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Pedro Alonso: "Soy todo lo que la gente quiera"

Una experiencia chamánica lo ayudó a interpretar a Berlín, "un hechicero en la penumbra" según define el actor. Samsung lo trajo a la Argentina para protagonizar su campaña El Plan Perfecto
Una experiencia chamánica lo ayudó a interpretar a Berlín, "un hechicero en la penumbra" según define el actor. Samsung lo trajo a la Argentina para protagonizar su campaña El Plan Perfecto
Flavia Fernández
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27 de mayo de 2018  

El nivel de intensidad de la calle, de los fans, incluso el clima huracanado atípico que le tocó en la ciudad va en total sintonía con la mirada del protagonista. Es que Pedro González Alonso (así lo inscribieron en Galicia, hace 46 años), Pedro Alonso (su nombre como actor), Pedro Alonso Ochoro (su firma como artista plástico) o simplemente Berlín (como le gritan, alucinados, los fanáticos de su personaje en la serie La Casa de Papel) es laberíntico y profundo, tanto que en una hora de charla de café puede improvisar una veintena de frases que darían lugar a varios títulos.

Empieza fulminante cuando asegura que trabaja de la manera en que preparan el cocido (puchero) en su tierra: al todo vale. "Claro que luego, si lo has hecho con amor, todo fragua de una forma diferente", dice el actor, elegido para la campaña de su línea de televisores por Samsung Argentina, que lo trajo al país.

En su estada no tan relámpago en Buenos Aires, la estrella de Padre Casares, Rías Baixas, Gran Hotel y la explosiva serie que popularizó la máscara de Dalí, hizo de todo. Pero no al estilo celebridad arrojada al cliché. Alonso bailó tango, sí. Pero también meditó con dirección al Plata, continuó con su ritual de pinturas en tinta china, navegó en el Nahuel Huapi, vio fútbol y entendió a la perfección nuestro país. "Será que me encanta meterme en zonas de fricción. Ustedes están con temas muy fuertes, que hacen que una sociedad se revuelque. El debate del aborto, la costumbre de juzgar. Son asuntos universales. Personalmente, tengo tantos defectos y limitaciones que no me queda otra que empatizar con los defectos y limitaciones ajenas. Mi profesión es una buena forma de comprender que detrás de cada comportamiento hay una razón".

Fuente: LA NACION - Crédito: Martín Lucesole

¿Y cuál sería la razón por la cual tantas mujeres inteligentes están enamoradas de un personaje como Berlín, un auténtico psicópata?

Me apropié de la descripción inteligente de un periodista, que expresó que Berlín ve a las personas que lo rodean como una película en blanco y negro que ha envejecido mal. Es un temazo. Yo también me lo he preguntado, pero tiene que ver con lo que estamos viviendo los hombres y las mujeres. Confieso que tengo una especie de obsesión con los sapos. Me gusta la mitología de este animal, aquello de que puede convertirse en otra cosa. Y también me cuestiono cómo un personaje tan misógino y en algún punto demente resulta tan entrañable cuando políticamente es impresentable. Vivimos en tiempos extraños donde ya casi no hay sapos que se hacen príncipes, sino sucede al revés.

¿Cómo te preparás para un personaje así?

Aunque parezca lo contrario, no soy de componer. Y tengo tiempos lentos. Debo bucear hasta encontrar algo que resuene en mí, entenderlo desde mi sensibilidad. Hay gente que no necesita llegar a ese extremo; yo en cambio tengo que colocarme en el punto de energía del personaje. La pintura es mi pilar fundamental. Me ayuda muchísimo. Cuando estudio, intervengo los guiones. A un punto de casi no poder leerlos.

¿Cuando triunfa la pintura es que ya sabés la letra?

(Risas) Algo así. Son formas para entrar en la piel de esas personas. Por eso es maravilloso cuando la gente te ve haciendo un cura, un santo, y cree que sos una persona pura. ¡Y te lo dice! Todo lo contrario luego cuando interpretas a un villano. Me ha sucedido en un tren. Estaba en territorio gallego, donde se emitía la serie Padre Casares, y varios pasajeros halagaron mi bondad. Luego, sentado en el mismo asiento, pero saliendo de Galicia, otra persona me sentenció por mi personaje de malvado en la serie Gran Hotel, que se estaba emitiendo ahí. Entiendo que es la necesidad de catalogarlo todo, de etiquetar. Es la metáfora perfecta de lo fácil que es que alguien te reconozca y te sentencie.

¿Siempre hablaste con la pausa y las comas justas, en estado de reflexión? Sorprende dar con alguien que maneja los tiempos...

Es que mi ambición es ir cada vez más despacio. Seguramente porque en algún momento fui un acelerado, incluso ansioso.

Fuente: LA NACION - Crédito: Martín Lucesole

Debe haber receta, imagino.

La meditación. Y lo cuento porque creo que es algo que puede hacer cualquiera, al margen de su consideración cultural o religiosa. Meditar no es más que pararse, respirar, quedarse un poco quieto. Siempre he tenido cierta inquietud espiritual. Vengo de una familia que no tiene nada que ver con estas cosas: clase media, típicamente cristiana y española. Pero he hecho un largo camino que me llevó por otros sitios. Entiendo que hice un transfer con mi profesión y el arte en general. Lo que me interesa comunicar es que puede hacerlo cualquiera. Yo comprendí el significado de la meditación con un señor de pueblo, profesor de niños pequeños. Lo encontré un día en la playa, en Gibraltar. Me gustó porque no me habló con toda esa parafernalia de la gente de la nueva era. Este era un hombre de campo, que hacía zanjas y también meditaba. Se llamaba Jesús.

¿Lo volviste a ver?

Lo frecuenté en ese entonces, cuando vivía en la playa. Es que yo he tenido varias vidas.

¿Añorás alguna de ellas?

No. Me gusta mucho esta de ahora. He descubierto que la escritura me ayuda a procesar lo que es la vida. De muy joven escribí algo en prensa, tenía una columna diaria con el tema de la Eurocopa. Lo hacía francamente mal. Pero en los últimos años comencé a hacer otra cosa. Sonará curioso, pero lo logré gracias al WhatsApp. Es que les escribía mensajes a mis amigos, como para no perder lo que bajaba en el momento. Comenzó como una serie de reflexiones espontáneas, sin filtro. Siempre en modo avión, buscando un interlocutor. Luego lo metía en un cuaderno y finalmente no lo enviaba. Ese proceso ya son seiscientas páginas que posiblemente se transformen en libro.

¿Es cierto que te instalarás en París? ¿No es que se viene La Casa de Papel temporada 3?

En principio, no voy a estar. Hay tercera temporada, pero aún no se sabe oficialmente el elenco completo.

Porque se especula con que sos el enmascarado de la foto promocional. Aunque te parezca mentira, este también es debate de café en la Argentina...

Bueno, fantástico. Las charlas de café de ustedes son famosas. Pero la realidad es que aún no hay nada. Por otra parte, la experiencia me dice que, hasta que no firmes, no des por sentado nada.

"Me cuestiono cómo un personaje tan misógino, algo demente y políticamente impresentable resulta tan entrañable"

¿Y lo de París?

Sí, eso es cierto. Me voy por dos meses. A escribir y aprender inglés. Vivir el Sena, ver pintura...¿no es un planazo?

¿Solo?

Bueno... Estoy escribiendo algo a cuatro manos con una maravillosa persona. Es una francesa listísima y talentosa, que escribe muy bien. Estamos haciendo La historia sin tiempo de la señora pájaro y el señor pescado, en inglés. Son reflexiones que convertimos en diálogo, al margen de las propias entradas. Algo bueno y creo que bastante original.

¿Y la escritora francesa es tu novia?

Sí, es mi novia.

Se sabe poco de tu vida privada...

Es que no hace falta.

¿Cómo se llama ella?

Tatiana. Y listo.

¿Se puede saber por qué a la hora de firmar tus obras, al Alonso le agregaste Ochoro?

Cuando empecé a trabajar como actor me puse el apellido de mi madre y eso a mi padre no le gustó nada. Así que cuando empecé a pintar, hace unos diez años, decidí agregar el Ochoro, que era el mote de mi padre en la aldea. Recuerdo cuando mi madre lo llamó. Antonio, ¡mira cómo firma tu hijo! Y el gesto le gustó mucho. Él se fue hace dos años y esa muerte me impresionó de una manera terrible. Primero, la tristeza de su partida, pero además dije: chin, pum. ¡Se ha muerto! Así de elemental. Ahí me di cuenta de que ahora me estoy convirtiendo en mi padre, que ya no soy un chaval.

Fuente: LA NACION - Crédito: Martín Lucesole

Actuar, pintar, escribir y hasta coquetear con el chamanismo. ¿Qué buscás?

Supongo que es el intento de entender la vida. Buceando en mi profesión de actor me he dado cuenta de que detrás de las feas historias de vida, siempre hay daño. Y el daño encerrado en una caja sale por algún sitio. Lo del chamanismo es algo que leo desde hace años y el haber estado en México me caló profundamente. Vibré de una manera impresionante, el corazón me bombeaba. Y me pasó algo alucinante. La noche anterior a recibir los guiones de Berlín, un ser absolutamente especial, me lo hizo entender. Es que tenía una relación directa con el personaje. Ahí me di cuenta de que debía interpretar a un hechicero en la penumbra que no trabajaba la energía para limpiar, sino para perturbar. Así que me tiré a vivir todo como una ceremonia chamánica. Apliqué la desaceleración del tiempo en una serie de acción.

¿Te quedan amigos de la aldea?

Me fui muy pequeño y la vida va como un tiro. Amigos son unos pocos, pero los míos son superlindos.

¿Cuál es el aroma de la infancia, además del cocido?

Me toca mucho el romero. Ya sabes que limpia. Tuve un momentazo con él en un campo. Me pasé un día dándome con hojitas de romero.

¿Algún ritual?

Digamos que estaba haciendo una experiencia de ritual, sí (risas).

¿Solo?

Sí.

¿Vestido?

Sí, en ese momento creo que ya estaba vestido (risas).

Te importa poco lo que diga la gente, ¿no?

Mira, cuando salí de la Real Escuela Superior de Arte Dramático, me pasó lo que le sucede a tantos actores que buscan su primer trabajo. En mi caso solo conseguí ocupación en un bar gay, poniendo copas. A veces me sucede que en el Instagram me escriben, ¿eres homosexual? Y me parece muy bien. Soy todo lo que la gente quiera.

¿Qué sabías de la Argentina?

En casa siempre se habló bastante porque, por parte de mi madre, hay familia aquí. Son primos de ella que conocí de pequeño y que seguro veré en mi próxima visita. Porque siento que volveré, se han abierto muchas puertas. Pero de la Argentina siempre se ha hablado en Galicia. Hemos pasado mucha miseria y Latinoamérica era la tierra prometida. Mi padre hablaba de Venezuela y se le llenaban los ojos de chiribitas. Brasil, Venezuela, Argentina... Esa era la gran ilusión.

¿Por qué brindás?

Estoy en una etapa que he vuelto a los 13, no estoy bebiendo. Y mira que he sido muy fiestero. Pero siempre se brinda a modo de deseo. En lo personal, a mí me gustaría mucho que la gente se quedara más rato quieta.

Producción: Lucía Uriburu. Makeup: Sofía Carnevale. Agradecimientos: Ermenegildo Zegna Patio Bullrich, Hugo Boss, Garzon García. Asistente de fotografía: Ezequiel Yrurtia y Rómulo Lucesole. Asistente de producción: Sol Uriburu.

Línea de tiempo

  • 1971. Nace en Vigo, Galicia, España
  • 1992. Egresa de la Real Escuela Superior de Arte Dramático
  • 1996. Debuta en cine con tres películas (en total, van 12): Paranoia dixital, Alma Gitana y Tengo una casa
  • 1997. Participa en la serie de televisión Todos los hombres son iguales
  • 1998. Nace su única hija, Uriel
  • 2003-2005. Participa en la la serie superexitosa Rías Baixas
  • 2008-2015. Protagoniza la serie Padre Casares
  • 2011-2013. Se hace mundialmente conocido con la serie Gran Hotel
  • 2013. En teatro, hace Los Justos, de Albert Camus
  • 2017. Su personaje, Berlín, se transforma en un hito de la exitosísima La Casa de Papel
  • Ell futuro. Se instalará en Francia unos meses, con el plan de escribir. Aún no está definido si participará de la tercera temporada de La Casa de Papel

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