Arqueología de un linaje familiar

Carolina Arenes
Carolina Arenes LA NACION
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21 de mayo de 2018  

Siempre pensé que era Uruguay el centro de todas las nostalgias, pero hoy comprobé que Banfield también reclama su lugar en el territorio de los paraísos perdidos. Allá la Escuela 31, a la vuelta la vieja casona del Colegio Nacional de Banfield, el Conaba, santo y seña para sus egresados vayamos donde vayamos; allá la casa de tal o de cual, ¿te acordás?

Vamos en el auto con mi madre y mis tías; las cuatro tenemos, además del vínculo familiar, el pasado común de la calle Acevedo. Les doy el gusto y nos damos una vueltita por la que fue nuestra esquina. Entre las tres reconstruyen la vida de la cuadra, se acuerdan de los vecinos, reconocen las casas y los cambios; mi madre y yo consideramos que la fachada del edificio "nuestro" está mucho mejor ahora, mis tías descubren las reformas en el frente del que fue su hogar.

Mientras avanzo con el auto por calles que a veces reconozco y otras no (me esfuerzo para recordar todos los nombres, por anticipar el camino correcto, me esfuerzo, me parece, para que siga siendo mío ese paisaje de veredas anchas y de tilos), calles en las que tantos amigos queridos siguen viviendo, imagino cómo hubiera sido quedarme acá, de pronto tengo ganas de no haberme ido nunca y se me ocurren fantasías improbables, imagino mundos paralelos en los que otra que también soy yo nunca se fue del sur.

Pero ahora ya nos encaminamos hacia Temperley. Otra tía, una prima muy querida de mi madre, está con algunos trastornos de salud, a veces se pierde en el tiempo. Pero en el camino que lleva desde la Autopista del Sur hacia Temperley, la que se pierde en el tiempo soy yo, como en un laberinto de espejos.

Ya nos habíamos reunido el año pasado para sumar piezas extraviadas al rompecabezas de la historia familiar. Acá estamos, con la mesa del comedor nuevamente tapizada de fotos antiguas y vieja correspondencia. Una mano imperceptible nos enhebra en este hilo familiar cada vez que nos vemos. Una de mis tías me muestra un enorme cuaderno de tapas duras que es casi una reliquia, el registro contable de un antiguo almacén de pueblo. Leo: Arroyo del Gato, agosto 19, 1894 (sí, estamos en Melchor Romero, y se trata de ese curso de agua que todavía hoy inunda de muerte la ciudad de La Plata). En letra esmerada están escritos el nombre de cada cliente, el detalle de la mercadería que retira y la suma que adeuda: ese 19 de agosto de 1894, un tal José Salvetti se lleva una blusa azul y un pañuelo, y, de paso, se toma una copa; el que será mi bisabuelo anota 190 pesos.

Me fascina ese detalle de la vida cotidiana, eso que hace más de cien años alguien anotó sin otra preocupación que ordenar las cuentas, sin ninguna pretensión de posteridad, y que un siglo después se vuelve un rastro para reconstruir el complejo trazado de nuestras vidas.

Encima, entre el encuentro anterior y este ha surgido otra pariente. Había leído un texto que escribí antes en el que hablaba de Jeppener y de la Casa Rojo y reconoció en el nombre de mi bisabuela paterna parte de su propia historia. Se puso en contacto con mis tías y hoy, mientras nosotras en Temperley volvíamos a atar cabos entre caras desconocidas y anotaciones al pie, ella también, desde el celular, aportaba datos de sus pesquisas.

Pero siempre nos falta alguna pieza. Tal vez no esté mal que sea así, nos sirve como excusa para reunirnos de tanto en tanto y decirnos que aún no hemos acabado de reconstruir el árbol genealógico. Un trazado de amores y nacimientos, de viajes y despedidas, de itinerarios inconclusos a los que les seguimos el rastro como arqueólogas de nuestra pequeña historia privada. Como si en el caprichoso linaje de antepasados que llega hasta nosotras hubiera algún mensaje; el misterio, a veces el azar de lo que somos. O al menos saber de dónde venimos, Rubén Darío, ya que siempre es más difícil eso que saber adónde vamos.

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