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Gente de pocas palabras

CANCIONES DEL CORAZON Por Edna Annie Proulx (Tusquets) - 249 páginas - ($ 19)
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22 de julio de 1998  

"NUNCA es tarde cuando lo dicho es bueno", parece haber pensado Edna Annie Proulx cuando, pasada la edad de cincuenta y luego de las reseñas favorables a este libro de cuentos publicado en Estados Unidos hace diez años, comenzó a escribir novelas.

De padre franco-canadiense (Proulx rima con true, repite ella) y madre pintora, nació en Vermont, Nueva Inglaterra, en 1935. Graduada en historia, publicó su primer cuento en una revista poco después de los veinte años. A esa publicación le siguieron otras, en la medida en que se lo permitieron sus tres maridos sucesivos (y los tres divorcios consecuentes), sus tres hijos, y los oficios varios que desempeñó para criarlos (a sus hijos, claro) y para mantenerse. Cumpliendo con este último tópico, tuvo sus días de vivir literalmente de la caza y de la pesca: fue camarera, empleada de correos, periodista. Con su primera novela, Postales (Emecé), obtuvo en 1992 el PEN/Faulkner Award, y con la segunda, Atando cabos (Tusquets), ganó dos años más tarde, entre otros, el National Book Award y el Pulitzer Prize. La traducción de la tercera, Accordion crimes, es anunciada por Tusquets.

Al igual que su primera novela, los once cuentos recopilados en Canciones del corazón transcurren en zonas rurales de Nueva Inglaterra. Protagonizadas por gente de pocas palabras, cuya escala de valores rinde el mayor tributo a la pericia en la caza de ciervos o aves o la pesca de truchas, las historias de los primeros relatos giran en torno a tales actividades. Salvo por algún televisor mencionado al pasar y por el inevitable parque automotor (sin el cual sería imposible figurarse a un estadounidense, campesinos incluidos) la ubicación temporal es bastante incierta. Con el correr de los cuentos, sin embargo, caza y pesca van desapareciendo en la misma medida en que el ciervo asado va dejando su lugar a la comida para horno de microondas. Así, el conjunto va construyendo algo semejante al transcurso del tiempo en una novela panorámica.

No son ociosos esos detalles, puesto que en todos los cuentos hay una cierta tensión entre los valores de la vida rural, en relación directa con la naturaleza, y los que llegan de la urbe. El punto de inflexión al respecto es el sexto cuento, que ocupa el lugar central del volumen. En él, un viejo y eximio cazador de urogallos enfunda buenas sumas por tratar de enseñarle, sin éxito, su arte a un analista de bolsa venido de la gran ciudad, con afán de esparcimiento y de aprendizajes exóticos. El dinero o progreso llegado de los centros urbanos terminará imponiéndose, hacia el final del libro, sobre las tradicionales costumbres rurales. Es innecesario aclarar de qué lado se quedan las simpatías de la autora.

Proulx muestra conocer muy bien la idiosincrasia de la gente con que construye sus narraciones. La parquedad contribuye al clima del relato y, a menudo, la cantidad de personajes, la extensión y la amplitud de la historia hacen pensar en pequeñas novelas. A veces, sobre todo en los primeros cuentos, se observa algún exceso de trazos supuestamente poéticos, del tipo de los bellos paisajes que pueblan el cine actual sin otra función que la decorativa.

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