Tiestes y Atreo: lo trágico en una puesta impecable

El mundo apocalíptico, según García Wehbi
El mundo apocalíptico, según García Wehbi
Jazmín Carbonell
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20 de mayo de 2018  

Tiestes y Atreo / Escrita y dirigida: Emilio García Wehbi / Intérpretes: Maricel Álvarez, Florencia Bergallo, Analía Couceyro, Carla Crespo, Érica D'Alessandro, Verónica Gerez, Cintia Hernández, Mercedes Queijeiro, Jazmín Salazar, Mía Savignano, Lola Seglin y Lucía Tomas / Coaching de niñas: Aymará Abramovich / Música y dirección musical: Marcelo Martínez / Coreografía: Celia Argüello Rena / Iluminación: Agnese Lozupone / Vestuario: Belén Parra / Escenografía: Julieta Potenze / Teatro: Nacional Cervantes / Funciones: de jueves a domingos, a las 20 / Duración: 120 minutos / Nuestra opinión: muy buena

Cómo acercarse a una tragedia que tiene dos mil años. Cómo entrar en ese mundo de Séneca desde los tiempos presentes sin volverse ni anquilosado ni distante. Emilio García Wehbi se erige entonces contra la tradición. Y aquí no importa nada más. Solo la libertad suprema de enfrentar los viejos dogmas, las tradiciones que pesan, que esclavizan, que someten, que inhabilitan y, finalmente pero por sobre todo, que matan. Aunque esta tragedia romana podría "calzarle" perfectamente al director y dramaturgo disruptivo por naturaleza, no hace el camino fácil y eso se celebra. Aquí García Wehbi representa al hijo de la tradición teatral, un hijo rebelde pero con una ventaja infinita: poder revisar el pasado para echar luz sobre el presente. Sumergirse en las pantanosas aguas de dos siglos marcados por el paternalismo (en su sentido más amplio) para observar agudamente que hoy sigue vigente. Y que es urgente repensarlo.

La puesta está dividida en dos partes y aunque en un comienzo parecen no dialogar luego se encuentran. Es que los dos actos, Escila y Caribdis, portan una misma reflexión que es la que Wehbi toma como tesis: aunque las minorías sean las víctimas, en la historia los héroes y las víctimas siempre son los padres. Situación necesaria, según el interesante planteo del director, para que la tradición prevalezca a través de los siglos. La primera parte, muestra un mundo apocalíptico. Autos abandonados y unas niñas vestidas de azafatas que intentan vengar los crímenes de la infancia. El segundo, la tragedia en sí misma. El conflicto de los hermanos Tiestes y Atreo por el trono; Atreo que conduce el reino hace llamar a Tiestes y sin que lo sepa mata a sus hijos y se los sirve en la mesa. En el medio un rap espectacular, a cargo de las dos actrices Analía Couceyro y Maricel Álvarez (Tiestes y Atreo) que si algo les faltaba en sus trayectorias impecables era convertirse en las mejores raperas. Junto a una niña bailarina de hip-hop, cantan el nuevo hit revelador y nada tranquilizador que reza en su estribillo que "No hay mayor muestra de cariño que comerse a sus propios hijos, porque no hay asunto más prolijo que devorarse a todos los hijos". Y ahí sí, telón de por medio, el mundo apocalíptico deviene tragedia ceremonial. Mesa larguísima en el centro, sillas y todo listo para el banquete más tétrico de todos los tiempos: un hombre a punto de comerse sin saberlo a sus propios hijos.

No hay palabra, salvo en hebreo, que designe al padre que ha perdido a su hijo. En cambio hay una para aquel padre que mata violentamente a su progenitor: filicidio. Y otra para designar a quienes comen a sus semejantes: antropofagia. Ambas palabras, trágicas, pueden entrar perfectamente en el universo Wehbi. Pero llamativamente su planteo es novedoso. Y ahí el clásico se asume con toda su fuerza: mostrándose vivo, contemporáneo. La idea de comer a los propios hijos es tomada por el director para hablar del padre como representante de la mayoría, del poder, y del hijo representante de las nuevas generaciones pero también de cualquier minoría. Por eso el elenco lo componen todas mujeres y niñas. Todavía falta que en los cargos más importantes también estén ellas y que haya directoras convocadas para dirigir en la sala grande. Pero al menos, esa minoría (no por cantidad sino por opresión) es defendida aquí.

Las líneas de lectura y las capas de significados que hay en la obra de García Wehbi son tantas y tan ricas que obliga al espectador a la máxima atención. Es cierto, no es amable ni complaciente con el público. ¿Acaso la realidad lo es? ¿Acaso la opresión a las minorías y el femicidio creciente es tranquilizador? Se le exige al teatro historias comprensibles para la mayoría. Como si el arte fuese eso: mantenerla gustosamente y contenta en su butaca. García Wehbi molesta, hace ruido, inquieta. Acá no hay ganchos dramáticos ni narraciones suaves. Hay problematizaciones, imágenes cautivantes, chocantes. Será misión de la platea espectar. En esa línea, tal vez la parte más débil sea la explicación excesiva que el personaje de Hermes, el dios mensajero, se encarga de entregar a la platea.

La puesta es impecable, las actuaciones tan precisas que quitan la respiración, y el final, delicado e íntimo es directamente poesía (cruel) en ese mundo perdido.

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