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Sábado

Códigos de la vestimenta estudiantil: ¿quién los establece?

Sebastián A. Ríos
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26 de mayo de 2018  

Pollera o pantalón gris, camisa blanca y zapatos negros; para el abrigo se puede optar entre el azul y el negro. Ese es el uniforme del Instituto Libre de Segunda Enseñanza (ILSE), vecino del Colón y de Tribunales. Luego está el otro uniforme, el de los chicos: pelos teñidos de rojo, de verde, de varios colores, a veces rapados a uno o ambos lados de la cabeza, alguna remera debajo de la camisa, seguramente más animada que el blanco. "Antes tenía algunas mechas azules, ahora tengo todo el pelo teñido de rojo. No uso aros ni pulseras porque me molestan, pero a veces llevo atados collares al cinturón o una remera debajo de la camisa para ponerle algo de color, si no, es medio aburrido", dice Belén Hernando, de 15 años, que cursa cuarto año en el ILSE. Solo una vez le llamaron la atención por su apariencia: "En una época usaba tiradores, que es algo que no está estrictamente contemplado en el reglamento [de vestimenta]. Al principio algunos profesores me decían que me quedaban lindos, hasta que un día el jefe de preceptores me dijo que no podía llevarlos, y dejé de hacerlo", cuenta.

Aunque periódicamente los titulares de los medios consignan algún conflicto puntual -el "corpiñazo" que se realizó en repudio al reto que recibió una alumna por concurrir al Reconquista sin corpiño-, cada vez son más los colegios secundarios en los que las reglas de vestimenta de las instituciones educativas conviven en cierta armonía con el otro uniforme, el de los chicos, ese que hoy se define en las redes sociales, donde los adolescentes buscan la aprobación de sus grupos de pares.

Luca Deira, Camila Dmitruk y Belén Hernando concilian el uniforme del ILSE con el de su grupo de pares
Luca Deira, Camila Dmitruk y Belén Hernando concilian el uniforme del ILSE con el de su grupo de pares Fuente: LA NACION - Crédito: Ricardo Pristupluk

"En la adolescencia hay una necesidad urgente de tener una identidad propia, por lo que siempre en esa edad ha sido complicado el tema de la apariencia. Pero creo que en los últimos tiempos hay un cambio al respecto: hoy, el tema de la apariencia no pasa por la rebeldía, sino por sentirse contenidos y comunicados dentro del grupo de pares", opina Susana Saulquin, especialista en sociología del vestir y directora del Posgrado en Sociología del Diseño (FADU-UBA). "Hoy, para los adolescentes la tecnología ocupa el lugar que antes ineludiblemente ocupaba la ropa, un lugar de comunicación y de formación de la identidad. Y allí están las selfies, que conllevan un narcisismo asociado a las redes sociales, donde no es que uno hace lo que quiere, sino que lo que se busca es la aprobación del grupo de pares".

Lejos de la ruptura, del querer mostrarse diferente, las redes sociales estimulan la uniformización de la vestimenta y de la apariencia adolescente. "Sumar likes y seguidores en las redes, es decir, ser visto y aprobado por muchos otros, se ha convertido en el mayor desafío de los jóvenes", coincide Susana Mauer, psicoanalista especialista en Niñez y Adolescencia.

"Las cabezas coloreadas, los grafitis en el cuerpo, los piercings son recursos elegidos por los adolescentes para enfatizar la natural necesidad de conquistar visibilidad. Tal visibilidad es hoy condición de existencia, y eso es así tanto en el mundo virtual como fuera de él", agrega Mauer.

Una visibilidad que encuentra sus códigos de etiqueta en las redes sociales, donde, como señala Saulquin, "hay que estar". Analizada desde ese ángulo, prosigue, "los pelos de colores o los tatuajes que lucen hoy muchos alumnos de escuelas secundarias no son sinónimo de rebeldía ante la institución escolar, sino que son elementos de la apariencia definidos por el grupo de pertenencia de los adolescentes. Hoy los chicos se uniforman, pero para responder a sus grupos de pares".

Grupos de pertenencia cuyos códigos estéticos no distan en algunos casos de los del mundo adulto. Los tatuajes son quizás el ejemplo más acabado de ello: el uso de tatuajes visibles y extensos hoy atraviesa a casi todos los grupos etarios de las distintas clases sociales. "Antes el tatuaje era algo marginal, pero hoy en día lo hace la gente de la tele, la moda, la música y el deporte, por lo que se ha perdido el prejuicio. Hoy un empresario ve a otro tatuado y se dice: '¿Por qué no me voy a tatuar yo si él es exitoso'?", apuntó Fernando Colombo, de Face Tatto. Incluso en la Policía Federal Argentina, donde siempre estuvieron prohibidos, hoy dicha prohibición solo alcanza a los visibles por fuera del uniforme.

Empujando los límites

Tiago Ortiz tiene 18 años y cursa quinto año en el colegio Palermo Sounder. Allí no hay uniforme, sí un código de vestimenta consensuado entre docentes, padres y alumnos, que establece que no se debe concurrir a clases con musculosas o sandalias, ni con polleras o bermudas muy cortas. Tiago respeta de buena gana ese reglamento, que en ningún momento objeta sus dos brazos tatuados hasta la muñeca, ni la cabeza rapada en ambos lados, con el pelo atado en una coleta. "Yo me siento cómodo -asegura-. Llevo jeans y botas, que es el palo en que me muevo, y remera de mangas cortas. Cero problema con el pelo, los tatuajes o los piercings; para actividad física sí nos piden que nos los saquemos por un tema de seguridad".

Aylén Pellegrini, Simón Cano, Carolina Licastro y Tiago Ortiz asisten a un colegio con mínimas restricciones de vestimenta
Aylén Pellegrini, Simón Cano, Carolina Licastro y Tiago Ortiz asisten a un colegio con mínimas restricciones de vestimenta Fuente: LA NACION - Crédito: Patricio Pidal/AFV

Pero la libertad en el vestir no significa que eventualmente no pueda haber algún que otro conflicto en torno a la vestimenta, advierte Pablo Cillio, director de estudios del Palermo Sounder. "Cuando le das libertad a un adolescente siempre estás expuesto a que busque ir un poco más allá -agregó-. Le decís que puede venir con el corte de pelo que quiera, y viene con el pelo sucio y despeinado..."

"Más allá del contenido de las normas que reglamentan la vida escolar existe una pulseada constante entre los estudiantes y las reglas institucionales -recuerda Susana Mauer-. Los adolescentes tantean y desafían las restricciones acortando las faldas, aflojando la corbata, con esmaltes de uñas y mechones coloridos. En esa negociación entre prohibiciones y concesiones se va modelando el perfil que cada colegio está dispuesto a autorizar a su alumnado".

Algunas escuelas -en general aquellas privados, muy tradicionales- siguen manteniendo uniformes y estrictos códigos de vestimenta. Allí, la pulseada entre el uniforme escolar y el que establece el grupo de pares de los adolescentes se da en pequeños gestos. Alejandra tiene 16 años y va a un tradicional colegio de zona norte, donde hasta el año pasado el uso de los pelos de colores estaba prohibido por el código de convivencia. "El código que nos dieron a principios de año no dice nada al respecto. Tengo teñidas las puntas de rojo, pero por si acaso para ir al colegio me peino de manera tal que no se me vea", dice Alejandra. Todos los días, al finalizar la jornada, Alejandra y sus compañeras de pelos teñidos ocultos sueltan su cabellera no bien trasponen el umbral de la escuela.

En otros colegios, en forma independiente a lo laxo o estricto de sus normas de vestimenta, los alumnos por vías más o menos institucionales reclaman mover la línea entre lo prohibido y lo permitido."Hicimos reclamos para que nos permitan usar piercings en la cara, y estamos planeando volver a realizarlos", cuenta Victoria Rodríguez, de 15 años, que cursa tercer año en el ILSE. Ella concurre al colegio con su pelo color rosa, lo que está permitido, pero debió quitarse el piercing que se había colocado en la nariz durante las vacaciones.

En la Escuela Municipal Paula Albarracín de Sarmiento, en Olivos, las alumnas realizaron tiempo atrás un "calzazo" para reclamar que se permita asistir con calzas a clases, prenda hasta el día de hoy no autorizada. En el Lenguas Vivas Juan R. Fernández, de Recoleta, el "pollerazo" convocado por el centro de estudiantes sí tuvo éxito, pues llevó a modificar el código de convivencia consensuado entre alumnos, padres y docentes; como consecuencia, hoy el uso de polleras "a medio muslo" ya no está prohibido en esa institución.

"Las costumbres y las modas han ido marcando modificaciones a través del tiempo, siempre consensuadas con los equipos docentes y de dirección. y con la intervención del centro de estudiantes y los grupos de convivencia", comenta Daniel Levy, miembro del equipo directivo de ORT Argentina. "Nunca hubo uniforme en la escuela, pero sí en otra época se sugería un tipo de vestimenta más formal", agregó.

Uno de los argumentos en favor del uso de uniformes o de la existencia de reglas de vestimenta en las escuelas es la necesidad de transmitir ciertos códigos que faciliten la inserción de los futuros adultos en el mundo laboral. Sin embargo, en una sociedad donde cada vez son más borrosos los límites que separan a la vida dentro y fuera del trabajo, y donde el tiempo de ocio se ve invadido por la demanda laboral, los códigos de vestimenta ya no son generales, sino que cada rubro, cada empresa o incluso cada área dentro de una empresa tiene sus propias reglas de etiqueta (tácitas, en su mayoría). Más que la necesidad de uniformización, lo que demandan estos tiempos es una mayor capacidad de lectura y de adaptación a distintos entornos.

Maylén Fudim, cursa sexto en ORT, donde asiste con piercings
Maylén Fudim, cursa sexto en ORT, donde asiste con piercings Fuente: LA NACION - Crédito: Daniel Jayo

Levy cuenta una anécdota que bien ilustra esa capacidad de adaptación: "El colegio tiene un programa de Naciones Unidas, en el que se realiza un simulacro de lo que sería una reunión de la ONU. Cada vez que se hacen estos eventos los chicos vienen de saco y corbata y las chicas visten de manera más elegante de lo habitual".

Maylén Fudin tiene 17 años y cursa sexto año en ORT: "Hay una realidad y es que existe una norma social que te dice cómo vestirte. Por eso mismo, yo no puedo salir desnuda a la calle -dice-. No veo que tenga sentido reforzar esa norma social".

Producción: Lila Bendersky

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