Estamos hechos de información, y eso nos hace frágiles

Valentín Muro
Valentín Muro PARA LA NACION
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22 de mayo de 2018  • 09:19

No estamos hechos únicamente de átomos, sino también de información. Y del mismo modo en que nuestra composición material puede verse comprometida, nuestras vidas e identidades son informacionalmente frágiles.

La primera vez que escuché esto fue sentado en una diminuta sala de estudio rodeado de un puñado de filósofos en Buenos Aires. Frente a nosotros Luciano Floridi, filósofo de la información, nos comentaba sus preocupaciones respecto del futuro. Una de ellas era, precisamente, que los filósofos a veces se dedican demasiado a "problemas de filósofos" en vez de a problemas filosóficos.

Floridi, que dirige el Laboratorio de Ética Digital del Oxford Internet Institute, es probablemente el principal promotor de la idea de que somos organismos informacionales. Según él, estamos interconectados e inscriptos en un ambiente en el que compartimos información con otros seres que la procesan lógica y autónomamente, sean tanto naturales como artificiales.

Esto no quiere decir que desde el surgimiento de la tecnología somos una especie de cyborgs todo el tiempo conectados. Al contrario, es probable que estar todo el tiempo conectados no será algo que buscaremos, sino algo que activamente trataremos de evitar. Su punto, un poco menos sensacionalista, es que desde que tenemos una mayor comprensión de lo que significa que una máquina pueda manipular información, perdimos ese lugar central en el universo.

Del mismo modo que Copérnico nos corrió del centro del Universo, y Darwin del centro de la Creación, para Floridi fue Alan Turing quien nos quitó del centro de la "infoesfera", aquel entorno que habitamos todas las entidades informacionales. En otras palabras, es en la infoesfera que convivimos humanos y máquinas.

Este cambio de perspectiva respecto de lo que somos puede verse fácilmente si consideramos que la distinción entre online y offline es casi obsoleta: ya no nos conectamos a internet sino que vivimos conectados. Si quienes nacimos en un mundo en el que conectarse era un proceso audible a través del teléfono podemos todavía recordar la diferencia, esto no queda tan claro para quienes nacieron en un mundo donde estar desconectado es la anomalía y no la regla.

Esta propuesta metafísica, que se explora ampliamente en The Fourth Revolution (2014), sugiere el paso de una concepción materialista, en la que lo más importante son los objetos y procesos físicos, a una informacional. Mas allá de las (muchas) críticas que pueden hacerse, la propuesta es interesante como marco para conocernos mejor. "Lo que sea que nos hace humanos ya no puede ser jugar al ajedrez, revisar la ortografía de un documento, hacer una traducción (.) o estacionar un auto". De más está decir que ambas concepciones se complementan, más que oponerse.

Pero aunque ya no seamos el centro de nada seguimos teniendo una posición particular en el Universo: tenemos la particular capacidad -y deber moral- de cuidar la infoesfera del mismo modo que un jardinero cuida un jardín. "[Somos] conscientes, libres, capaces de preocuparnos y hacer una diferencia", pero para eso necesitamos cambiar la forma en que pensamos a la tecnología digital. Por ejemplo, tomando la perspectiva de que cada vez más vivimos en una realidad que trata más acerca de redes que de mecanismos, de procesos y relaciones que de cosas y propiedades. No abandonamos una perspectiva por la otra, sino que la enriquecemos, porque tendemos a poner el peso en aquello con lo que podemos interactuar.

Preservar el pasado, consumir el presente

Esta perspectiva, además, nos fuerza a repensar nuestra relación con la memoria. A diferencia del registro de información en soportes físicos, como podría ser un papel impreso o una roca tallada, la memoria digital puede ser tan volátil como la cultura oral. La paradoja está en que muchas veces vivimos convencidos de lo contrario. Lo que esta "paradoja de la prehistoria digital" sugiere es que la tecnología digital generalmente no preserva al pasado para el consumo en el futuro -como lo haría un libro de papel- sino que nos hace vivir en un permanente presente.

La discusión acerca de la memoria suele estar monopolizada por la preocupación por el almacenamiento y eficiencia en su administración, "dejándose de lado la importancia de la curación respecto de lo que es significativo y, en consecuencia, de la sedimentación estable del pasado como una serie ordenada de cambios." Este constante presente, carente de sedimentación, nos hace perder la maravillosa capacidad de poner las cosas en perspectiva. "Perdimos esta habilidad en apenas una generación", se lamenta Floridi.

Más información, pero también más pérdida

¿Cómo harán los historiadores del futuro? La aspiración a la ahistoricidad de la tecnología digital supone procesos de constante reescritura del pasado, por ejemplo cuando se actualiza un sitio web, que hacen improbable que las versiones queden guardadas. Tenemos mucha más información que antes, pero esta es mucho más frágil y constantemente está en peligro de ser borrada o alterada. La vida útil de un CD o DVD grabado rara vez supera los diez años, y ni hablar de los diskettes o cintas magnéticas.

La solución, muchas veces se arriesga, es el almacenamiento en la nube que nos ahorra la preocupación. Pero mientras que en la historia el problema generalmente era decidir qué nombres guardar en papiros o placas de arcilla, en la actualidad, dado que guardamos por defecto, el principal problema es elegir qué borrar. La novedad siempre toma precedencia y el pasado, temporalmente olvidado, fácilmente puede terminar siendo reemplazado.

Claro que frente a este problema existen iniciativas como Archive.org, pero su alcance es, naturalmente, limitado. La importancia del rol de los curadores frente a esta situación se ve particularmente exacerbada. Como demuestra la pérdida de gran cantidad de películas mudas y grabaciones musicales, el peligro de perder obras irrecuperables es alto.

Quizá es aquí donde la osada perspectiva metafísica de que estamos hechos de información tanto como de átomos se vuelve punzante. Si la información que remite a nuestra identidad es cada vez mayor y más frágil, y puede usarse para cambiar la forma en que nos manejamos con el mundo o incluso la forma en que nos percibimos, y a esto le sumamos una industria montada sobre la manipulación y registro de esta información, ¿qué podemos esperar que pase?

La propuesta de Floridi no es necesariamente innovadora respecto de lo que debemos tener en cuenta, pero sí es útil al momento de pensar el marco ético que debería adoptarse frente a las posibilidades de la tecnología digital frente a nuestra identidad. De este modo, cuando discutimos sobre privacidad no sólo estamos contemplando lo que pasa con nuestra información en el mundo, sino la forma frágil e imperfecta en que esta nos constituye.

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