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Juan Minujín

Crédito: Matías Salgado
El actor explica habla de la presión de pertenecer al mainstream
Natalia Laube
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23 de mayo de 2018  • 16:32

Juan Minujín siente algo parecido al alivio después del estreno 100 días para enamorarse, la tira diaria que desde el 7 de mayo ocupa el prime time de Telefe (va de lunes a jueves a las 21:45) y que alcanzó los números de rating más altos de la televisión argentina en esta primera mitad del año. “Es una pesadilla grabar algo y que no esté al aire, te sentís en una especie de eterno ensayo en en el que no sabés bien qué está pasando, cómo va a ser leído tu personaje”, cuenta en el bullicioso bar de los estudios de Martínez, a la hora exacta en que algunas celebridades locales deciden acompañar la pausa de sus grabaciones con un café y se hace difícil pedir silencio para charlar en calma. “A veces te pasa que vas por un lugar, y cuando el programa sale al aire, te das cuenta de que lo que se ve es otra cosa, que el personaje y las situaciones que grabaste habilitan otra lectura. Las devoluciones de la gente te ayudan a entender lo que estás haciendo. Como en las obras de teatro, que se terminan de cocinar cuando tenés a los espectadores delante.”

100 días para enamorarse, la comedia que Minujín coprotagoniza junto a Carla Peterson, Nancy Dupláa y Luciano Castro, atrajo a los televidentes poniendo la lupa sobre una problemática extendida en nuestra era de amores líquidos: la crisis matrimonial, que muchas veces surge como síntoma de otra crisis mayor, la de la mediana edad. En esta comedia, Minujín es Gastón Guevara, un abogado dueño de un estudio prestigioso junto a su mujer (Peterson). Gastón parece tener todo lo que el imaginario social traduce como “una vida perfecta” (éxito, plata, una familia tipo) hasta que su mujer comunica e instala la necesidad de separarse. Y así es como Minujín se dedicará este año a ponerle el cuerpo a un personaje con problemas muy distintos a los de Pastor Peña, el policía infiltrado en la cárcel que había interpretado en el unitario de Sebastián Ortega y Adrián Caetano, El Marginal.

100 días... tuvo un buen arranque y es, por ahora, de los programas más vistos del año en la TV. ¿Cuán pendiente del rating estuviste durante las primeras semanas?

Lo estuve siguiendo. Siempre que me lo mandan, miro los números, pero no sigo el minuto a minuto ni estoy chequeando en qué escena la gente cambia de canal y en qué escena vuelve o qué está haciendo El Trece. No me enloquece, pero obviamente me importa porque me parece una medida, como tantas otras, de lo que pasa con el programa: obvio, no es necesariamente una medida valorativa de la calidad pero sí de cómo está siendo recibido en el público y en ese sentido, me alegra si vamos bien.

A través de Netflix, El marginal consiguió una audiencia mayor a la que había alcanzado en su emisión en la TV Pública. ¿Qué te atrae del on demand como formato?

Me gusta mirar series por encontrarme con actores de los que no sé nada, cuya vida no conozco. Me gusta no saber si el tipo está casado, si tiene una familia, tiene hijos, es hétero, es gay. Ver a alguien sin ver todo su contexto, mirar las historias y las actuaciones sin ningún prejuicio previo. Y me gusta también pensar en eso para mí: trabajar para públicos que no tienen ni idea de quién soy.

Si uno forzara una analogía de tu carrera con Vaquero , tu primera película como guionista y director (2011) podría decir que, en los últimos años, comenzaste a jugar en las ligas de Alonso, el actor famoso que hacía Leonardo Sbaraglia y despegaste de Julián Lamar, el actor indie y un poco frustrado que vos interpretabas. Si es que en vos existe algo de Julián, ¿dirías que la neura cambió con tu llegada al mainstream?

No, la verdad que no (risas). En Vaquero, obviamente, llevé al extremo un color que también está en mí, aunque yo no vivo así, imaginate, si no estaría muerto. Pero los lugares de insatisfacción tienen que ver con la neurosis y no con hechos concretos, por eso no se llenan nunca: no se trata de alcanzar determinadas cosas para estar más en paz. Siempre podés pensar que tal actor está haciendo un unitario que está buenísimo, o que tal otro está trabajando afuera. Es una bola que, si no te podés bajar, no se detiene nunca. A mí, todo ese costado miserable y patético que está puesto en Julián me resultaba divertido para escribir y actuar y siento que habla mucho de nuestra época. Estamos demasiado atravesados por las historias exitosas, por la gente flaca, linda, a la que le va bien... todos los valores están muy puestos ahí, y la gran mayoría no somos todo eso, o no podemos sostener eso todo el tiempo.

"Estamos demasiado atravesados por las historias exitosas, por la gente flaca, linda, a la que le va bien", dice Minujín. "Todos los valores están muy puestos ahí, y la gran mayoría no somos todo eso."

Y cuando aparece la tentación de medirte con otros, ¿cómo hacés para escapar de ahí?

Escribo, porque es una manera de expresar y de reflexionar lo que me pasa. También hago análisis hace miles de años. Y hablo con mi esposa, con mis amigos. Le doy un espacio a esos pensamientos, no los niego, porque creo que son inevitables. Y que es algo que le pasa a todo el mundo. Lo que tiene la profesión del actor es que, como es un trabajo público, en general todo el mundo puede opinar sobre lo que hacés. Un arquitecto no tiene que estar todo el tiempo dando explicaciones, ni el que está remodelando un PH ni el que está construyendo un aeropuerto. En cambio los actores vivimos escuchando la opinión de los demás. “Che, te vi en la tele, no me gustó mucho”. “Hace mucho que no trabajás vos, ¿no?”, “Estaba bueno el programa, qué lástima que les ganaron en rating”.

En las últimas semanas apoyaste públicamente la legalización del aborto en entrevistas y a través de las redes, ¿qué te llevó a hacer pública tu opinión sobre el tema?

No es algo que me haya empezado a importar ahora, es un tema que me interesó siempre, y a la luz de la discusión en el Congreso creo que es un momento para sentar posición y también para escuchar otras opiniones. En principio, creo que la despenalización del aborto es beneficiosa para la sociedad entera, porque la vuelve más igualitaria, y eso favorece a las mujeres pero también a los varones. Un argumento que por estos días circula mucho es que “los abortos existen igual, sean legales o clandestinos, y es mejor darle un marco más seguro a la mujer”. Por supuesto, me parece bien ese argumento. Pero, en lo profundo, para mí la cuestión pasa por otro lado, y es que que nadie tiene por qué legislar sobre el cuerpo de la mujer. Hay algo del orden de la emancipación que el estado tiene que acompañar para ampliar derechos y que seamos más iguales.

Ya que tocamos el tema género, me gustaría preguntarte por la paternidad. Siempre se les pregunta las mujeres cómo las transformó la maternidad pero no tanto a los varones cómo viven su rol de padres. ¿Qué cosas cambiaron desde que sos papá?

Ser papá me manda a un viaje que tiene que ver con mi propia infancia, con entender algunas decisiones y circunstancias que atravesé con mis padres, con entenderlos a ellos. Y eso me pasa porque pienso en el tema, porque quiero estar conectado con las chicas, quiero estar atento a qué les va pasando, cómo se van sintiendo, entenderlas: qué le pasa a una nena de ocho años cuando vive determinada situación, qué piensa una nena de doce años cuando le dicen tal cosa... Creo que a mí la paternidad me volvió mejor, en el sentido de que me hizo escuchar un poco más al otro, a ver cosas que no veía. Pero también te puede potenciar ciertos costados que no están buenos: los miedos, la impaciencia, la posesión. Por eso no sobrevaloro la idea de la paternidad ni de la maternidad. Creo que ese discurso de que la realización llega a través de los hijos es muy heavy, una pesadilla, sobre todo para las mujeres.

Más allá de las crisis de pareja, el gran tema de 100 días... es la crisis de la mediana edad. ¿Qué dirías que te están enseñando los 40?

Lo que más cambia, me parece, es que conectás, por primera vez, con la finitud de las cosas. Pasando los 40 empezás a pensar que lo próximo que viene son los 50, y después los 60, y los 70... y después ya no queda mucho más. Y eso si tenés suerte. Pero yo estoy tranquilo, me siento contento: el recorrido que hice hasta ahora lo miro con mucho amor. Me parece que en la profesión fui encontrando cosas que me gustan, que me representan, más allá de que hay otras cosas personales que me dan mucho orgullo, como mis hijas y mi matrimonio, que son un abrigo que tengo y siento muy cerca. También pienso que hay cosas que ya no voy a hacer, pero bueno, hay otras tantas que sí, cosas que quizá ni me puedo imaginar ahora. Por suerte la carrera de los actores da muchas posibilidades, no tiene por qué acabarse rápido. Uno puede tener una gran carrera a los 50 o a los 60. Lo que sí quiero sostener siempre es un lugar de creación personal: si pienso en el futuro, me angustia pensar que la única posibilidad sea esperar a que me llamen para hacer de abuelo en una tira. Quiero seguir escribiendo, filmando, generando proyectos propios. Como manera de crear mi propio trabajo, pero fundamentalmente como manera de crear mi propio espacio.

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