El día que madrugué para ver al Dalai Lama

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20 de mayo de 2018  • 00:24

Por Ariana Saiegh

McLeod Ganj es un pedacito de Tíbet en la India del que se conoce poco. Tan poco como del mismo Tíbet. Allí, a 2000 metros de altura -y aun así a los pies de los Himalayas-, vive el Dalai Lama, referencia espiritual del Budismo Tibetano y en el exilio desde 1959, tras la ocupación china.

Llegué McLeod Ganj a inicios de marzo y, si bien era verano, una tormenta llegó conmigo y por casi cinco días no vi el sol. Tuve lluvias, granizo y hasta nevadas con temperaturas de cero grados.

El camino desde el aeropuerto de Dharamsala es una ruta doble mano que zigzaguea entre el bosque y el precipicio, siempre en subida. Una vez arriba, se abren tres calles que son las que representan prácticamente todo el pueblo. En esas calles hay ferias y negocios que me recordaron más a Nepal que al resto de India.

El paisaje es impactante. Estar tan alto hace que las nubes pasen a tu altura tapando las montañas por apenas unos minutos, representando una metáfora exacta de los pensamientos dentro de uno: si no te enganchás en ninguno, simplemente pasan y te dejan entender que vos no sos esos pensamientos, sino lo que queda cuando los dejás ir.

Para esa semana, el Dalai Lama había anunciado que daría charlas ahí mismo, algo que no suele suceder. Después de instalarme en una habitación privada con ventanal al Himalaya, en un hostel para el que se deben trepar 200 escalones y atravesar un estrecho pasadizo, me fui a anotar para presenciar las charlas.

En Mcleod Ganj hay diversos restaurantes preparados para el turismo. La comida no pica y no se parece en nada a lo que se puede encontrar en el resto del país. A simple vista se nota la diferencia entre el hinduismo y el budismo de Mcleod, la gente es más tranquila y no se escuchan bocinas en las calles.

La primera visita que hice fue al templo donde vive el Dalai Lama, al final de la calle principal. Es abierto al público y tiene colchonetas para los que quieran meditar, hacer yoga o sentarse a contemplar el paisaje. Constantemente me cruzaba con monjes tibetanos, pelados, con su clásica túnica bordó. Allí mismo hay un museo con la historia del Tíbet y diversos negocios de productos tibetanos y ayurvédicos.

Una serenidad contagiosa

Al segundo día subí caminando 20 minutos hasta Tushita, un centro de meditación budista donde todas las mañanas hay meditaciones gratuitas. Ascendiendo un poco más se encuentra el pueblo Dharamkot: una pequeña calle con casas, bares y hoteles.

El frío traspasaba toda mi ropa así que me compre toda una nueva muda de medias, pantalón, suéter y bufanda por muy poca plata. También le sumé un paraguas y pedí en el hotel un caloventor por 200 rupias más al día.

Con los días, fueron llegando jóvenes y ancianos tibetanos que venían, ilegales, a escuchar al Dalai Lama cruzando en tren, micro y a pie por Nepal. Mantuve con algunos interesantes charlas en inglés donde traté de entender qué pasa realmente allí. Al parecer el bloqueo en que los mantiene China hace que si alguno se va, le expropian su casa y sus pertenencias y ya no los dejan volver.

Entonces llegó el día de conocer al Dalai Lama. Antes que sonara el despertador, a las 6, ya estaba despierta viendo los rayos del sol detrás del Himalaya desde mi cama. Con valor y el calor del caloventor, me vestí. Dejé todo en la habitación, incluyendo el celular, agarré el almohadón portátil y la frazada que me había comprado y emprendí el camino de 200 escalones y cinco cuadras al monasterio del Dalai Lama. De pasada me compré un chai en un puestito de la calle y junto a varios turistas de diferentes partes del mundo caminé.

Había mucha gente, pero eran todos tan ordenados que no me costó pasar. Adentro, cintas y carteles indicaban dónde sentarse. Los turistas estaban al fondo y yo fui tan argentina que me adelanté y me senté con los tibetanos, que con una sonrisa tranquila me dejaron acompañarlos y hasta me ofrecieron de su comida. Tenía una radio analógica en la que busqué la traducción al inglés y esperé.

Cuando apareció el Dalai Lama todos nos paramos. Caminó con una serenidad contagiosa hasta su silla y comenzó la charla. Pasé allí cinco horas que no puedo traducir en palabras. Sus enseñanzas están a otro nivel. Pero lo que más me quedó de ese momento es la comunión que se generó entre todos los que allí estábamos.ß

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