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Una escritora servicial

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6 de mayo de 1998  

UNA muchacha sin familia acaba de doctorarse en Filosofía y, sin interés por la carrera académica ni por ningún otro empleo relacionado con sus estudios, decide buscar un trabajo que le resuelva su necesidad de vivienda y le deje libre la mente para pensar. Será, como se diría aquí, muchacha con cama adentro, la criada del título. Un título que trae inevitables resonancias de Jean Genet. Sin urgencias, la narradora y protagonista de esta historia elige un bello departamento "en el quai d´Orléans , el de Swann, donde la tía abuela de Marcel creía que vivir era verdaderamente deshonroso", lugar al que -ironiza con lucidez- jamás habría accedido a través del crecimiento económico que podía augurarle su futuro académico.

Tal es el punto de partida de esta breve novela de Isabel Marie, nacida en Barcelona, en 1943, pero educada en Francia desde que el padre -hombre de la militancia republicana- fue condenado a muerte en su país natal. Marie murió de un accidente cardiovascular en 1996, poco después de la publicación de La criada -que recibió nominaciones para varios premios importantes, entre ellos el Goncourt- y poco después también de concluida su última novela, La malle , publicada póstumamente en 1997.

Eficiente en su trabajo, la criada va ganándose poco a poco la confianza de sus empleadores, el matrimonio formado por Bernard (un empresario apenas cuarentón, fornido, lacónico y "eficaz" en todo menester) y Laura, una bellísima muchacha de veinticinco años que se pasa el día encerrada y lavándose las máculas dejadas, más en su alma que en su cuerpo, por el comercio carnal de la noche anterior. Todo transcurre dentro del amplio y lujoso departamento, sin más personajes que el trío.

El recorrido es el de una revolución de palacio. Luego del divorcio carnal entre marido y mujer, que se reparten zonas del departamento, la joven va convirtiéndose durante el día en amiga indispensable para Laura y, durante la noche, en amante de Bernard. Así descubre en la computadora de su empleador (ahora también nocturno) una novela erótica evidentemente autobiográfica, muy mal escrita, que ella se dedica a reescribir, superponiéndole el relato de su propia experiencia con él (con ellos), mientras la dueña de casa va reemplazándola en las tareas domésticas.

Entre los méritos de esta novela, debe anotarse el hecho de que, con semejante argumento -un tanto esquemático y sospechoso de inverosimilitud-, la cohesión interna y el recorrido textual la hacen no sólo verosímil en el acto de la lectura sino también, pese a la poca acción, casi vertiginosa. Colabora con esto una cierta tensión en la voz de la criada narradora, en su forma de enunciar, con frases breves, sueltas pero firmes, capaces de hacer que hasta lo previsible parezca sorpresivo. También hay que agradecerle a la autora que no haya cedido a la tentación de explotar ese comercio carnal de la historia: las escasas descripciones concretas -nunca demasiado directas- están, en realidad, más cerca de la esencialidad de la doctora en Filosofía y de la vivencia psicológica que del abuso de lo obvio.

Pablo Ingberg

(c) La Nacion

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