Cuando servir al prójimo es un oficio cotidiano

José Claudio Escribano
Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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22 de mayo de 2018  

Palabras pronunciadas anoche por el autor en el acto de la Legislatura de la Ciudad por el cual el doctor Guillermo Loda fue declarado "personalidad destacada en la medicina"

De la calificación de los personajes de la historia a los de las películas del Western y, desde luego, a las historietas que dilataban en la remota niñez el catálogo de nuestras fantasías, el género humano se ha prodigado en la contraposición radical entre héroes y villanos. Unas veces los juicios dependen de valoraciones subjetivas más o menos discutibles, y en otros, de argumentos de robusta objetivación sustantiva. Cuando ambas referencias se aúnan, la fórmula resulta imbatible: se es héroe o se es villano sin medias tintas. Hoy, estamos aquí porque la Legislatura de la Ciudad ha declarado que el doctor Guillermo Loda encarna de verdad un modelo de la primera categoría: "Personalidad destacada en las ciencias médicas". Lo sabíamos por otros galardones de aquí y del exterior que había recibido, pero faltaba este tributo de la ciudad en que se ha desarrollado su vida de vecino y de profesional con éxitos que enorgullecen a los amigos.

En el caso de un médico de afabilidad notable, este acto de reconocimiento es más conmovedor de lo habitual en ocasiones parecidas. La vigilia permanente por alistarse a conciencia para la misión de recuperar en pacientes la utilidad de miembros vitales para el desenvolvimiento normal en la vida, en lugar de haber acorazado sus efusiones naturales lo ha hecho más propenso todavía a la profusión de los sentimientos que definen su temple. Es el modo en que se produce la empatía del científico y humanista con quienes lo reclaman para alivio de discapacidades y sufrimiento físico y moral.

Han de haber sido cientos y cientos, y más aún si prolongáramos la nómina conjetural de pacientes a través del legado de los discípulos, a quienes Loda haya extendido una mano solidaria. Recibir esa mano eximia por obra de una calidad humana excepcional, y no solo en función de habilidades que brotan del maestro en medicina, ha de haber suscitado experiencias inigualables entre profesional y pacientes. Abundan en el ejercicio de tan noble ciencia situaciones de harto dramatismo, y tal vez en particular en las que irrumpen con frecuencia en la disciplina en que Loda se ha especializado: la cirugía de manos y miembros superiores.

Nunca más apropiado en eso de dar manos respecto de quien ha hecho, de tanto darlas, oficio cotidiano, arte y ciencia en virtudes reparadoras, cuando no en la restauración, si es posible hablar así, con implantes y prótesis que han logrado cambiar el curso doliente de muchas vidas. Ha consumado Loda esa diestra actividad en quirófanos, en fogueos llevados hasta el extremo límite de lo que pueda imaginarse desde la ignorancia enciclopédica de quien ahora habla. La ignorancia en medicina, más que distanciarme, me ha acercado hasta por curiosa perplejidad a quien la ha ejercido en grado eminente. Con el doctor Alberto Cormillot, a quien escucharemos enseguida, hemos compartido la amistad de Loda desde los años de pupilos en el Liceo Naval Militar, como cadetes de la 5» promoción de ese instituto, del que parte de nuestra formación es deudora. Se lo conocía en la época como uno de los colegios secundarios de mayor excelencia educativa en América Latina.

Que habiendo tantos científicos que pudieran haber expuesto un testimonio autorizado sobre los merecimientos de la distinción que venimos a honrar, y que una de las dos elecciones haya recaído en menos que un neófito, queda sin otra explicación que la de la coherencia del recipiendario con su propia trayectoria como hombre. Ha antepuesto una vez más la amistad a otros valores. Lo celebro con agrado: la amistad es pura elección en libertad, ningún mandato podría forzar a establecerla.

Loda ha hecho de la amistad un canto. Es momento para agradecérselo. Para compartir lo que significó como confianza en nosotros mismos la apelación a la entrega de su tiempo, a la relevancia de su consejo e intervención médica y a la generosidad que emana como síntesis de su identidad, y habernos encontrado, invariablemente, con la disposición abierta del amigo de servir al prójimo. Esa vocación ha relucido a pleno, nunca con pérdida de tiempo, para calmar angustias de gentes de muy diversa condición en cuyo nombre, compadecido, he debido hablarle en el transcurso de los años.

La magnanimidad en la relación mutua es constante de las amistades ejemplares. Ya en lecho de moribundo, tras de haberse confesado, Don Quijote funda la resolución de dejar a Sancho Panza lo que reste después de que se hubiesen pagado las deudas, en "la sencillez de su condición y fidelidad de su trato".

"Perdóname amigo -dice Don Quijote-, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo". Y, como buen amigo que es, Sancho se despide, haciéndose cargo de deberes que hubiere pendientes a causa de los sueños desatinados del otro: "¡Ay! -respondió Sancho llorando-. No muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años más... Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber cinchado yo mal a Rocinante le derribaron".

Cuando los rasgos más nobles de hombres como esos logran impregnarse en franjas considerables de la sociedad, o esta replica lo que hay de mejor en el seno de ella, se abre un tesoro. Su nombre es capital social. Entre las joyas de la amistad y de la voluntad colectiva de asociarse en empresas comunes, de cualquier orden, el concepto de nacionalidad desciende de abstracciones celestiales y se manifiesta como realidad trabajada a diario por un espíritu mancomunado de progreso. No es don que aflora de un día para otro, es gestación del tiempo atesorado en conseguirlo. Es fenómeno que demora en maduración hasta que prima en las sociedades la confianza recíproca entre sus miembros. Sucede con más facilidad cuando el orden moral y legal impera.

El galardón de la Legislatura de Buenos Aires al doctor Loda debía activar reflexiones sobre el valor de los sentimientos individuales y sociales fundados en la amistad. Sin confianza entre sus miembros, sin la suma de amistades renovadas y perdurables como las que Guillermo Loda forjó en el remoto internado de una isla de Río Santiago en días de adolescencia revoltosa, una sociedad es más débil, más vulnerable de lo que convendría a todos.

Sin voluntad de entendernos, de comprendernos y ayudarnos los unos a los otros en una visión común del presente y del porvenir, el capital social de la Argentina seguirá siendo del desvaído calibre que explica por sí no pocos de los infortunios de estos últimos setenta años.

Gracias, Guillermo.

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