De la probable reelección a la difícil gobernabilidad

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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19 de mayo de 2018  

La corrida cambiaria provocó un cambio dramático de prioridades para el Gobierno y un deterioro del humor social. Eso estuvo acompañado por un replanteo de la mayoría de los análisis que se hicieron de la realidad argentina antes de la crisis. Se suponía que, luego del triunfo del oficialismo en las elecciones de medio término, se mantendrían constantes cuatro condiciones. En primer lugar, las relaciones de fuerzas entre Gobierno y oposición; en segundo lugar, el gradualismo de las reformas; en tercer lugar, el flujo de financiamiento externo; y, por último aunque no lo último, la tolerancia de la sociedad, basada en la postergación de la satisfacción inmediata del bienestar, desplazada hacia el futuro próximo. Estos factores sirvieron para explicar la victoria de Cambiemos, abriéndole a Macri el horizonte impensado: la reelección presidencial. Como ocurre en la ciencia, según la célebre teoría de Thomas Kuhn, la conformación de un paradigma desplaza las voces disidentes, hasta que el ocaso de las certezas instaladas obliga a escucharlas.

La consecuencia es dura para el Gobierno: de lo que se creía una probable reelección se pasó a una difícil gobernabilidad. De suponer factible la cima a evitar caerse por el precipicio. Eso es lo que significa en este país perder el control: que una revuelta social o una hiperinflación desestabilicen al gobierno y hagan entrar en pánico a la población. Esa es, en rigor y lamentablemente, la módica gobernabilidad argentina: que no se vaya todo al diablo. Un concepto muy diferente al que sostuvo a principios de siglo el Banco Mundial. En sus difundidos documentos, gobernabilidad o gobernanza constituyen el sello de las buenas administraciones, cuyos rasgos distintivos son la rendición de cuentas, el control de la corrupción, la eficacia, el desarrollo del sector privado y el mantenimiento del Estado de Derecho y la estabilidad política. Lejos de eso, los fantasmas del pasado y los errores del presente retrotrajeron el país a lo mínimo: evitar el trauma de una sociedad arrojada a la completa desorganización.

El temor a la ingobernabilidad, ese aliento en la nunca que todo dirigente argentino aprendió a reconocer, llevó al Gobierno a cambiar de interlocutor. Ante la evidencia de la crisis, dejó de dirigirse al votante para hablarle al "mercado", un territorio opaco conformado por prestamistas duros pero previsibles, como los bancos y los organismos internacionales, y por especuladores financieros posmodernos, cuyos rasgos responden a la caracterización de Don DeLillo en la novela Cosmópolis: espíritu depredador, eficacia sin escrúpulos y fascinación por el riesgo, posibilitados por la velocidad e inmaterialidad de la tecnología. Son los lobos del cibercapital. Los que aman el dinero más que a los países. Los que afluirán voraces a una nación desesperada por dólares si la tasa de interés es sideral y la desregulación financiera permite huir rápido en caso de que el negocio pierda su descomunal rentabilidad.

Pero no fue lo único que hizo Macri al cabo de la corrida. En paralelo a la apelación a los prestamistas, extendió la mirada política y le bajó los decibles al marketing. Reconoció errores, agrandó la mesa chica para escuchar sugerencias y le propuso acuerdos a la oposición, buscando repartir el peso del ajuste. La crónica de estos días describe esos gestos con una terminología conocida: control de daños, reparación, achique de la incertidumbre. Son las tareas que impone la gobernabilidad, encaradas con la conciencia de que no solo se devaluaron la moneda y los activos. Con ellos se desplomó la confianza en el Gobierno, sin que se verificara un fortalecimiento de la oposición. Los sondeos de opinión son implacables estos días, pero el que los interprete con mezquindad, pensando que el único perjudicado es Cambiemos, quizá no advierta que el riesgo es la desafección política general, un caldo de cultivo para la irrupción de un nuevo "Que se vayan todos", en caso de que la clase dirigente sea incapaz de corregir el rumbo.

Tal vez ese temor, más que el improbable patriotismo, constituya el incentivo para que los de arriba encaren una tarea colectiva orientada a superar el trance. Porque el fin de la corrida está atado con alfileres. Más allá de las presuntas facilidades del FMI, la elevada tasa de inflación y el sostén agónico del peso pagando intereses usurarios exhiben la enorme fragilidad argentina, apenas disimulada por un par de jugadas tácticas. La salida del laberinto es mucho más difícil, demandará tiempo y un delicado reequilibrio entre las demandas del mercado y de la población. Para lograrlo no servirán los shocks, sino una compleja ingeniería, cuyo diseño involucra al conjunto de las elites.

Por eso, la temeridad de quienes predican un ajuste salvaje o el colapso de Macri no debería prevalecer sobre la responsabilidad de la clase dirigente. Es ella, y no solo el Gobierno, la que tiene que restablecer el orden económico sin destruir a la sociedad.

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