. No en vano la primera escala de la gira del ministro de Relaciones Exteriores iraní, Mohammad Zarif, en busca de apoyo para sostener el acuerdo, fue Pekín. Primer importador, China puede involucrar a empresas que no poseen intereses en Estados Unidos. El comercio bilateral entre Pekín y Teherán supera los 30.000 millones de dólares. Según el presidente Xi Jinping, en la próxima década debería superar los 300.000 millones. Queda claro quién se beneficia de las sanciones americanas. China incluyó a Irán en su plan de infraestructura basado en la conectividad geográfica "un camino, una ruta"; compra activos y financia la electrificación ferroviaria iraní. Sin duda, Pekín razona con una mirada de largo plazo.

Eclipse de Occidente

En el gran tablero estratégico, Occidente desaparece. La humillación de Trump tiene un antecedente histórico que se desarrolló en la misma región. En 1956, el presidente Eisenhower obligó a Francia y Gran Bretaña a retirarse de Egipto, al que habían invadido como respuesta a la nacionalización del Canal de Suez decidida por el presidente egipcio, Gamal Nasser. El argumento de la Casa Blanca fue cínico: respetar el derecho y no apelar a la fuerza. Al año siguiente invadió El Líbano. En verdad, Washington privilegió sus intereses, puso en evidencia la fragilidad europea y no dudó en abandonar a sus socios. Concretamente, conspiró contra la libra y vetó el acceso británico a recursos del FMI. Estados Unidos razonó en términos de liderazgo de Occidente en la Guerra Fría, que se agravó en esos mismos días cuando tanques rusos reprimieron en Budapest.

La Guerra de Suez, a veces olvidada, está en el origen del Tratado de Roma de 1957, fundante de la Comunidad. Francia entendió que había dejado de ser potencia y que solo podía aspirar a renovar su influencia en la medida que liderara el proceso de integración europea que ya despuntaba. El multiplicador de poder que París rescató en aquella humillación le permitió regresar al tablero estratégico global. En cambio Londres hizo otra apuesta: aproximarse a la potencia emergente optando por convertirse en el junior partner de la alianza anglosajona.

Hoy, el unilateralismo trumpista, acompañado por Israel, Arabia Saudita y Egipto, destruyó la alianza histórica euro-americana. En Washington, la política se alinea en el sentido de la "receta" del consejero para la Seguridad, John Bolton, un halcón que interpreta las promesas de campaña de Trump buscando captar los sectores evangelistas proisraelíes. En marzo de 2015 escribió en The New York Times: "Para frenar la bomba hay que bombardear Irán". La fórmula es repetir el modelo invasión a Irak en 2003 para cambiar el régimen político. El final se conoce.

Una nueva guerra en la región es posible, pero poco probable. Irán sabe que Israel es militarmente invencible. En cambio, sí es probable que en algún momento Teherán se decida relanzar el programa nuclear: es ingenuo creer que aceptará límites perpetuos a su soberanía. Los nacionalistas seguramente analizarán en detalle el resultado de las negociaciones entre Corea del Norte y Estados Unidos, un proceso cada día más cargado de incertidumbre. El modelo norcoreano de "resistencia victoriosa" puede ser fuente de inspiración en una región donde el fundamentalismo llegó para quedarse, las desigualdades crecen y los sectores juveniles están condenados a la miseria. Incluso las petromonarquías rentistas deberán enfrentar la era del pospetróleo bajo estas difíciles circunstancias. La guerra civil yemenita, donde combaten sunitas y chiitas, puede ser un espejo del futuro.

El temor de Europa

Europa teme estos escenarios. En esas geografías se recrean el laboratorio terrorista y las oleadas de refugiados. En pleno Brexit, con una Europa Central que se rebela contra Bruselas al desacatar la política de la Comunidad y acompañar la decisión norteamericana de aceptar a Jerusalén como capital de Israel ("un regalo sin contrapartida", según The New York Times), Europa deberá inspirarse en las lecciones de la Guerra de Suez si no quiere abandonar sus legítimas ambiciones de preservarse como actor global. Para eso deberá depender menos del "dulce comercio", que Trump combate con aranceles, y asumir que su estatus dependerá de no perder la carrera tecnológica, de alcanzar un acuerdo en torno al asilo y las migraciones, de potenciar la economía del Euro y de consagrar más recursos a la defensa y la seguridad. En ese escenario, Occidente quedará escindido y es posible conjeturar que las transformaciones internacionales que se están gestando incluyan una relación muy estrecha entre la Europa sobreviviente y China.

El autor es doctor en Ciencias Políticas, profesor en la UTDT y la Universidad Siglo XXI

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