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El orgullo del réprobo

La publicación de Folisofía (Eudeba), de Héctor Murena, rescata el pensamiento de un intelectual empeñado en nadar contra la corriente para ahondar en una búsqueda espiritual que trasciende las religiones particulares.
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19 de agosto de 1998  

¿QUE puede hacer que un libro se venda mucho? No la calidad, que hasta aparece como un disuasivo, pues ¿quién quiere hoy un libro serio o profundo o difícil? Para dificultades basta la vida, suele decirse. Un libro se vende cuando se ha provocado una psicosis en torno a él. Y esa psicosis la crea la propaganda.

Una reflexión así, que bien podría haber sido hecha hoy, forma parte de Ensayos sobre subversión (Sur, 1962) de Héctor Murena (Buenos Aires, 1923-1975). Allí es sólo punto de partida de un recorrido que ve el inicio de la propaganda en la decisión de San Pablo de predicar también a los gentiles (esto es, a todos, etimología de católico ) y culmina en los medios masivos de comunicación.

Se trata de uno de sus seis libros de ensayos, a los que debe sumarse una transcripción póstuma de diálogos radiales. También escribió siete libros de poesía, tres de cuentos, una pieza teatral y siete novelas. La última de éstas, Folisofía , publicada póstumamente por Monte çvila (Caracas, 1976), acaba de ser editada por primera vez en Argentina por Eudeba.

No parece casual que la iniciativa provenga de una editorial como Eudeba. Por dos motivos: el carácter "disuasivo" del libro en sí y ciertas características de la vida-obra de su autor. En palabras de Juan Liscano, dentro de una nota homenaje aparecida en este diario poco después de la muerte de Murena: "Gozaba cuando veía disminuir sensiblemente su cuota de lectores".

A veintitrés años de su muerte, Murena es un escritor "olvidado", salvo por unos pocos pero fervientes lectores, que lo ubican entre las voces eminentes de nuestras letras. Desaparecido de las librerías, las nuevas generaciones sólo acceden a sus libros por haberles despertado curiosidad en una mesa de saldos, por la "propaganda" oral, o por la confluencia de ambas cosas. ¿Cuáles serán las causas de ese "olvido"?

La poesía, sin ser lo mejor de su obra, trazó un recorrido idéntico al de su persona. Según recuerda Liscano, Murena pasó "de aquel atuendo atildado... hasta venir a dar en la elementalidad de una camisa". Los extensos, expansivos versos iniciales fueron adelgazándose y concentrándose, al tiempo que la búsqueda de lo religioso se adueñaba de todo.

Un camino similar se advierte en la temática de sus ensayos. De ciertas cuestiones nacionales y continentales, va pasando al mundo, al hombre, a lo que lo distingue en el reino animal. Discípulo declarado de Martínez Estrada, comienza por criticarlo, como corresponde a un verdadero discípulo, lejos de toda pleitesía u obsecuencia de moda. En sus ensayos hay, ante todo, un hombre que piensa, y que lo hace apasionadamente. Con una erudición omnívora y fértil, una claridad arrolladora y una prosa exquisita. En palabras de Octavio Paz: "Imaginación en medio de la anemia generalizada, claridad en las tierras de la máscara y el equívoco, valentía en un continente de leones disfrazados de borregos y a la inversa".

No da cátedra. Piensa. Y hace pensar. Se identifica con el Sócrates transmitido por Platón: ese hombre que se ve a sí mismo como un tábano que impide dormirse a los caballos, y que prefiere morir fiel a su propia personalidad antes que desdecirse para complacer a grupos de poder. Su base de lanzamiento es la célebre profecía de Nietzsche: "Describo lo que viene, lo que no tiene más remedio que venir: la irrupción del nihilismo". De allí parte el tábano, consciente de la progresiva pérdida de espiritualidad, y ejercita su aguijón con cuanto le salga al paso: fascismo, capitalismo, marxismo, liberalismo, tecnocracia burocrática, iglesias ("un fósil por donde alguna vez pasó lo religioso"), psicoanálisis, literatura "comprometida" (cuando oponerse era ir al rincón de los réprobos), escritores que aceptan canonjías del poder, medios masivos.

Si de su poesía puede decirse que es a veces la de un ensayista, y eso no es un gran elogio, de sus novelas puede decirse que, por momentos al principio y luego cada vez más, nacen de un verdadero poeta. Acaso haya más poesía en la inventiva verbal de sus últimas novelas que en todos sus versos. Y en Folisofía pareciera, parafraseando a Mallarmé, que todas sus ideas se hubieran transmutado en palabras: escritura pura.

Un personaje de su tercera novela, Los herederos de la promesa (Sur, 1965), pedía "una literatura que fuese... argentina de verdad". Recibe por respuesta: "¿Por qué no empezaban por hacer... una buena literatura? Acaso se encontrasen con que... resultaba también argentina". Poco antes, en Ensayos sobre subversión , Murena marcaba su camino: volverse anacrónico. En novelas posteriores, comenzó a emplear arcaísmos léxicos y sintácticos, en un mundo farsesco, signado por un humor corrosivo, emparentado con Quevedo y con Rabelais. En Folisofía va más lejos: inventa un lenguaje. Es, básicamente, el de la picaresca española. Pero hay cinco siglos entre medio. Opera sobre el castellano antiguo y sus dudas ortográficas, lo exagera y deforma, toma prestado de otras lenguas, principalmente francés e italiano. No ofrece más dificultades en la lectura que El lazarillo de Tormes , y depara un placer equiparable, lo que no es poco decir.

La sabiduría ( sofía ) ha trocado amor ( filo ) por locura (folía, folie , folly ). Seguramente no creará una psicosis. Razón de más para aplicar la vista a este último vuelo de un cóndor solitario.

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