¿La falta de inteligencia es responsable de la infelicidad en la pareja?

Diana Wang
Diana Wang LA NACION
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29 de mayo de 2018  • 00:38

Durante mucho tiempo la inteligencia era la lógico-matemática y la lingüística. Pero hoy hay descriptas varias más. La cinestésica-corporal (los grandes deportistas, bailarines), la musical, la artística-creativa (creatividad, innovación), la espacial (visión de patrones espaciales), emocional interpersonal (contacto con las propias necesidades y posibilidades), emocional intrapersonal (capacidad de empatía), naturalista ("mano verde", ecología), gráfica-plástica (dibujo, pintura, escultura), adaptativa-elástica (capacidad de ir variando según el cambio de las circunstancias). Son diferentes habilidades, algunas de las cuales son innatas y otras adquiridas. Ambas, con trabajo, entrenamiento y estímulos pueden crecer y potenciarse.

Agrego a esta lista, una nueva inteligencia, la requerida para una buena convivencia en pareja. Tal vez sea una combinación de varias de las ya descriptas, particularmente las inteligencias intrapersonal, interpersonal y la adaptativa.

Algunas personas vienen con la inteligencia para convivir en pareja incorporada, de manera natural y espontánea. En otras es preciso re descubrirla, entrenarla, hacerla crecer y desarrollar.

Muchos de los problemas que veo en la convivencia cotidiana se deben a la total y franca estupidez parejil, o sea, a la falta de inteligencia para vivir en pareja.

¿Acaso no es signo de total estupidez parejil el esperar que el otro nos adivine todo el tiempo? ¿Que sintamos y tomemos todo lo que el otro hace como dirigido a nosotros, como que nos lo hace a propósito por dañarnos? ¿Creernos que somos el centro de su mundo y de su vida a toda hora?

¿No es una total estupidez parejil que dejemos de lado lo que funciona y nos centremos obsesivamente en "eso" que no está bien?¿Que creamos que aquella pasión que nos encendía al principio, si ya no está, quiere decir que el amor se terminó?¿Que nos creamos (h)angelitos (h)inocentes (gracias Cortázar) mientras que ubicamos al otro como la fuente de todos los males?

¿No es de mega estúpidos parejiles que le atribuyamos al otro nuestras propias carencias, cobardías y fracasos? ¿Que esperemos del otro, diariamente, el reconocimiento, el aplauso, la admiración? ¿que precisemos de confirmaciones de que le importamos, de que le somos necesarios?

¿No es todo eso resultado de una absoluta, básica y flagrante estupidez, o sea de un pobre desarrollo de la inteligencia para vivir en pareja?

La inteligencia para convivir en pareja está basada en una noción simple: en una pareja hay dos personas. No es tan obvio como parece así formulado, habitualmente se deja de lado. Tendemos a ver al otro como una extensión de nosotros mismos, con similares expectativas, gustos, anhelos, modelos de conducta y formas de ver el mundo. En consecuencia, si no hace lo que ya debería saber que necesitamos o estamos esperando, no es, según nos gusta suponer, porque es egoísta y no le importamos, no es porque ha dejado de querernos, es simplemente porque es otro.

Cada uno de nosotros vive y ve desde su propia mirada y supone que es así para todos, que somos la medida del universo, o sea que somos el modelo de lo que está bien, de lo que es normal, de lo que es natural y que todos los demás deberían ser así, caso contrario, son enfermos o malos. Al convivir suponemos, además, que el otro sabe lo que tiene que hacer o cómo tiene que ser para hacernos felices y que si no lo hace es por pura maldad. Dejamos de lado que al otro le pasa lo mismo, que también cree que su perspectiva es la buena, la normal, la natural, que es la medida del universo, en consecuencia también cree que vemos y sabemos sin que nos lo tenga que decir o pedir lo que tenemos que hacer o ser para hacerle feliz.

Luego, si la desdicha se basa en que cada uno espera que el otro no sea otro sino como uno quiere, espera o necesita que sea, es obvio que la básica noción de que una pareja son dos personas está ausente. Cada uno precisa diferentes calzados para caminar con más comodidad y se resistirá, como es lógico, a forzar a que sus pies se metan en los zapatos del otro que no solo no le serán cómodos sino que le lastimarán e impedirán caminar.

Había un famoso torero andaluz Rafael Guerra Bejarano, el "Guerrita" que tuvo notoriedad en España a fines del siglo XIX. Seguramente iletrado pero un filósofo poseedor de una inteligencia parejil natural. Lo conocemos hoy por una charla que mantuvo con José Ortega y Gasset en 1899 donde arrojó frases como "ca' uno e' ca' uno y ca' cual e' ca' cual" y "lo que no pue' ze' no pue' ze' y adema' e' impozible".

No sé cómo era la vida matrimonial de Guerrita pero si aplicaba sólo estas dos frases tenía asegurada la felicidad.

Por: Diana Wang

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