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En el tren de la investigación periodística

EL DESPERTAR DEL JOVEN QUE SE PERDIO LA REVOLUCION Por Alejandro Rozitchner (Sudamericana) - 257 páginas - ($ 17)
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29 de julio de 1998  

UN joven estudiante de la carrera de comunicaciones es seleccionado por un profesor, conocido periodista televisivo, para colaborar con él en un libro, planeado como "un trabajo que mostrara la articulación... entre la violencia y la juventud". La tarea del joven consiste en hacer entrevistas vinculadas con ese trabajo, según las pautas estipuladas por el docente.

Esta primera novela de Rozitchner (Buenos Aires, 1960) se presenta como una "especie de carta", dirigida por el joven al editor que contrató el trabajo, en la cual se intercalan la transcripción de las entrevistas y las fichas con las pautas del profesor. Desde que el muchacho es elegido hasta que entrega los resultados, pasa por un rápido aprendizaje que modifica su visión del mundo, su actitud, su vida misma. Ese proceso, salpimentado con una historia de amor, se entreteje con el descenso del profesor: de admirado a secuestrado en una habitación mientras el joven escribe su "carta-entrega-novela".

La narración logra hacer creíble lo que pueda haber de inverosímil en los hechos relatados. Otro tanto puede decirse del intento de trabajar sobre la lengua coloquial y sobre la visión de la juventud desde adentro, aunque al principio, los recursos empleados para eso caigan en cierto esquematismo: unas cuantas malas palabras (acaso algunas de un par de generaciones más atrás), una pizca de jerga y la proliferación del prefijo "re" para dar énfasis. A medida que la historia y el aprendizaje avanzan, la presencia de esos detalles es cada vez menor. Lo que no cambia es la actitud del muchacho que parece jugar al "buen salvaje": si menciona a un autor, aclara que no lo leyó, como si un joven de veintitrés años no hubiera podido leerlo, y hasta como si estuviera mal que lo hubiera hecho.

Ha habido innumerables pruebas de que una novela puede dar cabida, simplemente incorporándolo o hasta convirtiéndolo en motor o en recurso estructurante, a todo aquello en que se emplee la palabra: poema, teatro, ensayo, carta, nota periodística, entrevista, etc. La sola condición es que el elemento de que se trate no sea un mero agregado, sino parte esencial, que cumpla una función interna indispensable.

En principio, las fichas y entrevistas incorporadas por Rozitchner responden a ese requisito, porque no sólo son la excusa que dispara la acción sino que además hay una continua búsqueda de que sus contenidos incidan en el joven. Con todo, esa relación es bastante superficial, al punto de que la novela parece construida al revés, literalmente, según lo plantea el joven al comienzo. Es decir, como si la trama hubiera nacido de las entrevistas y no como si las entrevistas respondieran a una necesidad profunda de la acción. Como si, en fin, la novela fuera un intento (no del todo logrado) de engancharse al tren de los libros de investigación periodística sobre temas de actualidad.

El resultado es que, mientras que la narración es bastante amena, ocurre lo contrario con las fichas y con casi todas las entrevistas -salvo la de Alberto Ure, que es una joya-, en general superficiales y cuyo contenido se limita al aporte de algún material de divulgación.

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