Optimistas vs. pesimistas: el desafío mayor de los políticos en esta etapa es la desigualdad

El presidente chino, Xi Jinping
El presidente chino, Xi Jinping Fuente: Reuters
Eduardo Fidanza
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27 de mayo de 2018  

Sobre el optimismo y el pesimismo podría acaso repetirse lo que Pablo Neruda sostuvo sobre el realismo y el idealismo: como el agua y la piedra, son parte del mundo. O las caras de una misma moneda, para recurrir a un tópico. Si se acepta este argumento, ¿puede juzgarse la política mundial eligiendo una faz y desechando la otra? ¿Cuáles serían los criterios válidos para hacerlo? La primera idea que surge para rebatir esa opción binaria es que optimismo y pesimismo son atributos psicológicos, no valores sociales. Si se aparta el psicologismo, se verá que en cada época las elites construyen sus certezas y a través de ellas las sociedades juzgan el pasado, el presente y el futuro. Se es optimista o pesimista según la cultura, no de acuerdo a los caprichos del estado anímico.

Por eso, para juzgar la política hay que ceñirla a contextos históricos. Ellos determinan la forma en que se valoran el poder y la moralidad. No es lo mismo para la política que la cultura se organice en torno a la salvación del alma, el progreso de la razón o el consumo hedonista. El pesimismo de la religión es el pecado; su optimismo, la creencia en Dios; el éxito de la razón consiste en el progreso indefinido, aunque para ello haya que pecar, y su fracaso es el retroceso, aunque sus responsables abracen la fe. Por fin, el hedonismo, que domina el presente, celebra el consumo frenético, sin importarle la religión o la razón. El paro es su desgracia. El capitalismo actual seduce para vender lo superfluo. Devorarlo alimenta el pesimismo de los sobrios, pero es el hálito vital del hedonista. Como se aprecia, el optimismo o el pesimismo no pueden determinarlos las estadísticas sino las costumbres.

En este juego de relatividades, el valor de la democracia está hoy en pugna con tendencias autoritarias y consumistas. Es un conflicto con final incierto. Otorgando razón perdurable a Marx y Weber, la cultura económica determina la política. China, la nación más pujante de los últimos años, enseña el camino del desarrollo con una combinación impensable y eficaz: libertad económica con totalitarismo político. Infinitas opciones para comprar, una sola para votar. China es tal vez el país más beneficiado por la globalización. Pero sobre este proceso se ciñe ahora el desencanto, que explica la actitud defensiva de los populismos occidentales. Como afirma Ian Bremmer, en el reciente libro Us. vs. Them: The failure of globalism, el populismo construye muros para proteger a los de adentro de los de afuera. Es la grieta de la globalización que corroe la democracia.

¿Cuáles son las tendencias y cuáles los desafíos de la política mundial? A grandes trazos, pueden señalarse: el cambio geopolítico, que desplaza el eje de poder de Occidente hacia Asia; la revolución tecnológica, que transforma aceleradamente los procesos sociales; el consumo exacerbado de energía, que destruye la naturaleza y agota los recursos; la libertad política, que pierde terreno acosada por los autoritarismos. Todo bajo el paraguas de la globalización, que trajo mejoras pero también disrupciones e injusticia. El carro desbocado de la hípermodernidad, que imaginó Guiddens a principio de los 90, necesita cauce y equilibrio.

Por eso, quizá el reto mayor de la política, para esta etapa de la cultura planetaria es la desigualdad. La palabra clave, la contraseña de la época contemporánea, según la designa Ian Bremmer. El verdadero desafío del presente, más allá del estado de ánimo con que lo encaremos.

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