España, otra vez el faro adonde todos miramos

Javier Navia
Javier Navia LA NACION
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27 de mayo de 2018  

Pasaron ya 37 años desde que el director y productor Antonio Mercero lanzara, en 1981, aquella serie de una única temporada que contaba con gracia andaluza las vacaciones iniciáticas de un grupo de chicos arribados a la adolescencia en la incipiente democracia española. Aquel Verano azul sería inolvidable para una generación de televidentes iberoamericanos, encantados con la novedad de sus personajes y los modismos españoles que cautivaban al público. España había alcanzado su democracia al menos un lustro antes que la mayor parte de América Latina y atravesaba con plenitud el Destape, con ficciones que procuraban abordar sin tabúes todas las temáticas. Era el faro hacia donde todos miraban y sus producciones desinhibidas dejaban atrás el costumbrismo apenas pícaro del cine de Alfredo Landa, tan característico de la última etapa del franquismo. Desde la pantalla, Imanol Arias y José Sacristán seducían con sus susurros y contagiaban audacia al cine argentino que empezaba a desatarse de la censura.

Hace apenas dos semanas Mercero murió a los 82 años sin ser consciente del renovado furor que las producciones españolas están despertando nuevamente en América Latina y principalmente en la Argentina, donde las series provenientes de ese país se convirtieron en uno de los fenómenos culturales del año, despertando fervor en sus seguidores e intensos debates en las redes sociales. Una controversia que ni siquiera el interés, ya algo agotado, por las ficciones turcas generó.

El tiempo entre costuras, Velvet, La Embajada, Vis a vis y Gran Hotel, entre otras, iniciaron el fenómeno hace un par de años, y este 2018 ha sido la exitosísima La casa de papel la que terminó de volver fervientemente aficionada a las series españolas a buena parte de la audiencia argentina que, año tras año, dedica cada vez más horas al descubrimiento de ficciones adictivas en el streaming.

Pero, a diferencia de lo ocurrido a comienzos de los años 80, la devoción que para muchos despiertan las series españolas no es compartida por todos. Algunos dicen ni querer oír hablar de ellas, se niegan a darles una oportunidad, afirman que solo pueden ser vistas con subtítulos y se espantan con el boom, admitido por los registros civiles porteños, de la elección para los recién nacidos de nombres de los personajes más rutilantes de La casa de papel: Nairobi, Río o Berlín, este último interpretado por Pedro Alonso, el actor que esparció días atrás su popularidad por Buenos Aires, donde habló con LA NACION revista.

La grieta de las series españolas enfrenta a bandos apasionados y esta edición está dedicada a analizar y entender por qué España es otra vez el faro adonde todos miramos.

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