¡No tantas explicaciones!

Maritchu Seitún
Maritchu Seitún PARA LA NACION
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19 de mayo de 2018  • 00:55

Los padres les explicamos a nuestros hijos una y otra vez por qué les pedimos determinadas cosas y por qué les decimos que no a otras. Nos desespera la posibilidad de que sufran por lo que intentemos que entiendan nuestras muy buenas razones: cuando son chiquitos darles la mano para cruzar la calle, abrigarlos cuando hace frío, llevarlos a vacunar, a dormir, o a la mesa. A medida que crecen se agregan otros temas: pedirles que hagan la tarea, que se duchen más rápido, que no peleen, que pongan la mesa. Más grandes aún no dejarlos ir a la casa de un amigo si no hay un adulto a cargo, no salir hasta tarde en época de exámenes, no prestarles el auto para andar de noche hasta que los vemos suficientemente maduros, darles cifras acotadas de plata, etc.

No queremos que sufran y tampoco queremos que se enojen con nosotros, y entonces argumentamos desde el hemisferio izquierdo de nuestra corteza cerebral tratando de convencerlos con muchas palabras racionales -desde la lógica- de que tenemos razón, que no se enojen con nosotros, que somos buenos padres, que les conviene, etc. Seguimos hablando hasta lograr nuestro objetivo: que nos hagan caso, ¿o será que se hartan de oírnos y por eso lo hacen?, o hasta que nos enojamos porque eso no ocurrió. Olvidamos que la corteza cerebral tiene otro hemisferio, el derecho, no racional ni lógico, que es intuitivo, creativo, y está conectado con las emociones. Y no tenemos en cuenta que la corteza funciona mejor cuando ambos hemisferios trabajan juntos, en equipo, buscando soluciones y respuestas que incluyan, integren, tanto lo que los adultos y chicos pensamos como lo que sentimos.

Algunas veces logramos convencerlos con nuestra larga experiencia argumentativa y vuelve la paz al hogar. Pero si esto ocurre muy seguido los chicos pueden transformarse en "pequeños" adultos racionalizadores, que no conectan con lo que sienten ellos ni los demás, niños llenos de teorías sobre los temas de la vida y desconectados de una parte importante de su identidad. ¿No, mamá, que no se dicen malas palabras... que hay que vacunarse... obedecer a los padres? ¿No, papá, que siempre hay que decir la verdad... bañarse todos los días... que no importa ganar... que hay que compartir... abrir la boca en el consultorio del dentista...etc.? Es importante que puedan aprehender -no solo aprender sino también apropiarse e incorporar- estos conceptos con el tiempo, las experiencias y la confianza en el amor de su padres, en lugar de dejarse convencer con nuestras racionalizaciones que los aturden, o que acaten desde el miedo a perder el amor de sus padres, o desde la necesidad de agradar o complacer, o porque no les dimos la oportunidad de aprender a confiar en lo que su mundo interno les dice pero entonces obedecen pero desperdician mucha energía en negar, reprimir, no conectar. Por ejemplo un chico, o un joven, sano e integrado, sabe que no se miente, y seguramente no lo haga, pero también sabe que a veces tiene ganas de hacerlo.

Otras veces la catarata de palabras racionales no funciona: las explicaciones terminan con niños que hacen lo que quieren, para desesperación de sus padres. Esto ocurre porque el mensaje de insistir y argumentar para convencer no es claro, ya que cuando lo intentamos nosotros mismos dejamos abierta la puerta para otra opción: ¡no me convenciste!. Y en ese momento nos enojamos sin darnos cuenta de que al argumentar incansablemente para que entren al consultorio del dentista -o bajen de la calesita, o no le peguen al hermano- no dejamos claro que en muchas situaciones no les damos alternativa. Explicar, explicar, explicar tratando de convencer y luego enfurecernos no es beneficioso para nadie.

No pretendo volver al viejo sistema autoritarista en el que los niños obedecían sin discutir, pero es suficiente explicar una sola vez nuestras buenas razones para que algo ocurra, o deje de ocurrir. Habilitemos a nuestros hijos a decidir aquello que no pone en riesgo la salud, la ética o la seguridad de ellos o del entorno, o nuestro bolsillo, e impongamos nuestro criterio con ternura y con firmeza, cuando estos estén en juego, y también cuando el costo de hacer lo que ellos quieren sea nuestra cara larga o nuestro mal humor.

Se van a enojar con nosotros, pero nos van a saber cercanos, empáticos, y vamos a sonreír porque, habiendo integrado nosotros los hemisferios de nuestra corteza cerebral, pudimos comprender lo que deseaban (por eso la ternura) mientras con una sola explicación corta y con firmeza regulamos su conductas.

La explicación corta es indispensable para que ellos vayan conociendo los por qué de nuestros sí y de nuestros no, mientras validar sus emociones y deseos es igual de importante para que aprendan a confiar en los mensajes de su mundo interno y no derrochen energía ocultándolos, no sólo de nosotros sino también de ellos mismos.

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