srcset

Grandes Esperanzas

Perder al hermanito lo sumió en el silencio; pero gracias a su fortaleza su familia volvió a la vida

Carina Durn
(0)
25 de mayo de 2018  • 00:52

En el 2010, una meningitis bacteriana le arrancó la vida a Ignacio, su pequeño de 2 años y 5 meses y todo, absolutamente todo, dejó de tener algún sentido.

Ante ellos, la vida estaba rota. Su madre, Laura, una psicoanalista que por aquel entonces tenía 36 años, se encontró paralizada y sin armas para recomponer un mundo ahora tan ajeno a ellos. Facundo, el hermanito mayor, tenía 7 y quedó sumido en un silencio atronador, mientras que el padre se quebró a tal punto, que creyó que no sería capaz de levantarse de una cama en la que se acurrucaba para llorar como un niño. "Y ahí estaba yo", dice Laura, "Que ya ni sabía quién era y que no sabía qué iba a hacer con todo ese amor que tenía para Nacho".

Recorrieron iglesias, recurrieron a grupos de padres que habían perdido a sus hijos, intentaron encontrar el descanso de sus mentes imparables a través de pastillas para dormir y visitaron psicólogos que no tenían palabras frente a ese dolor inenarrable; "Pero, fundamentalmente, recurrimos a nosotros mismos, a esa familia de tres en la que nos convertimos en un abrir y cerrar de ojos: nos abroquelamos, nos abrazamos tantas veces como hizo falta y más también; nos escuchamos, nos lloramos, nos dejamos caer, porque fue inevitable. Nos sostuvimos unos a otros", rememora Laura, conmovida.

De un día para el otro, comprendieron hasta qué punto el duelo duele, pesa y ocupa un enorme lugar. Les había quitado el sueño, el hambre y las ganas; sentían que, inevitablemente, ensombrecía, agobiaba, les lentificaba los movimientos y que sus gestos se habían entristecido al punto de endurecerse.

De un día para otro, tuvieron que aprender a ser una familia de a tres.
De un día para otro, tuvieron que aprender a ser una familia de a tres.

Y, aun así, hubo un día en que, de a poco, volvieron a sonreír; a veces, pudieron más; otras, volvieron a caer. Y estaba bien, porque Ignacio siempre iba a faltar. "Pero resulta que era verdad que el amor todo lo puede", dice Laura mientras sonríe, "Es la fuerza más poderosa de todas y, quien nos lo hizo comprender, el salvador de toda la historia, el de la enorme valentía, fue su hermano, Facundo. Un niño que se volvió enorme de tanto coraje, que lloró a gritos desesperados pidiendo por su hermano, que se dejó atravesar por la profunda ausencia de su compañero de juegos. Él se convirtió en mi único héroe, como dice la canción".

Hermanos

En el año 2010, Facundo estaba en primer grado. Cada día, su mamá lo buscaba del colegio con Nacho y, esa rutina, siempre terminaba en un abrazo entre hermanos. "Nacho siempre tenía un chupetín para Facu en la mano; todos los días debíamos, obligatoriamente, comprarlo en el kiosco, y yo no lograba que Nacho me diera la mano camino a casa; él se aferraba a su hermano. Llegar, implicaba una carrera entre ellos, que Facu le dejaba ganar día tras día", recuerda Laura.

Eran buenos hermanos, ni más ni menos que eso. Facu, que le llevaba 5 años, era el referente más amoroso para Ignacio: compañero de juegos, de líos y de peleas, claro. Tan unidos eran que, Facundo fue también el testigo de la descompensación y quien acompaño a su madre, en plena desesperación, a la clínica.

"Cuando llegó lo peor, a él le dijimos que su hermano estaba internado. Fue recién al día siguiente que, junto con mi marido, le dijimos la verdad", continúa Laura, profundamente emocionada, "Facundo preguntó si era una broma; le dijimos que no, y ahí salió corriendo a buscar una foto de Ignacio y se abrazó a ella. Después nos abrazó a nosotros y lloramos. Lloramos mucho, lloramos sin saber qué íbamos a hacer a partir de ese momento".

Vivir sin ruido

Después, Facundo quedó sumido como en un estado silencioso: dejó de hacer ruido, dejó de mirar dibujitos y dejó de pedir que le compren caramelos y figuritas. Facundo se había ido lejos, y sus padres más.

"Reconozco que, de los primeros días posteriores a la muerte de Ignacio, tengo una especie de gran amnesia", revela Laura, "Pero sé que Facu se iba a la casa de los abuelos y se quedaba a dormir ahí; que hablaba con él por teléfono tratando de que mi voz se pareciera lo más posible a mi propia voz. Sé que venían los tíos con juguetes para distraerlo y que hubo mucha gente ofreciéndose para que Facu fuera a jugar a la casa de algún compañero del cole".

Facu y Nacho
Facu y Nacho

Por las mañanas, Facundo se despertaba abrumado, confuso, llorando con un dolor oscuro que tan solo interrumpía para decir que extrañaba a Nacho y, entonces, Laura lo abrazaba lo más fuerte que podía. Pero ella tenía miedo de que se rompiera, porque, para su mirada, tanto dolor lo había transformado en un niño de cristal. "Sí, tenía miedo del dolor de Facundo; de que se ahogara en tanta pena, que empezara a tener problemas en el colegio, problemas de conducta, que se empezara a aislar, que nos odiara a mi marido y a mí, tenía miedo de que no volviera a reír nunca más, tenía tanto, pero tanto miedo...", recuerda Laura. "Por eso cuando él lloraba, yo lloraba con él y por él".

De pronto, Laura notó que Facundo nunca preguntaba por los detalles de lo sucedido, ni que tampoco expresaba otra cosa más que el hecho de que extrañaba a su hermano y, a raíz de aquel comportamiento, se le ocurrió proponerle que escribiera una especie de diario íntimo para que volcara sus emociones. Y así lo hizo.

La fortaleza creciente

Y un buen día, en las fiestas, Papá Noel le trajo a Facu una bicicleta azul con un moño enorme y, cuando la vio al lado del árbol, se sonrió. Fue la primera vez que lo observaron hacerlo después de lo sucedido. "No recuerdo ni cómo ni por qué, un día me dijo que quería empezar a practicar Tae Kwon Do", continúa Laura, "Ahí estaba él, con su uniforme blanco, dando patadas al aire, moviendo los brazos con gestos duros mientras lanzaba un grito. Su entusiasmo por el arte de la defensa personal duro 1 año y medio, hasta que un día me dijo que no quería ir más. Intentamos convencerlo de que siguiera: no hubo caso. Fue después de cierto tiempo que entendí que no había sido casual la elección de ese deporte: Facundo necesitaba defenderse del dolor que le provocaba la muerte de su hermano. Y así ganó cierta confianza en él mismo; su decisión de no seguir, me permitió empezar a descubrir la fortaleza de mi hijo".

Con el correr de los días, Facundo estuvo mejor, pero, cada tanto, volvían los instantes de tristeza inevitable; entonces, se ensombrecía, se acurrucaba en el regazo de su madre, callado y, a veces, lloraba. Sus padres sintieron que era momento de recurrir a ayuda profesional. A Facundo no le gustaba ir a la psicóloga, pero, aun así, lo hizo durante meses. "Decía que se aburría, porque últimamente lo único que hacía era armar rompecabezas. "¡Justo él, que solía ser un fanático de armar rompecabezas!", recuerda Laura, "Una vez más, Facu se puso firme en la decisión de no querer seguir con algo que para él ya estaba terminado. La psicóloga estuvo de acuerdo: esa etapa, por el momento, había concluido. Una vez más entendí que él había logrado rearmar el rompecabezas que era la muerte de su hermano: algo había sido puesto en algún lugar que a él lo había tranquilizado de alguna manera".

Volver a reír

Los años pasaron y Facundo se convirtió en un adolescente de 14 años: grandote, bueno, sensible, que le gusta abrazar fuerte, tan fuerte que a su madre la hace sentir más chica que él; una personalidad que se malhumora rápido, que tiende a ser introvertido, que le gusta jugar a la Play, ver series de ciencia ficción y seguir a Boca con fanatismo.

"Un chico que le gusta poco el colegio, pero trae buenas notas. Facu sigue siendo de pocas palabras, pero de una fortaleza inmensa", expresa su mamá, conmovida, " Saben, el duelo es una nostalgia que corroe la piel. Así, el duelo nos hace marionetas del dolor. Nos enmudece. El duelo huele a culpa, a rabia, a desesperanza desesperada por volver a ser esperanza. El duelo es contradicción pura; es vulnerabilidad absoluta; el duelo es no tener ganas de nada; llorar con el desconsuelo de enfrentarse a lo inevitable. Es tener siempre los ojos húmedos y la cara hinchada; es fumar más de la cuenta y dormir menos de lo necesario. Es no acordarse de lo que antes era importante. El duelo es quedarse carente de todo y huérfano de todos", continúa.

Emma
Emma

"Y en todo este proceso, Facundo nos superó en fortaleza a nosotros, los adultos. Aun cuando no haya puesto demasiado en palabras su dolor, entiendo que lo puso en acción y ahí siguió, creciendo mientras atravesaba y sigue atravesando este dolor inmenso que significa aprender a vivir sin un hermano. Porque sé que su infancia quedó truncada, porque perdió a su compañero, a su mejor aliado. Porque, de vez en cuando, tiene días tristes, pero nunca se dio por vencido; y ahí, me desborda la admiración por mi hijo: él se convirtió en el más valientes de todos los superhéroes. Facundo me enseñó a seguir viva. Algún día, quizás, me va a hacer todas las preguntas que todavía no me hizo. O quizás yo le pregunte a él: Facu, ¿cómo hiciste?", concluye sonriente.

Lo cierto es que sí, el amor fue más fuerte, porque aún a pesar de su aflicción, a sus vidas llegó Emma, la tercera hija. Aún en el dolor, volvieron a reír.

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?